domingo, 7 de febrero de 2016

Sin planear sabe mejor



¿Qué tiene de malo dejar que el caos se nos vaya de las manos?. Son las 12:11 de la mañana y mi cama aún está desecha y revuelta. Lo único que he hecho hasta ahora es dormir y desayunar. Hacía tiempo que la cama no se apoderaba así de mis sentidos. Hacía tiempo que no pasaba una noche durmiendo tan relajadamente, y sobretodo, que abría los ojos a las diez y seguía durmiendo sin remordimientos. Sí, soy de las que se siente culpable por no explotar las horas del día, como si el mundo se fuese a acabar. Y parece que lo hace en la calle, con el viento espantoso que da miedo con solo escucharlo golpear el cristal.

La ropa de la noche anterior sobre la silla, mi pelo desordenado y aún en pijama escribiendo en el ordenador (cuando se supone que lo que escribo debe tener lógica y orden y yo misma debo dar ejemplo). Supongo que puede ser comprensible un domingo por la mañana de una chica soltera (como diría Carrie Bradshaw en una de sus columnas).



Lo único que he “trabajado” es el zumo que he exprimido esta mañana y que estaba peligrosamente exquisito. No puede decirse que he contribuído a levantar el país, pero teniendo en cuenta lo que me ha costado salir de la cama aceptamos pulpo como animal de compañía

El café de después supo a gloria y las tostadas con el pan rústico tostado bañado en la mantequilla fundida me terminaron de dejar tan relajada que creo que si en ese momento me llevan a un spa, me hubiera vuelto a quedar dormida y hubieran tenido que interrogar a las burbujas para encontrarme.



Al abrir la nevera caigo en la cuenta. Este año celebraré cinco años desde que cumplí un sueño. Sí, cierto es que se acabó en tan solo unos meses pero lo real y verdaderamente esencial es que sucedió. Y ¿por qué cuando abrí la nevera?.



Cuando me regalaron esta foto enmarcada en una tele de imán la pegué en el frigorífico de casa para verla todos los días. Casi siempre me produce nostalgia, pero la tengo como material terapéutico contra depresiones. -Alégrate porque ocurrió, me dice la chica del micrófono con esponja naranja. A partir de ahora hablaré mucho de estos últimos #5años. Curiosamente los mejores de mi vida. 

Se lo digo mentalmente a la chica que está mirando a cámara. Es verdad que cuando miramos al objetivo entramos en la vida de alguien. Yo la miro y los clips de película de estos #5 pasan ante mí mostrándome cómo pudieron cambiar tanto las cosas. Cambios que te dejan triste y hundida, pero cambios que te compensan regalándote un camino diferente lleno de experiencias.

Creo que todo el mundo debería tener derecho a cumplir su sueño al menos una vez en la vida. Al menos un segundo, instantáneo, efímero y maravilloso. Nos pasaríamos la vida contándoselo a todo el mundo. -¿Sabes?, yo un día fui.. -¿Sabes?, yo un día hice... Y eso me cambió la vida.

Vuelvo a pisar la tierra y a mi domingo en estado embriagador de paz absoluta. Noto las piernas entumecidas, se me han quedado dormidas mientras escribo. Va a ser cierto lo que dice mi padre antes de levantarse del sofá para irse al campo, que tanta tranquilidad no es buena. Y esa voz de la experiencia retumba en mi cabeza, asi que voy a la ducha y a vestirme que hasta los gatitos del pijama empiezan a hacerme preguntas.

Y en todo ese proceso, más caos. Veo una china de la playa que se pierde entre la espuma del gel de baño. Caigo en la cuenta de que debe ser de ayer cuando huía de alguien que me seguía en la playa.



Más caos. La toalla de baño que olvido preparar cerca de la ducha, una gotita de crema hidratante que cae al suelo por descuido, el cinturón que siempre me pongo últimamente y que, de repente, necesita un agujero más, el anillo que me baila en el dedo a causa del frío, el viento que entra por la ventana y que hace volar los apuntes de inglés o esas medias que tienen una carrera y que olvidaste tirar para no volver a ilusionarte con podértelas poner. Cada día tú mismo y tu pequeño caos. ¿Qué haríamos sin él y sin todas las sensaciones que nos produce?. 

Ama tu caos, nos propone el escritor Albert Espinosa. Nuestra vida es consecuencia de pequeños conflictos, esencias y momentos. No te enfades porque los planes no te salgan bien, hay otros esperando detrás de la puerta. ¿Cuántas veces nos hemos sorprendido de lo bien que lo pasamos sin planearlo de antemano?. Yo estaba hoy tan relajada que he dejado que el día siga su curso, sin remordimientos tontos. 

Deja descansar los sueños, las tareas pendientes y las preocupaciones porque ellos sabrán recompensarte por otro lado. Buscarán la forma. A algunos os parecerá una tontería, yo creo que tiene mucho sentido. Lo que ves negro al comienzo puede ser al final una oportunidad de ser otra cosa, que te permita vivir otros momentos que de otra forma no se hubieran producido. Los viajes nunca tienen el mismo ritmo aunque se repita el destino. Todo cambia constantemente por nuestro pequeño caos particular y por las decisiones nuestras y las que los otros toman y que nos afectan directa o indirectamente.

Cuando estaba a punto de dejar este documento en el escritorio o en la papelera del ordenador he mirado a la ventana y he visto esto.




Ahora decidme que el día no está lleno de señales. Lánzate y haz lo que sientas. Y eso he hecho, así que espero que os guste.


Salgo a capturar la foto que veis arriba y sigue haciendo frío, un frío que asusta del ruido.
Todo asusta antes de que suceda. 

jueves, 14 de enero de 2016

Mi coronel

El coronel Brandon es quizá demasiado mayor para Marianne, quizá poco atractivo o atrevido, demasiado serio. Ella, aunque agradecida por las atenciones recibidas directamente del gran corazón del coronel, queda perdidamente enamorada del apuesto Willoughby. A la joven Dashwood le pueden las emociones y es capaz de tentar a la muerte por perseguir al que cree el amor de su vida. Es una de las maravillosas historias que encierra Sentido y Sensibilidad, la primera novela publicada de Jane Austen. Hoy la he recordado al conocer la noticia del fallecimiento de Alan Rickman, para mí el siempre enigmático y leal Christopher Brandon. 

Por aquel 1995, año del estreno en los cines de Sentido y Sensibilidad del director Ang Lee,  Kate Winslet, Enma Thomson (quien ganó un Óscar por el guion adaptado), Hugh Grant y Alan Rickman comenzaban a brillar y lanzar grandes carreras cinematográficas. Curiosamente todos son británicos, curiosamente cuatro de mis actores fetiche. Años más tarde los tres últimos coincidirían en otra película que me encanta, Love Actually, aunque son muchas más las ocasiones en que Thomson y Rickman han coincidido en la gran pantalla. Y cuanto más investigo sobre estas películas, más me gustan. Y cuanto más pienso en los personajes de Rickman más nostalgia tengo hacia las historias en las que se vio inmerso.

Rickman siempre será también el eterno enemigo de otro de mis favoritos (aunque estadounidense), Kevin Costner, en la versión que ambos protagonizaron en 1991 Robin Hood: Príncipe de los ladrones. Para mí, la mejor versión que existe sobre este clásico.



Creo que gran parte de la admiración que me merece Alan Rickman viene de la mano de grandes películas que me han marcado especialmente. Puede que deba dar las gracias a los guionistas que dieron vida a los diálogos y a la trama que tuvo que estudiarse, o tal vez a los directores de casting o productores que decidieron que fuera él y no otro el que encarnara a esos personajes con perfiles tan dispares. Como siempre, todo es un compendio de circunstancias y oportunidades que provocan las coincidencias perfectas. Casualidad o destino, Rickman forma parte de muchas películas que guardo en mi estantería entre la colección de mis favoritas. Mi homenaje será, sin querer, mi debilidad hacia las historias que me contaba con esa mirada inclasificable y excepcional. Unas veces enamorada, otras muchas maquiavélica e impenetrable. 

Y esta tarde al saber que se había marchado me vino a la mente esta imagen de Sentido y Sensibilidad. El momento en que Brandon se enamora de la espontánea y apasionada Marianne. 



Hay algo en la música y en los paisajes de esas películas, como Orgullo y Prejuicio y Sentido y Sensibilidad, que siempre me ha cautivado. Ese gusto y aprecio por las conversaciones, la lectura o el bordado, las historias emocionales de los personajes, los contrastes de clases y formas de vida, la lucha entre el deber y el querer y el inconformismo de la protagonista que busca romper con lo establecido por la sociedad del siglo XIX entorno al matrimonio. El alma humana analizada en profundidad a través de historias de caballeros y de paseos a pie por extensos prados mientras se dibujan las diversas maneras de afrontar los sentimientos entre familias, el amor y la amistad. 

Y me despido con Sentido y Sensibilidad y con parte del poema de Edmund Spenser llamado The Faerie Queene  (La Reina de las Hadas) que Christopher Brandon lee en voz alta para Marianne hacia el final de la película.


...
Ni la tierra decrece o pierde nada
pues todo aquello que de algun lugar cae
con la marea hasta otro lugar nada
pues no hay cosa perdida 
que no se pueda hallar si es buscada
...


Hasta pronto Alan.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Ven a ver el atardecer conmigo

Pídeme que vaya a ver el atardecer contigo. Mientras las piedras de la playa brillan mojadas dibujando líneas imperfectas, el cielo irá adquiriendo cada vez más colores y el sol estará diciéndote adiós con una suave brisa en tu rostro. Sin darte cuenta lograrás olvidar todas las cosas banales que te han rodeado antes de ese momento de magia. Invadido por el paisaje de olas y pueblos a lo lejos, de calas y rocas que se intuyen o se divisan al otro lado, de la orilla que desborda y te arrolla por dentro. Solo sabrás entonces qué es la calma y donde reside la belleza del experimentar.





Llévame donde la espuma blanca te acoge como un abrazo. El agua casi salpicará tus ropas y mojará todo aquello que creías importante. Y lo demás quedará en un segundo plano al no encontrar el final en el horizonte rosa de tus amores perdidos. La libertad para ser tú se hará inquebrantable al abrigo del mar, y creerás que logras alcanzar lo infinito. 

Muéstrame una puesta de sol que me deje sin habla y creeré que ya puedo morirme en paz, aunque no desee perderme más momentos como ese. Con la tranquilidad de lo aturdido en las aguas de ese mar que un día estuvo en calma. Hay más magia si cabe en las olas que, bravas, parecen gritarte en la inmensidad de tu silencio. No piensas en nada, solo en el instante en que toda esa preciosidad te invade hasta dejarte seco y a la vez completo en toda su plenitud.

Siénteme el corazón mientras contemplo la estampa, de mares azules y grises entre rojos y naranjas. Las nubes jugarán con los colores y las más alejadas del sol se convertirán en algodón para proteger al cielo de esa estampida de sensaciones. Oye mi suspiro de alegría y cómo ese momento me deja sin habla.



Regálame una pluma para describir lo que veo, porque mi visión podría cambiar mi vida. Quiera retratarla para siempre, aun sabiendo que no necesito contar esta historia para que ya forme parte de mí y de lo que quiero ser. Al ver los morados y rosas del atardecer puedo llegar a creer en mis sueños, realizables y alcanzables, que me quitan el sueño y me llevan una y otra vez a esa playa de mis anhelos. 

Quiéreme como mi gigante azul quiere al sol y a la tierra. Como fiel acompañante de la Luna en su plenitud el día de Navidad. Luna llena que despidió aquel día de pensamientos junto al mar en calma. Cuántos atardeceres. Cuántas veces se puede soñar despierta con luces y sombras. Y cuanto puede llegar a significar ese escalofrío del rocío que sientes cuando el sol ya se ha ido. Algo se va pero a la vez algo nace. Al día siguiente volverá a presentarse una nueva oportunidad de atardecer, con nuevas y renovadas energías. El torbellino de lo efímero volverá a capturarte un instante de felicidad. 

Ve a la playa y acaricia el sonido de las olas con el alma. Somos solitarios. Somos viento. Somos un compendio de instantes. Somos ese mismo atardecer estallando en colores.


viernes, 11 de diciembre de 2015

El hechizo de un párrafo



Abro al azar la página de un libro. Estaba por casualidad en la mesa de mi nuevo escritorio, ese olvidado en la parte de arriba de casa que he decidido establecer como mesa de trabajo. Leo el párrafo por el que se decanta mi mirada. Es un gesto rápido, de improvisación divertida.
Un día me hablaron de esta costumbre y me pareció encantadora. Se trataba de coger un libro cualquiera, abrir una de sus páginas y leer lo primero que te surgiera delante de tus ojos. La persona que me lo dijo me habló de ponerlo en práctica en aquellos momentos en los que necesitaras aclarar algo de tu vida o buscar respuestas. Decía que había algo mágico en descubrir lo que un libro podía contarte. 

Al sentarme en mi nuevo espacio, lleno de luz y creaciones, frente al paisaje de rojizos tejados y la línea del mar separando los azules del cielo y la costa, recordé aquellas palabras nada más encontrar sobre la mesa por casualidad La casa de los espíritus de Isabel Allende. Hace tiempo que veo este libro rondando la antigua habitación de mi hermano. Imagino que él tenía planeado leerlo en algún momento y por ello lo sacó de la estantería de la buhardilla. Quizá lo leyó ya y olvidó colocarlo de nuevo entre los demás. Quizá sea una señal, ya que siempre he tenido pendiente su lectura. Me encanta creer que hay algo mágico en las casualidades. Cualquiera de estas posibilidades me sirve porque todas ellas me han regalado una nueva historia. 

Las líneas escogidas al azar decían así: 


 “Tuvo que repetirlo, porque Jaime se quedó inmóvil, en la misma actitud huraña que siempre tenía, sin que ni un solo gesto delatara que lo había oído. Pero por dentro la frustración estaba ahogándolo. En silencio llamaba a Amanda por su nombre, aferrándose a la dulce resonancia de esa palabra para mantener el control. Era tanta su necesidad de tener viva la ilusión, que llegó a convencerse de que Amanda sostenía con Nicolás un amor infantil, una relación limitada a paseos inocentes tomados de la mano, a discusiones alrededor de una botella de ajenjo, a los pocos besos fugaces que él había sorprendido”


Sin conocer la trama, de momento te ves inmerso en una historia  en apenas unas líneas. No sabes quienes son Jaime, Amanda ni Nicolás, pero ya te atrapan sus pensamientos y emociones. Intuyes el inmenso amor del introvertido Jaime hacia Amanda, probablemente desconocedora de tales sentimientos. Una mujer unida en cierta manera a Nicolás, con quien mantiene una relación que Jaime se niega a asumir, llevado por la ilusión encendida de alcanzar el amor de Amanda algún día. 

Termino el párrafo y lo imagino todo sin importarme si he acertado o no en mis apreciaciones, sólo sorprendida y feliz de todo lo que encierra el instante con el que ese libro me ha obsequiado. He leído una historia de diez líneas y me ha atrapado. Y sin controlarla, la curiosidad por saber qué ha llevado a esos personajes a ese momento clave y qué les deparará en el futuro me corroe. Es la prueba de que con toda seguridad el libro me hechizará.



La página 245 de La casa de los espíritus no ha respondido a ninguna inquietud que me rondaba la cabeza. No ha solucionado ninguno de mis problemas ni ha solventado alguna situación complicada de mi vida. Tampoco me ha ayudado a tomar una decisión sobre algún tema que me preocupa. Estas líneas han despertado algo apagado, han movido algo en mi interior, han alimentado mi imaginación y me han contado una historia que se vive dentro de otra mucho mayor aún por descubrir. Ahora entiendo lo cósmico de este juego de libros, peatón de esta calle de letras y sabores dulces. La lectura debería ser asignatura obligada y todos nosotros alumnos de una vida con tiempo para dedicarte a estos párrafos que la suerte nos depara.