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lunes, 18 de septiembre de 2017

La película de nuestras vidas


Rebobinar. Contar con la posibilidad de irte hacia delante o hacia atrás desafiando la importancia de un instante que ya se fue. 
Y coges los momentos con la mano, como agarrarías algo para pedir un deseo, con esa fuerza que te viene de algún lugar que no sabes localizar. Quién sabe, por pedir ese deseo no va a pasar nada, sino todo. Algo. Que se cumpla. Lo único. Ojalá fuera lo único para todo. Que brotara ese ímpetu con su varita mágica. El deseo que golpea en la mesa haciendo que el resto se calle o que, de una palmada, su alrededor se ilumine. 

Mi abuela María me coge en brazos. Venía acelerada después de recorrer toda la terraza del restaurante jugando mientras ella me llamaba para que no me alejara de su lado. Es uno de los tantos momentos que hemos rescatado de la memoria gracias a los VHS de la familia. Este en concreto, de la comunión de mi hermano mayor, es al que más cariño le tengo. El abrazo de mi abuela es ese instante que rebobino una y otra vez para que la cinta me enseñe de nuevo su cara, la que es imposible que recuerde de otra manera. Solo tenía dos años. La veo y pido tantos deseos a la vez que el ímpetu no da abasto. Y todo se ilumina frente a mis ojos vidriosos.

Hacía mucho que aquella película con carátula negra dormía junto a los demás VHS de casa en una caja en el trastero. La Bella y La Bestia, El último Mohicano o Por siempre jamás, y, entre esas grandes pelis originales se mezclaban los videos caseros de la familia López. Y así apareció la estampita de la comunión de mi hermano, con cara de niño bueno y ojos inquietos, vestido con su corbata y chaleco en la portada de la cinta. Ésa que me da tantas oportunidades para un solo instante. Rebobino el instante.

La tentación era demasiado grande, muchas cintas e innumerables referencias a todos los videos que recordaban haber grabado mis hermanos en sus pequeñas aventuras cuando se quedaban solos en casa. ¿En cuál estarían almacenados todos esos momentos? Habría que verlas todas para situar cada recuerdo en las grabaciones. Una delicia de trabajo que, por cierto, aún no ha terminado. Igual cogíamos una al azar y había suerte sin tener que esperar demasiado.


Un día mi hermana María apareció con unas cuantas cintas que había cogido de la caja. Hacía ya tiempo que la de la comunión de mi hermano (fácilmente reconocible por su carátula) podíamos verla en DVD gracias a que fuimos a un establecimiento especializado para convertirla a ese formato. Al verla enseñarme la fila de VHS que había seleccionado de la caja se despertó de nuevo aquella curiosidad de la que os hablaba y bajé a buscar el reproductor de vídeo. Le quité el polvo y crucé los dedos al enchufarlo, no estábamos seguros si funcionaría. Pero el vídeo reaccionó perfectamente y la cinta comenzó a andar. Esa y las que las siguieron.


La casualidad hizo que uno de los protagonistas de la cinta entrara por la puerta cuando la reproducción analógica se puso en marcha y el contenido apareciera en la televisión de la cocina. Justamente, su yo adolescente acababa de venir con la bici y entraba al salón donde yo, en plena edad del pavo y mi hermana con cinco años estábamos con mi padre en el salón de nuestra antigua casa. Él hablaba con mi madre y decía a la cámara “cuando veamos esto dentro de diez años…” (Risas). “¡y de veinte!” (Grita su yo de ahora frente al televisor).

Así se nos fue la tarde, viéndonos veinte años atrás en el que fuera nuestro hogar,  donde vivimos los cuatro hermanos tantos años de vivencias irrepetibles. Recuerdo que yo pasaba horas y horas dando vueltas por la cochera, con la bici o con los patines. Y así me vi con mi hermano en el vídeo, los dos con nuestras bicicletas una y otra vez sin darnos cuenta que nuestro hermano mayor nos filmaba a través de la puerta entornada. Nunca pensé que ese recuerdo pudiera estar grabado. Después, jugando al elástico, o cantando y bailando. El mayor grababa, el otro tocaba el teclado y yo luciendo mis gafas y el vestido caprichoso que recuerdo haberle pedido desesperadamente a mi madre en una tienda hasta hacerle sentir apuro frente a la dependienta. Y oigo otra vez a mi madre contar la anécdota y me sorprendo visualizando claramente el momento.

Esas películas no solo tienen valor por el tiempo transcurrido. Ahora todo lo grabamos, el móvil nos avisa a menudo del poco almacenamiento que le queda debido a tantas fotos y vídeos que compartimos con los demás. Ahora es tan normal el acto de grabar. Pero por aquel entonces cogíamos la enorme cámara de casa, la enchufábamos a la tele y nos sorprendíamos viéndonos en pantalla. Y jugábamos a ser presentadores y nos reíamos de nosotros mismos por ese gran descubrimiento.

En el boom de “Caiga quien Caiga”, os acordaréis de ese programa de televisión. Mi hermano mayor enfundado en camisa blanca y corbata negra hizo de reportero por nuestra antigua casa mostrándonos de manera cómica cada una de las estancias. Nunca podría enumerar la de veces que hemos recordado ese momento, sobre todo en Navidad cuando veíamos a Martes y Trece y sus sketches. Durante la grabación, de pronto sonó el timbre de casa y mis hermanos tuvieron que cortar rápidamente la grabación, no sin antes mostrar cómo Enrique se quitaba rápidamente la corbata frente al espejo mientras que gritaba “¡ya vaaaaa!”. Y ahora, muchos años después, podemos ver de nuevo aquella casa cuyas habitaciones permanecen intactas en la memoria, gracias a ellos y ese momento de gloria.

Y así también podemos ver ahora de nuevo aquella otra casa, la primera, donde nacimos sin saber que una hermana más completaría la foto familiar años después. "Paqui, haz algo" me decían. Y yo empezaba a hacer el tonto moviendo la cabeza. Y vi mi cuarto, el patio, nuestro perro Buyo, el salón. Todo tal y como lo recordábamos.

Y, de nuevo la noche del día siguiente estuvimos hasta las tantas de la madrugada mi hermana, mi madre y yo reproduciendo los VHS de nuestras comuniones y bautizos señalando instantes una y otra vez con nuestros dedos en la pantalla. Viendo a nuestros abuelos, titos y primos mucho más jóvenes cogiéndonos en brazos gracias a que otros familiares grabaron esos días repletos de emociones.

 
En 2016 los medios se hacían eco del que calificaron como “el adiós definitivo al VHS”. Funai Electronics era la única empresa del mundo que continuaba hasta ese entonces produciendo estos dispositivos (los comercializaba desde 1983, un año antes de que yo naciera). Años y años de historia de una forma de grabar y reproducir, la analógica, que tuvo que sucumbir a la generalización de los discos ópticos y otros sistemas digitales haciendo que otro de los gigantes nipones como Panasonic dejaran de fabricarlos. Ahora resulta que el VHS nunca se fue del todo en casa de los López, no gracias a que el reproductor sigue en marcha y a la caja de cintas que espera impaciente.

Y yo, que he trabajado como reportera, resulta que tenía dentro de esa caja toda una generación de “artistas” improvisados que se enfundaron en sus trajes de inocencia sin saber cuánto significaría para mí verlos en el futuro. Caprichos del destino que encierran la verdad de toda una familia. De cariño infinito, escenas tiernas y risas sin fin en el universo de unos hermanos que, a día de hoy, siguen reuniéndose y engrosando recuerdos para la posteridad.

Y ahora son mis sobrinos los que acaparan los flashes, quién les iba a decir a esos pequeños gigantes que tendrían el honor de convertirse en padres de esos pequeñines que ahora pintan la casa de alegrías. Es una de tantas reflexiones que tuve viendo esos vídeos y pensando en todo lo que ocurrió después. Ordenando recuerdos hasta que todo encaja en ese universo nuestro tan particular.

Y mucho más recuperando por fin esos momentos que ya habías olvidado sin querer o que ni siquiera recordabas haber vivido. Cosas que tan siquiera sabías que habían pasado y que hayas grabadas en alguna de las películas de tu vida. Verlas en familia ha sido una de las grandes cosas que me han pasado este verano. Mi hermano trajo a su hijo a casa aquel día y no se esperaba entrar y vernos pegadas a la pantalla para investigar qué había en las cintas. Casualidades que entran por la puerta. Sin ti la proyección no hubiera sido tan especial. Solo ansío volver a poner en marcha el reproductor cuando volvamos a reencontrarnos los cuatro frente al televisor. Así ninguno de nuestros "yo" presentes faltaremos reviviendo escenas cuyo valor para nosotros es incalculable.

Los instantes nunca se marchan del todo porque resultan irremediablemente inmortalizados en los corazones que forman parte de tu vida, simplemente porque ayudaron a construirla. No hubiera sido quien soy si no hubiera sido por mis hermanos. Y cada vez que veo los vídeos lo tengo más claro. Todas esas escenas serán siempre motivo de alegría, motor para continuar.  La inocencia fabricada de indescriptible magia

Y así, inocentes seguimos viviendo la vida. Los años siguen sin pasar para nosotros porque siempre seremos en parte aquellos cuatro niños que crecieron queriéndose como se quieren. Y no hace falta decir nada más cuando los recuerdos de una familia hablan por sí solos. Y resulta que sí existía la felicidad.


 Mi hermana María en su bautizo. Yo tenía siete años. Era 1991
 Pocos años después de aquel Caiga quien Caiga en casa fuimos de vacaciones a Las lagunas de Ruidera. Falta mi padre que estaba haciendo la foto


                 En 2014 recreamos una foto de nuestra infancia. 
Ambas son en la misma playa, en Salobreña


"Lo que uno ama en la infancia se queda en el corazón para siempre"
Jean-Jacques Rousseau

miércoles, 31 de mayo de 2017

Diario de viaje IV: Fin del trayecto



El hechizo de una ciudad es cautivador. Para la bueno o lo malo, algo tuyo se queda en ella cuando te marchas


Al igual que ocurre cuando llegas a las últimas páginas del libro que tienes entre manos o con la tostada a las diez de la mañana, devoramos la ciudad de Dubrovnik. Y, como pasa con la literatura que te atrapa, con los amores que surgen de una mirada o con el atardecer violeta extendido sobre el mar, los viajes se agarran a ti como aliciente, dispuestos a aportar algo nuevo a tu vida. A darte una visión que antes no tenías. 


Había que atracar de nuevo, y lo haríamos en una ciudad que despierta pasiones o, cuanto menos, especial atención o curiosidad. En el banquete de boda, uno de los invitados me hizo prometerle que le contaría qué me había parecido, pues tenía pendiente desde hace mucho acudir a la ciudad croata invadido por la curiosidad de cuantos tesoros, estaba seguro, se encerraban tras su muralla. Y, como aquel, ya teníamos en la cabeza muchos comentarios positivos del nuevo destino, como cuando te hablan mucho de la misma película antes de que vayas a verla al cine.


Eran las cinco y media de la mañana cuando, en aquel despertar marinero, ya era visible desde el barco la costa de Croacia. La historia del puerto de la costa Dálmata, Dubrovnik, estaba estrechamente ligada a Venecia y por sus calles se habían rodado escenas de la famosa serie Juego de Tronos, cuyos seguidores pueden contratar una excursión especial que los lleva por los escenarios del rodaje (aunque está tan solicitada que hay que reservar con tiempo). Poco más sabíamos de la que llaman la perla del Adriático cuyos encantos ya se apreciaban desde el punto donde nos dejó el autobús, un mirador donde divisar parte de la muralla que guarda toda la ciudad. 




Cuando un bus nos llevaba del barco al centro de las ciudades la impaciencia se apoderaba de mí. No sé si os pasa lo mismo cuando llegáis a un sitio nuevo de excursión. Te arden los pies deseosos de pisar el asfalto (que por otro lado ya tienen ganas de huir del autobús) y, al divisar a lo lejos la presa, te lanzas a las calles (porque ya desde la ventanilla has visto el mirador maravilloso que hay a unos pasos). 


Casi corriendo llegas a algún sitio donde enfocar bien la cámara, que ya has ido sacando del bolso mientras trotabas nervioso (con tu pareja preguntándote –¿Por qué corres? ¡Que vas a tirar el móvil!). Pero tú, avanzas más rápido para inmortalizar la estampa como si el monumento, playa o iglesia se fuera a marchar de allí o se la fueran a llevar como en aquella película de Robin Hood en la que se llevan el castillo de su familia por impago. 




En general, a veces nos puede la impaciencia pero qué podemos hacer nosotros. Las ganas no pueden contenerse y huir de un autobús siempre es una buena idea. No sé vosotros pero preferiría desplazarme en helicóptero (y eso que tengo miedo a las alturas). Supongo que con los años volverán a gustarme los autobuses aunque dudo si alguna vez lo hicieron.


Y así, con carrera incluida, otro día mágico de posibilidades se presentaba ante nosotros y nuestros pies fueron recibiendo altas dosis de adrenalina. 


Para empezar nos planteamos un paseo recorriendo toda la muralla de principio a fin. Desde cualquier punto del recorrido retratamos espectaculares estampas de la ciudad. 

Cada vez que nos asomábamos destapábamos un nuevo trozo de mar, paisajes de rojizos tejados o fortificaciones que se levantaban ante nuestros ojos.




Es por ello que nos tomamos nuestro tiempo para contemplar cada vista, inquietos por continuar nuestro camino de descubrimientos y admirados de todo cuanto veíamos. Y, estaba claro, no echábamos nada de menos el autobús y, aún menos si era para irnos de vuelta. 


El puerto fue sin duda uno de los lugares más pintorescos. Siempre me ha encantado ese adjetivo. Pintoresco. Porque abarca todo lo diferente y original y porque mi padre estuvo bastante tiempo utilizándolo para todo. Al final acabamos todos en casa aprendiendo el sentido de esa palabra tan pegadiza. Eso y que el Pisuerga pasa por Valladolid. Le dio por preguntarle a todo el mundo el nombre del afluente del Duero, hasta a Ricardo que, recién llegado a casa (cuando le presenté a la familia) se quedó con cara de examen sorpresa.


Paseando por el centro de Dubrovnik vimos a una pareja del barco que nos preguntó si habíamos ido al puerto y nos recomendó continuar a la derecha cuando parecía que se acababa el paseo. Cuando llegamos vimos que se podía caminar por estrechos balcones de piedra bañados por el mar para seguir descubriendo muralla, pequeños espigones y panorámicas cada vez más espectaculares.



La coqueta Dubrovnik resultó ser toda una sorpresa. Puentes, iglesias, plazas y tiendas respiraban historia y todo nos pareció realmente mágico, como si estuvieras dentro de un cuento. Protegida, cercana y rematadamente hermosa, la perla nos robó el corazón. 


Tan lejos llegó su hechizo que nos olvidamos que el crucero estaba llegando a su fin y que al día siguiente, cuando regresáramos de Venecia, pondríamos ya rumbo de nuevo a Bari, donde debíamos proceder al último desembarco. Se acercaba ya la despedida del que sería uno de los grandes viajes de nuestra vida, el primero como casados. 


El último Diario di bordo se escribiría, sin nosotros saberlo de antemano, entre aguas algo turbulentas, pues la última noche en el barco fue la única en la que notamos con fuerza un movimiento exagerado del barco debido al mal tiempo que irrumpió de golpe a modo de despedida. Sin embargo durante la cena los camareros tenían un baile sorpresa que amenizó la velada y nos hizo olvidarnos del pequeño mareo.


Pero aún teníamos que quemar el último cartucho y de nuevo se avecinaban fuegos artificiales. Venecia nos esperaba. Y, así, al amanecer del siguiente día despertamos ansiosos por desayunar y salir a cubierta. Los pasajeros íbamos a poder ver la plaza de San Marcos desde el barco en movimiento y ese era un gran momento que no podíamos perdernos. 


Las emociones eran muchas porque, además, el recuerdo del atardecer anterior aún seguía muy vivo en nuestra piel. Esa tarde nos despertábamos de la siesta con una nueva salida al balcón para contemplar las vistas. Un nuevo camino blanco de espuma nos unía ya de nuevo al sol italiano. Las afiladas olas saludaban otra vez marcando rumbos venecianos. El cielo jugaba a claroscuros con reflejos amarillos que se paseaban a su antojo por el mar picado. 

Pero esa mañana, ya acercándonos a la ciudad italiana no nos importó el nublado cielo pues despejó algo y pudimos bajar del barco con buenas sensaciones.


La llegada a Venecia no fue de todo como esperábamos. La ciudad estaba bastante masificada. Era domingo de pascua y los turistas se contaban por docenas en cada pequeña calle veneciana. A pesar de los momentos de agobio intentando pasear entre la multitud, pudimos disfrutar de pasadizos desiertos, puentes donde fotografiar alguna estampa a solas con la ciudad y un paseo íntimo para dos en góndola. 


Y, mientras recorríamos la ciudad bajo sus canales recordé la preciosa película Más fuerte que su destino. Una romántica historia de amor que nos sitúa en la Venecia del S. XVI, cuando las cortesanas disfrutaban de privilegios únicos. Verónica Franco (Catherine McCormack), decide unirse a ellas alentada por su madre ya que, sin remedio, debe renunciar al amor de su vida. Éste, al ser noble, tiene que cerrar un matrimonio de conveniencia y a ambos protagonistas no les queda otra opción más que vivir sus vidas separados en un mundo dominado por las apariencias. 


La poesía, el poder de atracción que genera en los hombres y su personalidad embriagadora hacen triunfar a Verónica como cortesana mientras ella y su amado, Marco Venier (Rufus Sewell), intentan luchar en contra de sus sentimientos. Un emocionante final resolverá la trama pero sobre todo dejará en las últimas escenas un nudo en la garganta en el telespectador.

“Me arrepiento de no hallar otro camino ante mí, no me arrepiento de mi vida.”

Y mientras recorríamos abrazados los canales venecianos recordé aquella escena del primer beso de los protagonistas sobre una góndola


Ya de nuevo a bordo, justo al salir otra vez al balcón comenzó a llover. El cielo rompió lo que llevaba guardándose en silencio toda la mañana y nos sentimos afortunados por estar bajo techo, el agua podría habernos pillado en la lancha de regreso al barco. Esto ayudó a que no sintiéramos gran tristeza de apearnos próximamente de nuestro sueño marinero


Había que volver a España y decir adiós al barco en el que nos habíamos dejado arrastrar con las olas y la espuma de cada nueva jornada, abiertos a nuevas experiencias y a que el día nos sorprendiera por sí solo. Escribimos nuestro propio diario de abordo, no solo en nuestro corazón sino también en la esperanza de que aquella magia surgida en alta mar se quedara de alguna forma en nuestras vidas y nuestros recuerdos. 


Nos quedamos a solas una última vez con nuestro camarote y nuestro balcón. Cerramos la puerta y memorizamos el número de aquel sueño encerrado en cuatro paredes. Las mañanas preparándonos para las excursiones, las tardes viendo atardecer, alguna que otra siesta para reponer fuerzas, las noches memorables y los despertares visualizando nuevos horizontes.  


 Algo nuestro se quedó allí, amor. Y los tenemos ya en la piel, todos los destinos. Todos los momentos. Los instantes de nuestro pasear por la vida, bendecida por tener tus manos. Las que busco para no separarme de ti por las calles, las que encuentro siempre antes siquiera de empezar a soñar.


“Una vez que has viajado, la travesía nunca termina, sino que es recreada una y otra vez a partir de vitrinas con recuerdos. La mente nunca puede desprenderse del viaje”
                                               Pat Conroy

jueves, 14 de febrero de 2013

Amores "de película"

San Valentín es un día, como cantaría Eros Ramazzotti, "dedicado para los que están... enamorados". Me imagino como habrá sido la mañana en los institutos, por ejemplo. Recuerdo que alguien se encargaba de ir repartiendo rosas blancas y rojas de aula en aula y siempre había nervios y expectativas. ¿Nunca os habéis mandado rosas entre las amigas de una clase a otra?, era muy divertido y además llegabas contenta a casa con tu flor en la mano. Mi madre hacía cábalas pensando que tenía un pretendiente o algo así.

Ahora, que hemos madurado, la cosa ha cambiado bastante. Como diría Rose, el personaje que interpreta Barbra Streisand en la película El amor tiene dos caras, "Yo creo en el amor, la lujuria y el sexo, y en el romanticismo. No quiero que todo cuadre como en una ecuación perfecta. Quiero desorden y caos. Quiero que alguien se vuelva loco y pierda la cabeza por mí. Quiero sentir pasión, ardor y sudor, y locura. Quiero San Valentín y a Cupido y todo ese rollo. ¡Lo quiero todo!".

Y, en el fondo, aunque no se confiese en público, ¿quién no quiere todo eso?. Qué chica no sueña con tener un momento parecido al que vivió Debra Winger, cuando Richard Gere se la lleva en brazos al final de Oficial y Caballero. Quién no espera una confesión de amor como la que Julia Roberts le hace también a Gere en Novia a la fuga, cuando le dice: "Te garantizo que habrá épocas difíciles y te garantizo que en algún momento uno de los dos o los dos querremos dejarlo todo, pero también te garantizo que si no te pido que seas mío, me arrepentiré durante el resto de mi vida porque sé, en lo más profundo de mi ser, que estás hecho para mí".

Porque "el amor es como el viento, no podemos verlo pero si sentirlo" (Mandy Moore, Un paseo para recordar) y porque sentimos miedo cuando nos enamoramos, como dice Jennifer Grey en Dirty Dancing : "Tengo miedo de lo que vi, de lo que hice, de lo que soy, pero sobretodo tengo miedo de salir de esta habitación y no volver a sentir nunca lo que siento estando contigo". Todo el mundo ansía encontrar a su media naranja y poder decirle "Tú me completas", como Tom Cruise a Renée Zellweger en la película Jerry Maguire.

Los guiones de las comedias románticas se escriben con el propósito de hacer volar los sentimientos, de reflejar muchas veces lo que secretamente buscamos en nuestras vidas. Con el cuerpo pegado al asiento, nos metemos en la piel de los protagonistas y vivimos intensamente cada secuencia. Mientras estamos en el cine siguiendo al dedillo la trama, nos sumergimos en los detalles, nos volvemos empáticos, sufrimos y nos alegramos con los personajes, pensamos en lo guapo que es el protagonista, en cómo actúan, hasta llegamos a preguntarnos, en ocasiones, si durante el rodaje la realidad superó la ficción y los actores se enamoraron en la vida real. Y hasta que llega el momento de hallar en google la respuesta a tu pregunta, no se desvanece la esperanza de que siguen juntos y tan felices.

Aunque seamos conscientes de que las historias que cuentan en las películas son demasiado perfectas, demasiado idílicas, nos encantan, porque quisiéramos que algo así nos ocurriera en la realidad, pero sobretodo porque disfrutamos con el mero hecho de saber que la protagonista se ha quedado con el chico y de que fueron felices por siempre jamás. Lloramos cuando las dejan plantadas o cuando el prota intenta convencerla de que ella es su excepción, como en Qué les pasa a los hombres. Sabemos que la realidad es más complicada, pero nos sumergimos tanto en los "momentos cucos" que todo de repente parece sencillo  y por arte de magia creemos que todo es posible.




Otras veces, es el desamor el hilo conductor de la historia. Si no nos vemos correspondidos en el amor, nos puede pasar lo que a Kate Winstley en esa gran película, The Holiday. Durante una cena, el entrañable guionista que se hace amigo de ella, interpretado por Eli Wallach, le intenta abrir los ojos y le dice que, "en las películas están la protagonista y las amigas de la chica, tú eres la protagonista de tu vida pero no sé por qué te empeñas en ser la amiga de la chica".

A veces, alguna que otra noche, hemos querido "escribir los versos más tristes", como Neruda, o nos hemos ilusionado por cualquier tontería como Bécquer cuando escribió "hoy la he visto, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios". Y es que, ya lo dijo Lope de Vega, cuando amamos de verdad "damos la vida y el alma a un desengaño, esto es amor, quién lo probó, lo sabe".

Y si queréis aprovechar esta noche para ver El Diario de Noah con vuestra pareja, disfrutar de una cena romántica a la luz de las velas con las canciones de Luis Miguel de fondo o escribirle un poema a la persona que amais, no hagais caso a los que os llamen cursis o a los que digan que el día de los enamorados es una celebración absurda. Todos al final queremos enamorarnos y escribir nuestro propio guión de película. 


PD: Hasta nuestro salón puede ser la terraza del Empire State Building con nuestro Tom Hanks particular.



Feliz Día de San Valentín







THE END