lunes, 7 de junio de 2021

Carta a nuestro hijo

Querido hijo

Nos puedes oír desde aquí dentro y distinguir nuestras voces mientras tanto. Por eso disfruto ahora aún más con el sonido del mar, sé que lo escuchas conmigo. A veces subo el volumen para ti cuando suena una canción que nos gusta en la radio, quiero que descubras nuestras favoritas así que también las oímos en casa. Quién sabe, puede que escucharlas el día de mañana puedan calmarte o consolarte en algún momento. Siempre estamos pensando en ti.


Ya tienes menos espacio para moverte, pero no parece importarte. Noto y observo cómo te deslizas a un lado y otro de mi vientre, cómo estiras alguna extremidad y te acomodas. Te imagino hecho un ovillo y cogiéndote la mejilla, como en la última ecografía posando para nosotros mientras la emoción se apoderaba de nuestros cuerpos y nuestras miradas estaban fijas en una televisión de plasma en la pared. Allí estabas tú, tan guapo y tranquilo, moviendo tus manitas y tus piernas, ajeno a todo. Tu pequeño corazón latiendo en blanco y negro.

No te haces una idea de cuánto amor te espera, bebé. Tienes a cinco primos con los que podrás jugar y salir de fiesta. Cuando les digo que vienes de camino me abrazan y sus orejitas quedan justo a la altura de mi barriga, donde estás tú. La tocan y pegan su carita en ella como queriendo escucharte. Mario es el mayor de todos y ya te ha dado unos cuantos besos, seguro que de alguna forma los has notado.

Si quieres, algún día te contaré lo bien que me sentía frente al espejo gracias a ti y lo feliz que era haciéndome fotos para el recuerdo contigo en mi barriga incipiente. Nunca imaginé que pudieras enseñarme tanto, aún sin estar todavía en el mundo, por eso sé que revolucionarás todo a tu paso y nosotros junto a ti viviremos grandes experiencias y aprendizajes. Eres todo inocencia y nosotros unos padres primerizos, pero sé que esta aventura saldrá bien. Formaremos un gran equipo.

¿Sabes? Tu abuela me ha contado que no supo que yo era una niña hasta que no llegué al mundo, quiso que fuese sorpresa. ¡La de cosas que me está contando mientras te esperamos! En cambio, yo debo confesarte que, a veces, utilizo una aplicación en el móvil para espiar tu evolución. Sé que, a estas alturas, ya puedes distinguir la noche del día o que tu sistema digestivo funciona solo, como un campeón. 

No deja de sorprenderme todo lo que significa que una vida, tu vida, esté creciendo dentro de mí y vaticino que lloraré mucho con tu llegada. Pero, tranquilo, es completamente normal. Llegará un momento que te acostumbrarás a mis sensiblerías y a que escriba cosas como esta carta. 

Soy consciente de que tú también tendrás una tarea complicada porque un día saldrás de ahí, donde ahora estás tan a gusto y cómodo, sin previo aviso y sin entender por qué, pero te prometo que merecerá la pena.

Posdata: Tu padre y yo aún no hemos encontrado ninguna melodía que nos guste más que los latidos de tu corazón.

Sigue creciendo y mantente sano y salvo. Te esperamos. 

Te quiere, mamá.

 


 

domingo, 4 de abril de 2021

Renovarse y vivir

Hay un rincón de casa al que le hemos dado otro aire bien distinto. y me hacen muy feliz las sensaciones que me provoca. Se trata de la terraza, donde antes había unos sillones estropeados y que hemos aprovechado hasta que ya no podíamos sentarnos en ellos. Mientras el camión del punto limpio se los llevaba pensé en los buenos momentos sentados en ellos, pero sobre todo sentí alivio. Renovar implica una renuncia que da paso a algo nuevo, los recuerdos son insustituibles.

Os escribo desde aquí, en la mesa nueva, sentada en una silla provisional. Este silencio, la brisa que acude de cuando en cuando, y este asomarse a la vida sin salir de casa renueva las energías. Mi amor por las terrazas viene de muy atrás. Desde pequeña me ha encantado salir al patio o subir a la azotea a jugar y disfrutar de una terraza donde compartir comidas familiares.

Todos los pisos compartidos en mi época de estudiante han tenido balcón. Siempre había algún bar enfrente, lleno hasta los topes, de jueves a domingo. Las tardes sin clases y de buen tiempo transcurrían sentadas en cojines en el suelo mientras el resto del mundo ajeno a nosotras continuaba el ritmo de su vida debajo nuestra. Cuántos secretos se habrán quedado flotando en el aire, entre aquellas barandillas.

El decorado estrella de este pequeño rincón es el césped. Desde que lo colocamos se ha convertido en un objeto fetiche, casi de culto. Nos obsesiona que le pueda caer una miga de pan cuando comemos fuera y miro con recelo al tractor que pasa por aquí cerca a menudo, levantando polvo, porque lo puede poner perdido. Ahora que es domingo la multitud congregada en el merendero de enfrente ha puesto la música alta pero sé que mañana lunes volverá la calma a este escritorio improvisado.

Camino por este verdor descalza, estar sentada sobre él me ayuda a escribir, cualquier decoración queda bien a su lado y me encanta su color y brillo. Pronto desplegaremos sobre él la toalla o la hamaca y tomaremos el sol. Imagino en unos meses a mi hijo gateando por aquí. Es lógico entonces pensar en cuidar este espacio para éstos y otros momentos.

 

Cuando decidimos cambiar algo en nuestras vidas depositamos en las nuevas ideas mucho (o todo) de lo que somos. Llevaba tanto sin atreverme a sentarme delante de un ordenador a escribir que día tras día la decisión postergada se iba haciendo más y más cuesta arriba debido al miedo. No sabía qué tema abordar y, con esa excusa, continuaba en el tipo de zona de confort que un día se vuelve incómoda por razones que has provocado tú. Sencillamente debía sentarme y ver qué pasaba, dar el paso de probar. No iba a ser tan fácil como ir a elegir un tipo de césped y colocarlo sobre el suelo, pero al decidir intentarlo me sentí mucho mejor. Dar el paso y renovarte, poco a poco, para vivir la vida que te gusta y te sienta bien. 


Qué necesario es buscar ese lugar que te hace sentir viva, ese que mereces. Donde el sol te acaricie la piel, te llene de vitamina D y te ayude a conectar con aquello que te hacía sentir bien. 

Renovarse y vivir. 


 

martes, 2 de febrero de 2021

Los paseos y los buenos pensamientos

Todos los días salgo a pasear cerrando la puerta a los pensamientos negativos. Me parece un milagro que, a mi regreso, éstos hayan desaparecido, dejando solo lugar a una paz interior con efecto duradero. A cada paso el presente se pone en orden, sin más. Con el estado de ánimo y la motivación cada día pendientes de un hilo sería una temeridad renunciar a esta terapia que me enseña a poner el foco en lo que de verdad importa.
 

Si la ruta tiene parada en una librería para recoger algún pedido el paseo es aún más especial. De vez en cuando busco ése u otro tipo de aliciente para hacer más interesante el camino. Cualquier estímulo sirve. Un bosque encantador, una valla de madera, un puente sobre el río o el simple hecho de llevar mis zapatillas favoritas.

Los paseos me permiten escapar de esa sensación de ahogo, monotonía y apatía en la que esta situación nos tiene inmersos. Por los mensajes que recibo de varios amigos, el sentimiento es generalizado.“Toda la semana igual. Esto parece el día de la marmota”. “Cansada de estar solos en casa”. “Lo más emocionante que hacemos es ir al supermercado”. Cada vez tengo más claro que hay que mantener la cabeza ocupada con actividades que nos enriquezcan y a la vez saber encontrar esos ratos para relajarnos y disfrutar con lo que nos guste hacer.

Si lo piensas, cada día hay instantes que nos acercan a esas personas que éramos antes del distanciamiento social. Esa carcajada repentina, la música que, de repente, nos devuelve a aquel concierto insuperable, compartir anécdotas con los demás (compartir, en general) o planear desde ya todo lo que haremos en cuanto podamos estar juntos.

Nunca había pasado tanto tiempo mirando fotografías, con ellas resurgen las emociones. Y nunca había tenido tantas ganas de sumar nuevos recuerdos, sencillamente porque antes se iban creando sin más y los dábamos por hechos.

Llevar un mes sin ver a ese alguien especial, en el mejor de los casos, ya nos parece una eternidad. Tenemos localizados lugares bonitos a los que llevarle, deseamos poder organizar cenas en casa, salir como antes, tomarnos ese café con el amigo que está lejos. Estamos sedientos de encuentros, charlas sanadoras, risas reconocibles, miradas donde nos encontramos a salvo.

Quiero pensar que todo está a punto de suceder. Todo eso que queremos que pase. Debo pensarlo para no perder la cordura. Estamos ansiosos, como un atleta en la pista, en posición, esperando el pistoletazo de salida. No me cuesta imaginar que ya hemos comprado el billete de avión y nos disponemos a pasar por el control del aeropuerto o que estamos entrando en la recepción del hotel y podremos ver pronto la habitación que nos ha tocado. Sería capaz de irme con lo puesto e improvisar cualquier destino. Escogerlo al azar delante de los paneles de vuelos de un aeropuerto. 

Pero ¿sabéis?, a día de hoy solo necesitaría unas pizzas en medio de una gran mesa con mis hermanos y mis padres reunidos. Un desayuno con mi madre y mi hermana por el centro o un atardecer y un café con amigos. Lo más sencillo del mundo, lo que antes era tan fácil. Eso es lo que más echo de menos.

Los fines de semana son especialmente esclarecedores. Cada domingo me visualizo en casa de mis padres, poniendo la mesa para la gran comida familiar, mientras mis sobrinos me dan tirones en la ropa pidiéndome que juegue con ellos. No hay domingo en que no lo imagine.

Otros días, creo también sentir el meneo del coche, transitando por las curvas de una sierra perdida, camino a esa casa rural que la pandilla de amigos de siempre hemos alquilado. Llevo todo el invierno soñando con esa chimenea imaginaria, sé qué aspecto tiene. 

Sí, ahora mismo me encuentro al borde de todas esas experiencias porque así necesito creerlo. Porque siento ese abrazo que todavía no he dado, como si hubiese sido real gracias a que cada vez que abrazaba cerraba los ojos memorizando la sensación. Sensación que vuelve una y otra vez y que no me abandona. Es la gasolina para estos días.

Algunos comparten en redes sociales el número de semanas que faltan para el verano, como si fuese la fecha elegida, ¡Y parecen tan pocas!. Se han molestado en contarlas porque tienen tiempo y les puede esa ansia de la que hablaba. Normal. ¿Para entonces habrá pasado todo? Preguntaría alguien que no está en sintonía con lo que digo por aquí. Y yo le haría callar con un fuerte -Shhhh, y le rogaría, por favor, -No me fastidies este momento. Estoy en el aeropuerto, frente a la gran pantalla con mi mochila, y acabo de decidir a dónde voy a irme. 

 

"Viajar también es encontrarse una tarjeta de embarque como marcapáginas en un libro o el ticket de un museo en el bolsillo del abrigo"                    Javier Aznar


sábado, 21 de noviembre de 2020

Las calles nos esperan

Las calles parecen postales de recuerdo. Paseamos por ellas y se nos llenan las retinas de momentos vividos. Tengo esa sensación cuando voy a Granada y paseo por el que fuera mi barrio durante la época de estudiante, la de sentir una nostalgia constante. Una eterna resaca. Busco en las fachadas los balcones de los pisos donde convivimos, al igual que ahora cerca de mi casa busco la mesa de la terraza donde otras veces hemos comido con amigos. Las calles siempre estarán llenas de nosotros, aunque ahora nuestros pasos se han tornado algo tristes.


No deja de repetirse un recuerdo en mi cabeza. Es de hace muchos años. Emprendo la vuelta a casa por Camino de Ronda bien temprano, aún está todo cerrado. Llevo puesta la ropa de la noche anterior. Un top rojo al cuello y pantalones negros, los tacones en la mano porque los pies aún no se han recuperado. Llevo unas zapatillas de casa que me han prestado y voy dando chancletazos por las calles vacías. Granada y yo, las dos solas despertando. Ese sentir que son tuyas las calles. Hay ciudades que guardan tus secretos, que nadie más conoce. Solo tú y ella. De día o de noche las calles siempre nos están esperando. 


Voy a la frutería, paso por el banco, compro el pan y el periódico. Hay días que me digo que ir a la farmacia cuenta como salir, una ocasión de quitarme la ropa de estar por casa. A veces dar una vuelta significa sentirme perdida. En las entradas de muchos sitios aguardan colas para respetar el aforo y en la propia calle surgen conversaciones entre desconocidos, casi siempre por la mascarilla o las distancias. "Si yo no voy a pegaros nada", dice un señor con la mascarilla en la barbilla.

Sin poder viajar, nuestro respiro ahora son las rutas de senderismo. Un puñado de almendras y nueces para el camino y un sándwich para almorzar, sentados en unas rocas bajo la sombra. Ante nosotros, el paisaje se despliega como un mapa de papel.
 
 
Con el placer de estar en plena naturaleza, junto a ese silencio y la tranquilidad que se respira renovamos energías. En nuestra última ruta  llegamos a un camino asfaltado repleto de cortijos. Allí vimos a una familia, sentados en su porche con música alegre sonando. Un pequeño desvío de tierra nos hizo llegar a una pequeña casa donde no había nadie. Un sauce llorón ocupaba gran parte de la explanada de la entrada. Las puertas de madera estaban pintadas de amarillo. Me senté a observar aquella estampa. 


Con tanta belleza y luz bonita a mi alrededor, en un instante me vinieron a la mente las calles vacías, ese campo parecía entero para nosotros. Al fondo, las ruinas de un castillo serpenteaban la montaña. Volvimos a casa por las calles de siempre, aunque no lo parecieran. Son calles que están más solas, calles tristes, calles donde se pide ayuda. Antes y ahora, nos esperan las calles. Las calles siempre nos llevan a donde queremos ir.

 

viernes, 16 de octubre de 2020

Soñar con los ojos abiertos

Hace un tiempo hablé con un familiar que ya estaba en casa después de su ingreso hospitalario a causa del virus. Apenas hablé, tampoco hubiera podido con el nudo en la garganta que me provocaron sus palabras tan llenas de verdad. La conversación fue todo un discurso por su parte que ojalá hubiera oído mucha gente, y del que a la vez me sentí privilegiada por ser la única que lo escuchaba. Su voz sonaba tranquila y cálida, quería escucharlo durante horas. 

 

Me conmovió profundamente todo lo que me dijo. De dónde buscó la fuerza para seguir, cómo la situación le hizo valorar aún más la vida y todo lo que para él es importante. Me llegó al corazón la forma en que me relataba cómo se refugió en los libros, que esa actividad hubiese mitigado la fría soledad sobre la cama del hospital. A mi siempre me ha gustado leer, antes leía mucho, me decía con el convencimiento de que el tiempo que había pasado sin leer le pesaba dentro. 

 

Me recomendó El maestro del Prado, de Javier Sierra. Si te gusta el arte, te va a encantar, me aseguró. Aquella misma tarde la casualidad quiso que me topase con un stand de libros, aún con las palabras de él agarradas al pecho, y lo vi. Allí estaba. Por supuesto, lo compré. En el momento en que hablamos estaba ya en casa, confinado en su dormitorio, viendo el programa donde Sierra habla de misterios y enigmas de la historia. Es que me encanta Javier Sierra, me decía una y otra vez. 


La cultura nos salva la vida, frase que hemos escuchado una y otra vez últimamente. Un virus nos obligó a parar, y desempolvamos los libros, vimos series y películas, nos alimentábamos de las historias que nos contaban para hallar esa libertad que no podíamos disfrutar en la calle. Muchos escritores dedicaron ese tiempo a escribir obras que, ahora, reciben reconocimientos. Ellos invirtieron un tiempo de gran incertidumbre con maestría, canalizando a través de las letras la inspiración de un encierro sin precedentes. Al fin y al cabo, escritor/ra es una profesión de encierro. 

Lo más difícil a la hora de sobrellevar un mal momento es saber gestionar las emociones y buscarles utilidad. Ese ¿qué puedo hacer con esto que siento? Los expertos coinciden en lo mucho que nos ayuda escribir para sentirnos mejor.


Tuve la suerte de que el estado de alarma me sorprendiera en casa empezando el tercero de los tres libros de Laura Norton que me habían regalado, Gente que viene y bah. La película me decepcionó bastante porque no contaba cosas que me habían encantado del libro. Digo que tuve suerte porque fue un libro que, haciéndome reír, me evadió con facilidad de la realidad del comienzo de toda esta locura. 

Leí Alegría de Manuel Vilas, de cuyo título esperé más de lo que finalmente fue el libro que no me convenció. Lo compré antes del confinamiento en una librería donde grabamos un reportaje en el que el librero se quejaba de las bajas ventas. Leí también los inspiradores relatos de Lucía Berlín, Nada, la gran obra de Carmen Laforet, y retomé Vida de una escritora sobre Virginia Woolf, de Lyndall Gordon. Cada vez que leía un poco de él me acercaba al teclado deseando escribir. 

Hice pedidos de libros que posteriormente leí. Tombuctú, de Paul Auster, que te descubre qué siente un perro junto a su amo y después en esa terrible búsqueda de un hogar pensando que nadie te quiere. También compré y leí la obra biográfica Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé, y Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, cuya historia del niño protagonista me conmovió. Todos ellos me gustaron. 


La estela de aquellas lecturas continuó en verano, con la cálida luz iluminando las letras. Esa estela cobró más importancia viendo la maravillosa película protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn, The profesor and the Madman, (os dejo por aquí el tráiler) donde ambos se embarcan, a mediados del siglo XIX en la ardua tarea de reunir en un diccionario todas las palabras inglesas por encargo de la Universidad de Oxford. Los diálogos entre ambos son tremendamente inspiradores. Si os gustan los libros, os apasionará esta historia basada en hechos reales.

Y como si el universo se hubiera confabulado, ahora leo El infinito en un junco, de Irene Vallejo, desde hace meses quería leerlo. Trata el origen de los libros. Llevo poco, pero me está encantando. Narra cómo el empeño en crear superficies para escribir llevó a los habitantes de la antigua Mesopotamia a crear un estilo de escritura a base de hendiduras de punzón en arcilla blanda o cómo llegó la piedra de Rosetta al Museo Británico.

No dejemos de interesarnos por los libros, de aprender de ellos y de dejarnos llevar por las historias que encierran. 


"Un buen libro es un evento en mi vida"  Stendhal

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Tras la pista de los deseos

Como siempre digo, no te quedes con las ganas de hacer algo, aunque sea absurdo, aunque solo lo entiendas tú. Lo digo por todas esas veces en que aparcamos intenciones, sentimientos, deseos e impulsos por alguna razón que ni tan siquiera sabríamos explicar. Si algo he aprendido de esas experiencias que viví al elegir hacerlas y sucumbir a mis deseos es que la soledad elegida puede regalarte tan buenas sensaciones como cuando vas acompañada. 

Regresé el viernes pasado a casa de mis padres con una gran sonrisa. Había una razón clara, y es que había parado por el camino a darme un baño en la preciosa Playa de Maro, en Nerja. Tenía pendiente aquella visita desde hacía mucho tiempo y el hecho de ir por fin tenía para mí múltiples significados.


Tu mejor amiga eres tú misma, aunque a veces le fallemos por esos descuidos de la vida. Pero de eso también se trata, de querernos, regalarnos ese instante que necesitamos o queremos porque sí y saber alimentar ese amor en nuestro interior día a día. De aprendernos, de localizar qué nos mueve por dentro y de darnos atención a nosotras mismas, aunque sea de vez en cuando. Sea solas o acompañadas.  
 

En cuanto vi el cartel de señalización y tomé la salida 295 en dirección Costa Nerja/Maro empecé a ponerme nerviosa. Había pasado de largo y fijado la vista en aquel cartel en incontables ocasiones y, ahora que por fin iba a tomar la salida necesitaba llegar cuanto antes. Ya os he hablado tantas veces de esa emoción que me embarga hasta por lo más absurdo (que en el fondo no lo es), como fue en este caso el hecho de ver el nombre impreso de mi ansiado destino en el cartel de la autovía. Un clásico del verano y de todos aquellos viajes que realizamos por puro placer: ver escrito el nombre del lugar y adentrarnos en él para conocerlo o volverlo a disfrutar.
 

Cuántos paraísos tenemos en la costa granadina. Una amiga con la que he retomado el contacto recientemente a través de las redes sociales lleva semanas compartiendo los destinos granadinos que visita, en su empeño por conocer los rincones de nuestra tierra. Se lleva a sus hijas a la Alpujarra, a pozas y ríos y encuentra senderos. Busca la naturaleza como forma de vida. 
 
“Alejandra es una bomba de emociones. Va por la vida a máxima intensidad. El día que la conozcas te va a encantar”, me contestó en una de sus fotografías publicadas, donde su hija, Alejandra, parece abrazar la brisa con los brazos extendidos, el agua del mar moja sus pies y tiene los ojos cerrados sintiendo como el momento se apodera de ella.
 
“Playa de arena gruesa rodeada de colinas arboladas donde practicar piragüismo, esnórquel y buceo” esa es la cala de Maro, según Google. Maro. Sí que la conocía bien, sí, aunque mis pies no la hubieran pisado. El último intento de ir fue el octubre pasado. Mi imaginación divina había situado al Bride Team de la despedida de soltera de mi hermana precisamente allí. El (bendito) mal tiempo no lo hizo posible. Ni barco, ni playa. Algunas veces, te alegras de que los planes no hayan salido "bien". (Podéis leer nuestra aventura en este post anterior)
 

“Te has ido tú sola. Pues muy bien. Siempre he admirado eso de ti, que no te importa ir sola”, me dijo mi madre al llegar a casa.
 
Cumplamos nuestros deseos, no esperemos a ver pasar de largo señalizaciones que nos indiquen dónde está nuestra felicidad. Yo tenía que ir hasta Maro, ella no iba a venir hasta mí. Lo asemejo a cuando busco trabajo o al momento que supone tomar una decisión. 
 
Tracemos un mapa. Que las ganas, la ilusión y la sensación que nos quedará cuando alcancemos lo que queremos que nos pase sea nuestra brújula. Esa playa puede ser lo que queramos que sea, lo que esté en nuestra mano alcanzar.

 


jueves, 3 de septiembre de 2020

Por un septiembre lleno de buenos propósitos

A lo largo de este verano no he dejado de pensar en el confinamiento de meses atrás. He vivido experiencias, nuevas o no, y las he sentido casi como si fuese la primera vez que las vivía. Ha sido un verano diferente, con aforo limitado, convivencia reducida, cambiando nuestra forma de relacionarnos, pero no puedo remediar sonreír y dar gracias por todo lo vivido ahora que septiembre nos pide que confiemos en el tiempo y en la cura para este nuevo curso.


Hemos aprendido que, escapando de la multitud, se pueden encontrar rincones seguros, preciosos y enriquecedores. Que lo que está cerca, antes no queríamos verlo, y que el mero hecho de, por fin, IR hasta allí se ha convertido en el mejor recuerdo. Hablo de planes como visitar ese pueblo del que decíamos: “está muy cerca de aquí, siempre podemos ir. Bah, otro día vamos”. Y ese momento nunca llegaba. Aprendimos la diferencia entre posponer algo y no esperar ni un segundo más en llevarlo a cabo. Que el AHORA y la improvisación se dan la mano y se pueden cumplir los pequeños sueños que ansiábamos desde hacía tiempo.

 

 

Cuántas veces, observando la bicicleta de mi infancia colgada en la pared del garaje, he recordado las interminables horas paseando con ella cuando era niña. Siempre la he querido arreglar, pero allí sigue. Ahora agradezco ese instante en que, en el pueblo de Ricardo conseguí vencer los miedos y me lancé después de tanto tiempo a aquella carretera preciosa sin importarme el viento que amenazaba la estabilidad del manillar. “Aquí tenéis las llaves del candado para que cojáis la bici cuando queréis”, nos había dicho mi cuñada días antes. Y menudas agujetas los dos días siguientes. Benditas ellas, alojadas en mis cuádriceps para recordarme lo bien que me lo había pasado yo sola en aquel instante de libertad. 

 
Cada baño en el mar, cada paseo en plena naturaleza, cada respiro al aire libre era nuevo, y estaban esperándome, así lo he creído. Muchos han sido breves, pero qué mas da la duración cuando la emoción que has sentido al experimentarlos te ha llenado por completo. Las ganas de más me llevarán en otro momento a una nueva búsqueda de lugares nuevos, de rincones especiales, de color y vida.

Hemos hecho alguna foto que duraba el mismo segundo que te permitías quitarte veloz la mascarilla en una calle desierta, hemos regresado con los nuestros, aunque fuera por un día o una hora, a veces segundos. Piensa en las personas que aún esperan que llegue ese momento.

Aunque no nos tocáramos, aunque en las conversaciones siempre se colaba el mismo tema, nunca hemos dejado de creer en que esto tendrá un final. 

Tras lo vivido este verano, no puedo evitar pensar en todo lo bueno que vendrá. Sea un truco ilusorio o no, a mi memoria acuden los recuerdos de esa bici y las puertas de colores de aquel pueblo precioso. Porque todo pasa y todo llega, septiembre ya está aquí, tímido y lleno de dudas, al mismo tiempo que parece que se precipita.