domingo, 3 de mayo de 2020

Hoy es el día de la madre


Hoy es el día de la madre y quisiera abrir la ventanilla del coche mientras llego a Motril. Lo haría justo al llegar al cruce de entrada a la ciudad, donde hay que esperar en aquel stop peligroso, y extrañamente atractivo, que tan bien conozco. Aprovecharía ese intermitente segundo para bajar el cristal y sacaría levemente la cabeza, sacudida por el aire de la costa. El salitre flotando y yo naciendo de nuevo en el Mediterráneo.



Pasaríamos después por debajo del Candelón, luego por delante de los grandes supermercados y las franquicias. Aparcaríamos cerca de las palmeras de la entrada y seguramente coincidiríamos con mi hermana María aparcando también su coche. Ella subiría la música, porque estaría escuchando alguna de nuestras canciones favoritas. Y saldríamos del vehículo a ritmo de reencuentro, cerrando los ojos con la melodía, alzando los brazos bailando bajo el sol de hoy, certero. La pequeña fiesta que despierta los recuerdos.


Pegaríamos a la puerta o abriríamos con la llave. Coco nos saludaría moviendo el rabo mientras que gritamos el nombre de mamá, buscándola por la casa. Y la encontraríamos seguramente en la cocina donde todo ocurre en casa. Reuniones, cafés, películas a medio gas. Las compras del sábado en el suelo. Los bailes esquivando la trona del bebé. Alfileres en el portavelas de cristal esperando tela a la que abrazar. Charlas entorno a la isla, donde dejamos siempre los móviles y las llaves.


Abrazaríamos a mamá mientras ese olor tan suyo, dulce e intenso, a flores recién recogidas, llega hasta lo más profundo. Perfume natural dibujaría corazones en los ojos.


Así debería haber sido el día de hoy.



Me viene a menudo una imagen. Mi hermana, mamá y yo sentadas las tres en el sofá una tarde de sábado o de domingo, viendo una de esas películas románticas que nos gustan. Que mi madre comente lo limpios que están siempre esos porches gigantes, como el de la casa que arregla Noah para Allie en el Diario de Noa.


Hoy es el día de la madre y siento que este lugar no me pertenece. No debería estar hoy aquí. Debería haberse cumplido todo esto que he descrito, profeta en mi tierra y lleno de esperanza el corazón. El olor a mar y a flores. El baile de la vida reencontrada. El hogar. Y mamá esperándonos.

martes, 21 de abril de 2020

Doce salvavidas para una vida confinada (o no)


En la búsqueda de la alegría y de esa caricia de las mañanas, mientras las ventanas abiertas ventilan la estancia, la vida confinada continúa. Cuesta centrarse y ordenar los pensamientos pero, confinad@s o no, las cosas que nos sientan bien no han cambiado e incluso descubrimos otras nuevas. Algunas, las comparto aquí y las lanzo como deseos y a la vez como terapias. Cada un@ tenemos las nuestras y es bonito pensar que hay muchas más esperándonos cada día. Algunas de las mías son estas doce.


1. Llamar al día “extraño” día “diferente”. Porque el primero suena a que no es fácil de digerir pero el segundo a que está lleno de creatividad y posibilidades.

2. Desterrar el “antes iba a.. y ahora no puedo” y perseguir las migas del camino que me llevan al “ahora quiero”, “ahora busco” y “ahora puedo hacer eso que antes había aparcado y que tanto me gustaba”. Y ponerlo en práctica.


3. Quitarme el pijama SI me apetece. Abandonar las zapatillas de casa y sentir que mis pies agradecen otra atmósfera dentro de las zapatillas de deporte. Decirles, al atarme los cordones, que no las he abandonado. Así siempre empieza mejor el día.

4. Regalarme un capricho a mi misma cada día. Ver cinco películas seguidas o una serie del tirón, colorear, estrenar una camiseta, pintarme los labios o las uñas, embadurnarme de crema el cuerpo, hacerme una limpieza facial. Llorar si así me lo pide el cuerpo.


5. Continuar, cual religión, con las videollamadas nocturnas con mi familia. Arreglar el mundo, reírnos, chincharnos y bromear con lo absurdo, hacer palomitas, soplar velas, cantar cumpleaños feliz, decirnos “te quiero” y dormir más felices.


6. Abrir las cajas que tengo por casa y encontrar libretas sin estrenar. Ver fotos antiguas, recortes de periódico, azucarillos con frases y un largo etcétera de recuerdos. Observar que dentro de ellas viven otras épocas también felices e imposibles de olvidar.



7. Escribir. Disfrutar de mis relatos en soledad desgranando sentimientos. Ordenar carpetas del ordenador, apuntar y buscar palabras nuevas, elaborar una lista de ideas para seguir creando.

8. Hacer una lista de películas y libros que siempre he querido ver y leer e ir tachándol@s placenteramente. Pensar en el siguiente post que escribiré sobre lo que me han parecido y lo que me han aportado.


9. Dedicar cada día una hora a hacer pilates. Querer quedarme a vivir en la postura de Mahoma y en los estiramientos del músculo piramidal y del cuádriceps. Llegar cada día un poco más lejos porque quiero conseguir tocarme las puntas de los pies.

10. Meterme en la cocina, encender la radio y darle volumen. Hacer mis primeras torrijas, mejorar mis guisos, aprender recetas nuevas. Abrir una cerveza fría y probar de sal lo cocinado.



11. Bailar como loca con las canciones de mi adolescencia como Mi medicina de Carlos Baute o Salomé de Chayanne y sudar felicidad. Bailar sevillanas, aunque no recuerde algunos pasos. Bailar lo que me apetezca en ese instante. Sola, con los cascos puestos y que el resto del mundo quede insonorizado.

12. Sonreír por dentro cada vez que diviso la silla de la playa instalada en la terraza y sentarme bajo el tímido sol de la primavera. Mirar al cielo azul y planear un viaje recorriendo el norte de España.



PD: Besar los despertares y rescatar el ánimo allá donde se encuentra. A veces cuesta y MUCHO, pero también costaba antes de esto. Sigamos agarrándonos a lo que nos ayuda a subir hasta la superficie, esos pequeños placeres e instantes particulares tan nuestros que le dan sentido a la vida. Una vida que, ahora, no es extraña, sino diferente.

domingo, 29 de marzo de 2020

Los besos de buenas noches y buenos días


Desde niña me acostumbré a darle besos a mi padre y mi madre antes de irme a dormir y al despertarme. Sellaba los “buenas noches” y los “buenos días” así, con amor. Y crecí, y continué haciéndolo. Y si no lo hacía me sentía rara, mal, parecía como si le hubiera fallado a mi corazón. 


El estómago se encogía y se apoderaba de mí un sentimiento de vacío. En las contadas ocasiones en que eso pasaba, les recompensaba con un beso inmediato, a cualquier otra hora del día. Y aquel vacío se llenaba sonoramente con la inesperada muestra de afecto, y los nuevos besos eran igual de valiosos. De una forma u otra, se restauraban y el ritual reparaba el agravio emocional que había sentido. 



El dejar la casa de mis padres, y mudarme, no hizo cambiar mis costumbres porque ya formaban parte de mí. Eso sí, por la distancia, aquellos besos ya no eran tan cuantiosos. Se reducían al viernes, sábado y domingo que estábamos en Motril. Recuerdo ahora aquellos que les di cuando se habían quedado dormidos en el sofá, y aquellos que no les di por no despertarlos.


Seguimos confinados, aislados y en estado de alerta. Ellos en Motril y nosotros en Málaga. No he contado cuántos besos les debo. Cuántos buenos días y buenas noches se han quedado huérfanos y huérfanas de besos. Ahora no sé cómo volver a cuadrar las cuentas para que ellos tengan todos los besos que le corresponden. Cuantas noches y cuantas mañanas debería repoblar de besos para igualar el ritual y que tengan todos los que les solía dar.



Mi padre dice que ahora “estamos escondidos”. Sonreí al escucharle describir así este aislamiento. Y tiene sentido que lo entienda así. Para él era religión subir andando al mirador que hay a pocos kilómetros de casa. Era vital para él por mil razones. Era su costumbre especial y su ritual sanador. Dice que Coco, nuestro perro, ha notado que algo extraño ocurre. “Se queda mirando a la carretera como esperando a que pase algún coche”, cuenta mi padre. Su mirada es diferente. Imagino aquellos ojos marrones, recuerdo sus patas blancas y su color canela. Me gusta que mi padre se haya fijado en la mirada de su perro. Que se fije en ese tipo de detalles. 
Coco, pronto volveremos a correr por la playa.



Justo paso al siguiente párrafo y Manuel Carrasco me dice al oído “necesito tanto verte”. “Que a veces caigo en el recuerdo de mis manos con tus manos y me hacen sonreír”. Bajo el sol me cae una lágrima de recuerdos, y en las pestañas cuelgan los te quiero y los besos pendientes. 



Esconderse no es malo. A veces es un juego de niños, otras un acto de supervivencia. Salimos al balcón o por la ventana para dejarnos ver. Y no podemos engañar a nadie, ni a nuestros perros, ni a nuestros hijos. No puedo engañar a mi padre. Sé que se queda cada día sin su paseo, sin sus besos y que lo percibe hasta en los ojos de Coco. Todo ha cambiado hasta en el cielo que es más azul que nunca y en los animales que regresan a las ciudades. 


No he contado las buenas noches y los buenos días que no os he besado mamá y papá. No se pueden contabilizar los besos de toda una vida. Ni los vividos ni los que están por llegar. Mi mirada también es extraña, y mis días y mis noches pensando en vosotros. A veces os imagino dormidos y no os quiero despertar. Y otras noches desearía poder despertaros, con un beso, de este sueño más largo de lo normal.


Fui una niña de costumbres sin las que dejaría de ser yo. Necesito los besos y ellos me han dicho que sabrán esperar.  Sabéis que soy impaciente, efusiva y cariñosa, pero los propios besos pendientes me han enseñado el valor de aguantar. A que pase esta tormenta, porque el sol llegará. Y los besos, también.