jueves, 7 de julio de 2022

Fan de las buenas noticias

Cada vez soy más fan de las buenas noticias. Cuando era adolescente ni se me hubiera ocurrido pensar en que las buenas noticias fueran escasas. Pareces vivir en otro planeta. Otra cosa diferente es cuando ya vas tomando responsabilidades en la vida adulta. No nos damos cuenta, porque vamos como pollo sin cabeza por la rutina pasando de largo tantos detalles, pero en el fondo deseamos buen rollo, buenas noticias. 


 

Apagar el ordenador, escuchar el sshh al levantar la anilla de la lata de cerveza, contagiarte con la risa sonora de un amigo, recibir memes que te alegren la mañana, escapar de la ciudad, pasear para ordenar pensamientos, oler la lavanda que descubres por casualidad en una retirada por el campo. Que te sorprenda un bello atardecer. La sensación de no mirar el móvil durante una hora. Despertar recuerdos felices dormidos durante el tiempo que tu mente ha andado acelerada. Parar y ver que la vida es otra cosa.

Hoy en la pescadería del supermercado una clienta hablaba animadamente con la que la atendía y, durante la conversación se ha unido hasta el último señor que ha aparecido. Aquello estaba muy animado de gente, para que os situéis. Al coger número le han llamado de seguida y el hombre se ha sorprendido. “Pero si hay más personas que estaban aquí ya”, ha dicho, “¡Cómo me llaman tan pronto!”, ha espetado en tono simpático. “Pero a nosotras ya nos están atendiendo”, le ha respondido otra señora, a la que llamaré señora dos. Mientras, la que no paraba de hablar y hacer bromas, la señora uno, continuaba con su perorata incluso después de coger su bolsa con el pescado que había adquirido. “Bueno, me voy ya, que además no paro de hablar”, ha dicho como despedida. “Pero si eso es lo que necesitamos, hablar más allá de lo que hablamos fuera de aquí, y reírnos, que ya bastante tenemos, ¡Y lo que nos viene encima”, le ha contestado la señora dos! Nos hemos mirado y hemos levantado las cejas y cerrado los párpados sin necesidad de decirnos más. Ambas pensando en el peso de nuestra mochila particular, en circunstancias abiertas o tareas pendientes. Que no se nos olvide que cada persona lleva la suya, aunque no manifieste su dolor. Y el dolor se cura con risas, aunque sea por unos segundos en una pescadería entre desconocidos.


 

Mientras cocino el pescado que he comprado y Diego duerme, bailo con Lady Gaga y Roxette sonando en mis auriculares y recuerdo esa conversación de horas antes. Y pienso en la de tiempo que llevaba sin bailar, y en las conversaciones con mis amigos. “Aquí liada con la rutina a tope”, me decían un par de amigas ayer. “Pues quemado, me estoy hartando de este trabajo”, me decían un compañero y otro amigo hace días. Otra amiga tenía el mismo problema que yo, “Es que como tengo vida profesional y personal en el mismo móvil, no consigo desconectar”. Consecuencia, se pasa el tiempo y el bucle de las preocupaciones de la vida misma nos come.

Hace tiempo compartí la frase en el muro de Instagram “Cada vez soy más fan de las buenas noticias” y me contestaban “totalmente” o “cuánta razón”. Como periodista que le gusta compartir ciertas cosas por redes sociales, me encuentro muchísimas veces en el debate interno de si compartir malas noticias con el objetivo de concienciar o de si las descarto para solo aportar contenido positivo. Porque sí, cada vez más a menudo me doy cuenta de que soy fan de las historias con luz, mucho más que las que solo nos aportan oscuridad. 

La otra tarde saqué a mi bebé de su pequeña piscina con las manos y pies algo arrugados. Le dije que cada arruga es síntoma de haber vivido. Es verdad que las suyas eran momentáneas, pero eran fruto de su rato de disfrute chapoteando sin parar y mojándome entera con cada manotazo contra la superficie del agua. Creo que alguien que diga que le gusta hacerse mayor es alguien que ama la vida. 

“La cura para todo es siempre el agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar.” Karen Blixen 

lunes, 24 de enero de 2022

Descubriendo a Joan Didion

Es cierto, aunque suene mal decirlo, que la muerte de algunos personajes destacados es el detonante de una búsqueda de forma masiva sobre sus vidas y obras por parte del público. Me ocurrió con Almudena Grandes y Joan Didion, ambas nos dejaron a las puertas del 2022. Nunca había leído nada de ellas, apenas me sonaban sus nombres. Esta Navidad me regalaron Atlas de geografía humana de la escritora española y acabo de terminar de ver por segunda vez el documental sobre Didion en Netflix. Si quiero acercarme a ellas, creo que voy por buen camino.

La periodista, escritora y guionista estadounidense Joan Didion rememora con su sobrino, director del documental, los acontecimientos más importantes de su vida personal y profesional desde el salón de su casa en Nueva York, unos años antes de fallecer. Entre anécdotas y confesiones mueve agitadamente sus brazos, estira los dedos de las manos con suma delicadeza, sirviéndose de su cuerpo para despertar recuerdos y sentimientos.

Mientras disfrutas del documental resulta inevitable sentirse atraído por su vida, porque hizo cosas que no había hecho nadie antes en su profesión, tenía un estilo particular, vivió en diferentes ciudades y épocas, viajó mucho, ayudaba a su marido, también escritor, en sus investigaciones. Se atrevió también con guiones para televisión, artículos femeninos y hasta con crónicas de guerra. Fue muy valorada y aplaudida por los ensayos de crítica social sobre “la historia de su tiempo” y por los artículos en infinidad de revistas como Vogue o Esquire. 

Me gusta Joan Didion, porque demostró que se puede vivir exclusivamente de escribir. Porque dejaba los textos en el congelador durante los “bloqueos”. Porque tenía costumbres y rituales excéntricos. Por su personalidad arrolladora. Ya de niña llenó de “exóticos” relatos el cuaderno que le regaló su madre para que escribiera sus pensamientos. Ahora que tanto se habla de la importancia de escribir tu propio diario para el desarrollo personal, el relato de Didion me parece necesario y acertado, un ejemplo a seguir para los que queremos dedicar mucho de nuestro tiempo a escribir.

Icono del Nuevo Periodismo, elegante, transgresora, valiente y perspicaz. “Quizá poco celebrada por su generación, pero con gran influencia”, relatan para el documental. Creo que podréis encontrar en él una atractiva historia que os hará reflexionar, sobre todo si os atrae la escritura, sois amantes de los libros, os gusta el periodismo o simplemente queréis acercaros a la figura de esta mujer interesante donde las haya. Como periodista lo he disfrutado de principio a fin y sentía que merecía una recomendación, al menos por celebrarse hoy el Día del periodista.

Didion ha sido todo un descubrimiento, como a buen seguro sospecho que será Almudena Grandes. Ya he leído algunos fragmentos de ese libro pendiente y la verdad es que estoy deseando comenzarlo.

Para terminar, me quedo con un primer plano de una joven Didion, con sus eternas gafas de sol puestas, hablando de lo mucho que le gusta vivir frente al mar. “Me gusta mirar el horizonte. Siempre está ahí, plano”, contaba desde la que fue su casa durante unos años, en Malibú.

 

 

 

lunes, 7 de junio de 2021

Carta a nuestro hijo

Querido hijo

Nos puedes oír desde aquí dentro y distinguir nuestras voces mientras tanto. Por eso disfruto ahora aún más con el sonido del mar, sé que lo escuchas conmigo. A veces subo el volumen para ti cuando suena una canción que nos gusta en la radio, quiero que descubras nuestras favoritas así que también las oímos en casa. Quién sabe, puede que escucharlas el día de mañana puedan calmarte o consolarte en algún momento. Siempre estamos pensando en ti.


Ya tienes menos espacio para moverte, pero no parece importarte. Noto y observo cómo te deslizas a un lado y otro de mi vientre, cómo estiras alguna extremidad y te acomodas. Te imagino hecho un ovillo y cogiéndote la mejilla, como en la última ecografía posando para nosotros mientras la emoción se apoderaba de nuestros cuerpos y nuestras miradas estaban fijas en una televisión de plasma en la pared. Allí estabas tú, tan guapo y tranquilo, moviendo tus manitas y tus piernas, ajeno a todo. Tu pequeño corazón latiendo en blanco y negro.

No te haces una idea de cuánto amor te espera, bebé. Tienes a cinco primos con los que podrás jugar y salir de fiesta. Cuando les digo que vienes de camino me abrazan y sus orejitas quedan justo a la altura de mi barriga, donde estás tú. La tocan y pegan su carita en ella como queriendo escucharte. Mario es el mayor de todos y ya te ha dado unos cuantos besos, seguro que de alguna forma los has notado.

Si quieres, algún día te contaré lo bien que me sentía frente al espejo gracias a ti y lo feliz que era haciéndome fotos para el recuerdo contigo en mi barriga incipiente. Nunca imaginé que pudieras enseñarme tanto, aún sin estar todavía en el mundo, por eso sé que revolucionarás todo a tu paso y nosotros junto a ti viviremos grandes experiencias y aprendizajes. Eres todo inocencia y nosotros unos padres primerizos, pero sé que esta aventura saldrá bien. Formaremos un gran equipo.

¿Sabes? Tu abuela me ha contado que no supo que yo era una niña hasta que no llegué al mundo, quiso que fuese sorpresa. ¡La de cosas que me está contando mientras te esperamos! En cambio, yo debo confesarte que, a veces, utilizo una aplicación en el móvil para espiar tu evolución. Sé que, a estas alturas, ya puedes distinguir la noche del día o que tu sistema digestivo funciona solo, como un campeón. 

No deja de sorprenderme todo lo que significa que una vida, tu vida, esté creciendo dentro de mí y vaticino que lloraré mucho con tu llegada. Pero, tranquilo, es completamente normal. Llegará un momento que te acostumbrarás a mis sensiblerías y a que escriba cosas como esta carta. 

Soy consciente de que tú también tendrás una tarea complicada porque un día saldrás de ahí, donde ahora estás tan a gusto y cómodo, sin previo aviso y sin entender por qué, pero te prometo que merecerá la pena.

Posdata: Tu padre y yo aún no hemos encontrado ninguna melodía que nos guste más que los latidos de tu corazón.

Sigue creciendo y mantente sano y salvo. Te esperamos. 

Te quiere, mamá.

 


 

domingo, 4 de abril de 2021

Renovarse y vivir

Hay un rincón de casa al que le hemos dado otro aire bien distinto. y me hacen muy feliz las sensaciones que me provoca. Se trata de la terraza, donde antes había unos sillones estropeados y que hemos aprovechado hasta que ya no podíamos sentarnos en ellos. Mientras el camión del punto limpio se los llevaba pensé en los buenos momentos sentados en ellos, pero sobre todo sentí alivio. Renovar implica una renuncia que da paso a algo nuevo, los recuerdos son insustituibles.

Os escribo desde aquí, en la mesa nueva, sentada en una silla provisional. Este silencio, la brisa que acude de cuando en cuando, y este asomarse a la vida sin salir de casa renueva las energías. Mi amor por las terrazas viene de muy atrás. Desde pequeña me ha encantado salir al patio o subir a la azotea a jugar y disfrutar de una terraza donde compartir comidas familiares.

Todos los pisos compartidos en mi época de estudiante han tenido balcón. Siempre había algún bar enfrente, lleno hasta los topes, de jueves a domingo. Las tardes sin clases y de buen tiempo transcurrían sentadas en cojines en el suelo mientras el resto del mundo ajeno a nosotras continuaba el ritmo de su vida debajo nuestra. Cuántos secretos se habrán quedado flotando en el aire, entre aquellas barandillas.

El decorado estrella de este pequeño rincón es el césped. Desde que lo colocamos se ha convertido en un objeto fetiche, casi de culto. Nos obsesiona que le pueda caer una miga de pan cuando comemos fuera y miro con recelo al tractor que pasa por aquí cerca a menudo, levantando polvo, porque lo puede poner perdido. Ahora que es domingo la multitud congregada en el merendero de enfrente ha puesto la música alta pero sé que mañana lunes volverá la calma a este escritorio improvisado.

Camino por este verdor descalza, estar sentada sobre él me ayuda a escribir, cualquier decoración queda bien a su lado y me encanta su color y brillo. Pronto desplegaremos sobre él la toalla o la hamaca y tomaremos el sol. Imagino en unos meses a mi hijo gateando por aquí. Es lógico entonces pensar en cuidar este espacio para éstos y otros momentos.

 

Cuando decidimos cambiar algo en nuestras vidas depositamos en las nuevas ideas mucho (o todo) de lo que somos. Llevaba tanto sin atreverme a sentarme delante de un ordenador a escribir que día tras día la decisión postergada se iba haciendo más y más cuesta arriba debido al miedo. No sabía qué tema abordar y, con esa excusa, continuaba en el tipo de zona de confort que un día se vuelve incómoda por razones que has provocado tú. Sencillamente debía sentarme y ver qué pasaba, dar el paso de probar. No iba a ser tan fácil como ir a elegir un tipo de césped y colocarlo sobre el suelo, pero al decidir intentarlo me sentí mucho mejor. Dar el paso y renovarte, poco a poco, para vivir la vida que te gusta y te sienta bien. 


Qué necesario es buscar ese lugar que te hace sentir viva, ese que mereces. Donde el sol te acaricie la piel, te llene de vitamina D y te ayude a conectar con aquello que te hacía sentir bien. 

Renovarse y vivir. 


 

martes, 2 de febrero de 2021

Los paseos y los buenos pensamientos

Todos los días salgo a pasear cerrando la puerta a los pensamientos negativos. Me parece un milagro que, a mi regreso, éstos hayan desaparecido, dejando solo lugar a una paz interior con efecto duradero. A cada paso el presente se pone en orden, sin más. Con el estado de ánimo y la motivación cada día pendientes de un hilo sería una temeridad renunciar a esta terapia que me enseña a poner el foco en lo que de verdad importa.
 

Si la ruta tiene parada en una librería para recoger algún pedido el paseo es aún más especial. De vez en cuando busco ése u otro tipo de aliciente para hacer más interesante el camino. Cualquier estímulo sirve. Un bosque encantador, una valla de madera, un puente sobre el río o el simple hecho de llevar mis zapatillas favoritas.

Los paseos me permiten escapar de esa sensación de ahogo, monotonía y apatía en la que esta situación nos tiene inmersos. Por los mensajes que recibo de varios amigos, el sentimiento es generalizado.“Toda la semana igual. Esto parece el día de la marmota”. “Cansada de estar solos en casa”. “Lo más emocionante que hacemos es ir al supermercado”. Cada vez tengo más claro que hay que mantener la cabeza ocupada con actividades que nos enriquezcan y a la vez saber encontrar esos ratos para relajarnos y disfrutar con lo que nos guste hacer.

Si lo piensas, cada día hay instantes que nos acercan a esas personas que éramos antes del distanciamiento social. Esa carcajada repentina, la música que, de repente, nos devuelve a aquel concierto insuperable, compartir anécdotas con los demás (compartir, en general) o planear desde ya todo lo que haremos en cuanto podamos estar juntos.

Nunca había pasado tanto tiempo mirando fotografías, con ellas resurgen las emociones. Y nunca había tenido tantas ganas de sumar nuevos recuerdos, sencillamente porque antes se iban creando sin más y los dábamos por hechos.

Llevar un mes sin ver a ese alguien especial, en el mejor de los casos, ya nos parece una eternidad. Tenemos localizados lugares bonitos a los que llevarle, deseamos poder organizar cenas en casa, salir como antes, tomarnos ese café con el amigo que está lejos. Estamos sedientos de encuentros, charlas sanadoras, risas reconocibles, miradas donde nos encontramos a salvo.

Quiero pensar que todo está a punto de suceder. Todo eso que queremos que pase. Debo pensarlo para no perder la cordura. Estamos ansiosos, como un atleta en la pista, en posición, esperando el pistoletazo de salida. No me cuesta imaginar que ya hemos comprado el billete de avión y nos disponemos a pasar por el control del aeropuerto o que estamos entrando en la recepción del hotel y podremos ver pronto la habitación que nos ha tocado. Sería capaz de irme con lo puesto e improvisar cualquier destino. Escogerlo al azar delante de los paneles de vuelos de un aeropuerto. 

Pero ¿sabéis?, a día de hoy solo necesitaría unas pizzas en medio de una gran mesa con mis hermanos y mis padres reunidos. Un desayuno con mi madre y mi hermana por el centro o un atardecer y un café con amigos. Lo más sencillo del mundo, lo que antes era tan fácil. Eso es lo que más echo de menos.

Los fines de semana son especialmente esclarecedores. Cada domingo me visualizo en casa de mis padres, poniendo la mesa para la gran comida familiar, mientras mis sobrinos me dan tirones en la ropa pidiéndome que juegue con ellos. No hay domingo en que no lo imagine.

Otros días, creo también sentir el meneo del coche, transitando por las curvas de una sierra perdida, camino a esa casa rural que la pandilla de amigos de siempre hemos alquilado. Llevo todo el invierno soñando con esa chimenea imaginaria, sé qué aspecto tiene. 

Sí, ahora mismo me encuentro al borde de todas esas experiencias porque así necesito creerlo. Porque siento ese abrazo que todavía no he dado, como si hubiese sido real gracias a que cada vez que abrazaba cerraba los ojos memorizando la sensación. Sensación que vuelve una y otra vez y que no me abandona. Es la gasolina para estos días.

Algunos comparten en redes sociales el número de semanas que faltan para el verano, como si fuese la fecha elegida, ¡Y parecen tan pocas!. Se han molestado en contarlas porque tienen tiempo y les puede esa ansia de la que hablaba. Normal. ¿Para entonces habrá pasado todo? Preguntaría alguien que no está en sintonía con lo que digo por aquí. Y yo le haría callar con un fuerte -Shhhh, y le rogaría, por favor, -No me fastidies este momento. Estoy en el aeropuerto, frente a la gran pantalla con mi mochila, y acabo de decidir a dónde voy a irme. 

 

"Viajar también es encontrarse una tarjeta de embarque como marcapáginas en un libro o el ticket de un museo en el bolsillo del abrigo"                    Javier Aznar


sábado, 21 de noviembre de 2020

Las calles nos esperan

Las calles parecen postales de recuerdo. Paseamos por ellas y se nos llenan las retinas de momentos vividos. Tengo esa sensación cuando voy a Granada y paseo por el que fuera mi barrio durante la época de estudiante, la de sentir una nostalgia constante. Una eterna resaca. Busco en las fachadas los balcones de los pisos donde convivimos, al igual que ahora cerca de mi casa busco la mesa de la terraza donde otras veces hemos comido con amigos. Las calles siempre estarán llenas de nosotros, aunque ahora nuestros pasos se han tornado algo tristes.


No deja de repetirse un recuerdo en mi cabeza. Es de hace muchos años. Emprendo la vuelta a casa por Camino de Ronda bien temprano, aún está todo cerrado. Llevo puesta la ropa de la noche anterior. Un top rojo al cuello y pantalones negros, los tacones en la mano porque los pies aún no se han recuperado. Llevo unas zapatillas de casa que me han prestado y voy dando chancletazos por las calles vacías. Granada y yo, las dos solas despertando. Ese sentir que son tuyas las calles. Hay ciudades que guardan tus secretos, que nadie más conoce. Solo tú y ella. De día o de noche las calles siempre nos están esperando. 


Voy a la frutería, paso por el banco, compro el pan y el periódico. Hay días que me digo que ir a la farmacia cuenta como salir, una ocasión de quitarme la ropa de estar por casa. A veces dar una vuelta significa sentirme perdida. En las entradas de muchos sitios aguardan colas para respetar el aforo y en la propia calle surgen conversaciones entre desconocidos, casi siempre por la mascarilla o las distancias. "Si yo no voy a pegaros nada", dice un señor con la mascarilla en la barbilla.

Sin poder viajar, nuestro respiro ahora son las rutas de senderismo. Un puñado de almendras y nueces para el camino y un sándwich para almorzar, sentados en unas rocas bajo la sombra. Ante nosotros, el paisaje se despliega como un mapa de papel.
 
 
Con el placer de estar en plena naturaleza, junto a ese silencio y la tranquilidad que se respira renovamos energías. En nuestra última ruta  llegamos a un camino asfaltado repleto de cortijos. Allí vimos a una familia, sentados en su porche con música alegre sonando. Un pequeño desvío de tierra nos hizo llegar a una pequeña casa donde no había nadie. Un sauce llorón ocupaba gran parte de la explanada de la entrada. Las puertas de madera estaban pintadas de amarillo. Me senté a observar aquella estampa. 


Con tanta belleza y luz bonita a mi alrededor, en un instante me vinieron a la mente las calles vacías, ese campo parecía entero para nosotros. Al fondo, las ruinas de un castillo serpenteaban la montaña. Volvimos a casa por las calles de siempre, aunque no lo parecieran. Son calles que están más solas, calles tristes, calles donde se pide ayuda. Antes y ahora, nos esperan las calles. Las calles siempre nos llevan a donde queremos ir.

 

viernes, 16 de octubre de 2020

Soñar con los ojos abiertos

Hace un tiempo hablé con un familiar que ya estaba en casa después de su ingreso hospitalario a causa del virus. Apenas hablé, tampoco hubiera podido con el nudo en la garganta que me provocaron sus palabras tan llenas de verdad. La conversación fue todo un discurso por su parte que ojalá hubiera oído mucha gente, y del que a la vez me sentí privilegiada por ser la única que lo escuchaba. Su voz sonaba tranquila y cálida, quería escucharlo durante horas. 

 

Me conmovió profundamente todo lo que me dijo. De dónde buscó la fuerza para seguir, cómo la situación le hizo valorar aún más la vida y todo lo que para él es importante. Me llegó al corazón la forma en que me relataba cómo se refugió en los libros, que esa actividad hubiese mitigado la fría soledad sobre la cama del hospital. A mi siempre me ha gustado leer, antes leía mucho, me decía con el convencimiento de que el tiempo que había pasado sin leer le pesaba dentro. 

 

Me recomendó El maestro del Prado, de Javier Sierra. Si te gusta el arte, te va a encantar, me aseguró. Aquella misma tarde la casualidad quiso que me topase con un stand de libros, aún con las palabras de él agarradas al pecho, y lo vi. Allí estaba. Por supuesto, lo compré. En el momento en que hablamos estaba ya en casa, confinado en su dormitorio, viendo el programa donde Sierra habla de misterios y enigmas de la historia. Es que me encanta Javier Sierra, me decía una y otra vez. 


La cultura nos salva la vida, frase que hemos escuchado una y otra vez últimamente. Un virus nos obligó a parar, y desempolvamos los libros, vimos series y películas, nos alimentábamos de las historias que nos contaban para hallar esa libertad que no podíamos disfrutar en la calle. Muchos escritores dedicaron ese tiempo a escribir obras que, ahora, reciben reconocimientos. Ellos invirtieron un tiempo de gran incertidumbre con maestría, canalizando a través de las letras la inspiración de un encierro sin precedentes. Al fin y al cabo, escritor/ra es una profesión de encierro. 

Lo más difícil a la hora de sobrellevar un mal momento es saber gestionar las emociones y buscarles utilidad. Ese ¿qué puedo hacer con esto que siento? Los expertos coinciden en lo mucho que nos ayuda escribir para sentirnos mejor.


Tuve la suerte de que el estado de alarma me sorprendiera en casa empezando el tercero de los tres libros de Laura Norton que me habían regalado, Gente que viene y bah. La película me decepcionó bastante porque no contaba cosas que me habían encantado del libro. Digo que tuve suerte porque fue un libro que, haciéndome reír, me evadió con facilidad de la realidad del comienzo de toda esta locura. 

Leí Alegría de Manuel Vilas, de cuyo título esperé más de lo que finalmente fue el libro que no me convenció. Lo compré antes del confinamiento en una librería donde grabamos un reportaje en el que el librero se quejaba de las bajas ventas. Leí también los inspiradores relatos de Lucía Berlín, Nada, la gran obra de Carmen Laforet, y retomé Vida de una escritora sobre Virginia Woolf, de Lyndall Gordon. Cada vez que leía un poco de él me acercaba al teclado deseando escribir. 

Hice pedidos de libros que posteriormente leí. Tombuctú, de Paul Auster, que te descubre qué siente un perro junto a su amo y después en esa terrible búsqueda de un hogar pensando que nadie te quiere. También compré y leí la obra biográfica Corazón que ríe, corazón que llora, de Maryse Condé, y Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, cuya historia del niño protagonista me conmovió. Todos ellos me gustaron. 


La estela de aquellas lecturas continuó en verano, con la cálida luz iluminando las letras. Esa estela cobró más importancia viendo la maravillosa película protagonizada por Mel Gibson y Sean Penn, The profesor and the Madman, (os dejo por aquí el tráiler) donde ambos se embarcan, a mediados del siglo XIX en la ardua tarea de reunir en un diccionario todas las palabras inglesas por encargo de la Universidad de Oxford. Los diálogos entre ambos son tremendamente inspiradores. Si os gustan los libros, os apasionará esta historia basada en hechos reales.

Y como si el universo se hubiera confabulado, ahora leo El infinito en un junco, de Irene Vallejo, desde hace meses quería leerlo. Trata el origen de los libros. Llevo poco, pero me está encantando. Narra cómo el empeño en crear superficies para escribir llevó a los habitantes de la antigua Mesopotamia a crear un estilo de escritura a base de hendiduras de punzón en arcilla blanda o cómo llegó la piedra de Rosetta al Museo Británico.

No dejemos de interesarnos por los libros, de aprender de ellos y de dejarnos llevar por las historias que encierran. 


"Un buen libro es un evento en mi vida"  Stendhal