lunes, 9 de febrero de 2015

Aquella estela cargada de deseos




Existen momentos en los que alcanzas la perfección. Segundos, instantes, chispazos de magia. Como ver el naranja de un atardecer mientras te bañas en el mar o tumbarte bajo una manta de estrellas al abrigo de la noche, y esperar a que pase el fugaz destello por el firmamento. 
 
Qué bonitas son las estrellas, aún más cuando, en su estela, se llevan nuestros deseos más ansiados. La noche está en silencio y nuestros ojos miran de extremo a extremo, nunca somos capaces de recorrer tan rápido el cielo como cuando esperamos tener la oportunidad de ver una estrella fugaz. La paciencia y la espera batallan con el clamor interior del que desespera por una luz en el cielo. De repente gritamos, rompiendo el silencio de la noche.

 -¡Ahí está!, ¿la has visto?, le decimos al que tenemos al lado
-Acaba de pasar por allí (y señalamos con el dedo el punto donde se ha perdido el destello)

Y nunca estamos seguros de haber formulado bien nuestro deseo, pero sabemos que la estrella nos ha leído la idea en el pensamiento. Después, nos marchamos a casa con la tranquilidad de haber visto un espectáculo maravilloso de bailes y luces, que ha sido capaz de embellecer aún más el silencio de la noche y el paisaje que nos protege.

Pocas veces miramos algo con tanta intensidad, esperanza y felicidad. Así, cada vez que la oportunidad de una nueva noche como esa vuelve a surgir, más me convenzo de que no quisiera jamás mirar una estrella sin sentir un escalofrío. 




Qué fue de ti, amor
que ya no me hablas.
Quizá, por miedo,
tienes tu boca callada

Silencio, y sin embargo, te oigo,
pero no logro entender nada.
Si te fuiste por amor, te llamo,
como lo haría la estrella a la luna acaramelada

Sigue brillando en la noche,
como tú solo sabes hacerlo,
que yo, mientras, haré un hueco en mis brazos.
Si quieres venir, ¡hazlo¡





Y hablando de apreciar lo que vemos, me ha venido al recuerdo este pequeño relato que escribí hace tiempo. 


Soñar despierto

Soñar despierto, solo es tesoro de unos pocos. Lucas sabía bien qué significaba. No sabía cómo era el color azul, sin embargo, a menudo frente al mar, dirigía sus ojos al cielo, tomaba aire y soñaba con volar. Y algunas veces lo conseguía. Negándose a vivir entre tinieblas, comenzó a imaginar…

Estaba amaneciendo. Un nuevo día de verano se empezaba a dibujar en el horizonte. La belleza del mar infinito, en contraste con el cielo azul acaramelado, cortaba la respiración en sus pulmones y envolvía el aire de múltiples emociones. Hasta la luna dejó en soledad a las estrellas, para acompañar al sol, hipnotizada de envidia ante ese espectáculo de luces y sonidos, solo perceptible en el corazón del que sueña despierto, del que encuentra la felicidad en el abrigo del sol, del que se alimenta de un momento de sensaciones únicas e indescriptibles. Lucas se sintió privilegiado por ello, pues éstas llenaban cada poro de su piel dando luz a su oscuridad.

El aire, extasiado de riquezas naturales, dibujaba a su paso armonías que se adivinaban en el horizonte. Lucas respiró todo aquello, sentado sobre la textura de la arena granulada, sin más ruido que el del movimiento de las olas. Parecía como si el mundo se hubiese parado en ese instante, dejando ver todo su esplendor. Se dejó llevar, recreando en cada rincón de su alma, la paz que solo se encuentra en un recuerdo escondido en los pensamientos más dulces. Y el tiempo, atrapado en un reloj de arena y agua, tan fugaz, siempre como un suspiro, se paraba ahora inquieto a disfrutar con ese joven de aquella escena, como sacada de los más preciosos cuentos. 

Más tarde, su amiga le sorprendió en pleno “sueño”. 

-¿Qué haces aquí sentado? -le preguntó-. 
-Mira bien a tu alrededor -le contestó Lucas. -¿A que nunca has visto nada igual?. 
Ella, extrañada, miró a su alrededor –pero si solo es el mar- respondió.
 –Sí, y ¡he podido verlo!







"Los que sueñan de día son conscientes de muchas cosas que escapan a los que sueñan sólo de noche" 
Edgar Alan Poe

Lo fugaz siempre es más hermoso cuando se aprecia el instante en que nos invade, y lo hace a plena luz del día o de la noche, simplemente aparece y se va, dejándonos su estela.

Feliz semana :)

domingo, 1 de febrero de 2015

Fecha de caducidad



Una y otra vez. Ya perdí la cuenta de las veces que he borrado la primera frase. Éstas que lees son las que están sobreviviendo en el tiempo, por ¿suerte? todo tiene fecha de caducidad, ni tan siquiera este post permanecerá por siempre en el recuerdo aunque esté subido a este "mounstruo" llamado Internet. Reescribo mil veces lo que voy a decir porque no sé continuar. Lo que podrían haber sido historias increíbles o bazofia incapaz de entretener a alguien, ya no lo serán. No pasa nada, borro las palabras y comienzo otra vez, así de simple. 

Del mismo modo que reciclo lo escrito, las ruinas que un día yacían en aquel descampado, algún día se convertirán en un edificio de pisos o en un centro comercial. Todo se reinventa, florece, vuelve a ser útil y a ofrecer refugio, son los lugares que la vida va intercambiando para avanzar, en un ciclo aparentemente lógico y social. Luchar en contra de todas esas cosas parece de idiotas, porque todo debe seguir un curso. Y es que, por mucho que me empeñe en seguir escribiendo, y en no borrar la frase, ahí siguen las ideas estancadas. No sirve de nada luchar contra lo inevitable. A veces basta solo con ser capaz de reiniciar.

No es que me haya vuelto trascendental, ni haya decidido que, a partir de ahora, voy a analizar la vida como si todo fuera pura mecánica y rutina aburrida. No es que me haya quedado atrapada en el bucle de los momentos pesimistas ni haya dejado que me coman los recuerdos tristes. Es que me doy cuenta que olvidamos que todo pasa. Dejamos a un lado los instantes reales para centrarnos en los virtuales. No vemos el sol que tenemos delante, porque continuamos buceando en otra nube, que no es precisamente la que tienes ante ti con forma de platillo volante o de algodón de azúcar, y que está deseando que levantes la cabeza y la observes para sonreírte.




Confieso que me odio a mí misma cuando miro la hora y sé que he estado largo rato enganchada al móvil o distraída en alguna tontería, sin reparar que estoy junto a la familia o amigos en un momento que pasará de largo y no volverá jamás. Es la misma certeza que sientes en el momento en el que te tranquilizas y te das cuenta que si gritas más, no significa que vayas a llevar más razón. De la misma manera, si me siento mal, no quiere decir que el resto del mundo deba pagar por ello. O, si me peleo con mi hermana, luego me sentiré terriblemente mal por no saber qué estoy haciendo mal. La cruda realidad hace daño pero también hace recapacitar. 

Me odio cuando me enfado por tonterías y cuando desprecio cosas que me hacen sufrir, hasta que entiendo que de ellas puedo aprender. Me odio cuando siento que, por un rato, me quedé atrapada en un momento del pasado injusto e incoherente. No me gustan los momentos en que me odio, porque son los únicos en los que corro el peligro de no quererme ni querer al mundo que me rodea.



Una pareja está al lado nuestra. Los dos están largo rato centrados en sus respectivos móviles. Menos mal que cuando llegan sus hijos y se sientan a la mesa empiezan a socializar con ellos y, al menos, ya no "hablarán" solo de aplicaciones móviles o de grupos donde todo el mundo cuenta lo que está haciendo en vez de hacerlo de verdad. El otro día vi algo parecido. Una mujer comía, en la mesa de al lado, junto a su hija. Ésta no soltaba el móvil, sólo a ratos para comer. La mujer no podía evitar dejar entrever en su rostro la incomprensión de la soledad, sabiendo que estaba ¿acompañada?. No es que seamos idiotas por no ver la realidad, es que nos empeñamos en bajar la cabeza para huir de ella, dando la espalda a la vida para vivir otra ¿creíble?. Es como si entraramos en un coma momentáneo donde sólo existe la tecnología y no las personas. Creo que siempre hay tiempo para todo, pero es una pena que no vivamos los instantes que importan (que nunca vuelven a repetirse, o al menos, no de la misma forma) y el móvil, por poner un ejemplo, puede esperar.

Por suerte, todo tiene fecha de caducidad. Si un instante no caducara, no valoraríamos tanto al que le continúa. “Hay que vivir los momentos como si fueran los últimos” no es una tontería que dijo alguien demasiado extasiado con su ritmo de vida o dispuesto a reconciliarse con el mundo después de que sus actos le remordieran la conciencia. Es alguien que se odió por muchas cosas y que creció aprendiendo de ellas. 

Los momentos en los que te odias son los más reveladores, lo más complicado es lograr sacarles provecho. Creo que puede ser gratificante intentarlo.

Feliz semana

lunes, 26 de enero de 2015

Llaves que buscan ventanas a los sueños



Podría tirar la llave al mar, enterrarla en la arena de alguna cala olvidada o fundirla para que desapareciera para siempre, pero, si hiciera eso, estaría renunciando a las pocas cosas que tenemos y que nadie nos puede quitar, la ilusión. Y con ilusión comienza una nueva semana, intentando que no afecten las no tan buenas noticias y, como dice ese famoso lema, dando la vuelta a la tortilla.

La ilusión es la única capaz de abrir puertas, hacerte soñar con lo que hay detrás, volverte incapaz de rendirte al objetivo no conseguido, y, sobre todas las cosas, es la que busca incansablemente una ventana para asomarse a una nueva emoción. Quizá en eso estaba pensando aquel que dijo que cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. Si la llave no es la ilusión, ¿de qué materia está hecha la esperanza?. 

Una de las cosas que he aprendido escribiendo en este blog, es que no deben existir más lunes sin sonrisas y, para no ser infiel a mis palabras, hoy no dejaré que nada me borre la mía. Ahora toca espiar tejados, bucear en océanos, merendar tardes de ordenador, desayunar páginas de imaginación, escribir brotes de sueños nuevos y desafiar de nuevo a las cerraduras que se resisten. Lo que haga falta para responder a una necesidad tan necesaria como respirar.

La tentación del abandono siempre está a la sombra de cualquier decepción. Siempre sería más cómodo, más fácil, menos doloroso no volver a intentarlo, pero ella no me deja. Después de cada portazo, siempre me llama y me pregunta cuál será la próxima ventana, y nunca sé que responderle. Después, el estómago se revuelve, la sangre se enciende y la noción de una certeza increíble vuelve a renacer. No sé como lo hace, pero mi ilusión nunca se rinde.




Es tan mágica que puede hacerte acariciar el cielo con sólo pensar en ella. Preciosa, enigmática, alentadora y triunfadora, la ilusión siempre desentierra el temor del fracaso, porque para ella éste es solo una oportunidad donde probar suerte. 

Y, los recuerdos de lo vivido hacen renacer con más fuerza las ganas de continuar. Por ejemplo, viendo esta fin de semana al cantante Juan Valderrama en televisión, me he acordado de la ilusión que me hizo el encargo de entrevistarlo (nunca había entrevistado a alguien famoso). Cosas como esa hacen que recuerde todo lo que he vivido trabajando como periodista y también que piense en positivo sobre todo lo que puede llegar en el futuro. Como dice esa magnífica canción de Jason Mraz, I won´t give up (No me daré por vencido).
El símbolo de mi ilusión es mi experiencia, mis ganas, lo que he sentido y quiero seguir sintiendo de esta profesión tan bonita. 

Que nunca falte ilusión en la vida, en todo lo que hagáis. Yo me he propuesto continuar con la mía como si fuera la estrella que siempre persigo en el firmamento de los deseos.



Un abrazo a todos :)



miércoles, 21 de enero de 2015

Bendita voluntad que endulza la vida


Los pequeños placeres de la vida. Leer una preciosa historia, mientras por la ventana cae la tarde, se va oscureciendo el  paisaje y lentamente acude la certeza de que la noche se acerca. Hay días en que no sé si quiero escribir o leer, porque las ganas de hacer las dos cosas y escoger entre una y otra son tan fuertes, que me puedo pasar un rato decidiendo y, aun así, nunca lo tengo claro del todo. 

Ojalá todas las decisiones fueran tan dulces y hermosas. Me decanto por coger el libro para saciar el impulso de tener un rato tranquilo de manta y lectura, y también la libreta de siempre, por si necesitara anotar algo o por si cambiara de idea.

Tener todas las tardes libres de la semana sólo me pasa una semana al mes debido a los turnos en el trabajo, así que más las disfruto (porque vienen en frasco pequeño). Y, así, hoy he empezado un libro que me regaló mi hermana María en Navidad, se llama Ese instante de felicidad, del italiano Federico Moccia. Hay cosas que tienes claras desde el primer momento, y ese título y la contraportada me enamoraron.


Al autor ya lo conocía así que sabía que me iba a gustar la temática romántica de sus obras, capaces de arrastrar, hasta al más escéptico en el amor, a colocar su candado en el puente de su ciudad como símbolo de cariño hacia otra persona. Lo que hace increíble a algo es que sea capaz de hacernos cambiar de idea.

Me siento afortunada por tener algo de tiempo para seguir mis impulsos, no siempre puede ser así. En cierto modo, ese hecho hace más divertida a la vida. Anoche, durante una ducha de agua ardiendo, se me ocurrían millones de razones por las que no quería terminarla, pensando en el frío que me daría al salir de ella. Piensas "un ratito más, uno más", como cuando suena el despertador temprano. Al final, pones de tu parte y te levantas, pero debes hacer, igual que para otras muchas cosas al cabo del día, un esfuerzo titánico. 

Pero hay que pensar que la voluntad no son más que decisiones que endulzan la rutina. Ella mueve nuestros hilos, dirige y encauza las ganas dispersas, endulza el final del camino escarpado y ordena el sentido de todo lo que hacemos. Es esa energía invisible que algunas veces no se proyecta del todo porque se niega a completarse. Es el reto que cada día adelanta la vida, es el auge de los objetivos envueltos en cristal que fácilmente se rompen, es el surco en la piel que se rellena de esperanza y es la batería que hace funcionar todas las cosas. 

La voluntad es aquello que se esconde tras las decisiones, los intentos y los deseos. Un sueño nunca se hará realidad sin ella, igual que ella nunca podrá ir sola a ninguna parte sin que tú no le dictes un destino. Deja volar a tu voluntad, como lo haces con la imaginación. Deja a tu espalda una primavera que espera con ansia un nuevo sol.