Los desempleados
odiamos las vacaciones. Me aventuro a lanzarme sin arnés o red de seguridad y,
haciendo guiño al tema, sin colchoneta inflable, al afirmarlo. Y me quito, al decirlo, algo pesado de encima. Y no me da miedo admitirlo. Sé que es julio y no os equivoquéis. Amo la cervecita fresquita en una terraza, quedar con los amigos en los reencuentros, ponerme morena, la ropa de verano, la piscina, tomarme una copa al borde del mar...
Lo sé, es alarmante. Pero odiamos las vacaciones.
Es
raro que nuestra prioridad en verano no sea ir a la playa, cuando amamos el mar y hemos
pasado el año metiendo los pies en la orilla (para los que tenemos ese
privilegio). Yo incluso me propuse hacerme alguna foto cada mes del año de mis pies
fundiéndose con la espuma que generan las olas del rebalaje para después hacer
un collage. La idea era ensalzar la importancia de disfrutar del mar todo el año, no disfrutarlo solo cuando vamos en bañador y ansiamos broncearnos. El instante de mojar los pies simplemente por que sí. Cualquier día del año. Sin etiquetas. Por el mero hecho de disfrutar de ese instante de conexión con el agua salada.
10 de enero de 2016
La explicación a por
qué odiamos las vacaciones es muy sencilla. Todo se paraliza, los que trabajan están
de vacaciones y te ves obligado a más vacaciones. Te arrastran al abismo.
Saturados de tiempo libre, los que están hasta el gorro de trabajar dirán que
estamos locos y se nos ha ido la olla,
nos cansamos de “no hacer nada”. Sí, porque por muchas cosas que hagamos
(leernos montones de libros, viajar, estudiar, limpiar, hacer deporte, recados,
visitas…) y por más que somos productivos y exprimimos los días, en el fondo sentimos
que nos falta “algo”, un vacío que no está en nuestras manos llenar y que,
debido a eso, nos genera cierta angustia. Ya no solo pensamos en que no
incrementamos la riqueza del país, hacemos que el mundo se mueva o contribuimos
a las pensiones, sino que llegamos a pensar que hemos hecho algo mal, que no
servimos como personas activas para el Estado. Es el efecto rebote del
desempleo.
Así que he decidido que
sí que iré a la playa. Porque estoy desempleada pero, aún no he perdido el juicio (creo). Pero, eso sí, estableceré unas reglas básicas. Tipo: “no iré en
domingo a no ser que sea estrictamente necesario”. Y es que, será por llegar a
cierta edad o por absurdos y momentáneos recelos, pero no me gusta la saturación.
Esos días en los que encontrar un sitio te parece tarea imposible. Tardas la
vida en ir andando procurando no hacerte un esguince con los chinos, el calor
ya empieza a hacer efecto en el canalillo en cuanto dejas atrás el paseo
marítimo y no sabes qué cara poner para que nadie note que no sabes si tirar a
la derecha o a la izquierda (nadie te mira en realidad, pero tú misma te creas
una situación algo incómoda y absurda cuando todo está lleno y no parece haber escapatoria). Sales de tu cuerpo y te ves a tí misma sola ante el reto de enfrentarte a la muchedumbre o salir pitando de allí.
Por no mencionar la situación de estar buscando a alguien entre toda aquella gente. Con el bolso cargado, la sombrilla en el hombro y la silla en la mano con el móvil delante (que parece que estás buscando hueco con el google maps) cuando esperas que tus amigos miren el whats app para que te digan dónde puñetas se han puesto
Con forme te aproximas
a la orilla buscas desesperada con la mirada un posible hueco, esquivando
constantemente a la gente que va a la ducha, a los niños que juegan por todas
partes, a ese señor requemado que parece un nadador jubilado que ha olvidado el
protector solar, mientras chequeas el ambiente. Al final no sabemos cómo, pero
acabas encontrando sitio. Esa felicidad se esfuma de un plumazo cuando descubres, toalla en mano preparada para desplegar, que vas a plantarte a lado de una familia de lo más variopinta que te mira raro,
por ser una nueva distracción en las largas horas que llevan ahí sentados (eres
la novedad). Pero ya no hay escapatoria porque sabes que es peor irte y rendirte que quedarte y "luchar".
Después de escanearte
de arriba abajo como si fueras un vestido que están decidiendo si comprarse o
no en las rebajas (mirando tan fijamente que te sientes objeto) por fin te
dejan en paz, si tienes suerte. Si no, si están tan aburridos de estar allí como
parece, esperan que les salves de la monotonía tirándote del tirón al agua,
haciendo topless o siendo presa de alguna medusa. Y piensas, “no les daré esa
satisfacción”, si no, que se hayan traído un libro o se pongan a jugar a las
palas y ya de paso busquen distracción en otra parte. Pero, por si acaso, antes de entrar en el agua te cercioras de que no hay medusas, no vaya a ser que estes sola con aquella gente que solo quiere "carne fresca".
Y es que el problema
que sufrimos cuando vamos a la playa es el ver que invaden nuestro perímetro.
Como cuando estás tan a gusto un miércoles, medio sola en la playa, con un montón
de espacio alrededor sin nadie y llega una familia cargada hasta los topes y se
pone a un metro de distancia tuyo. Que al desplegar su toalla casi rozan la
tuya y te parece que aquello es el fin del mundo. Los miras a ellos, miras su
toalla, miras la tuya, esperanzada de que capten el mensaje de “no entiendo qué
hacéis. ¿En serio preferís estar pegados a una desconocida cuando tenéis toda
la playa para vosotros solos?”. Como diría una amiga: ¿en serio?, ¿en
seriooooo?. Y ahí descubres el poder que puede llegar a tener una mirada interrogante. Pero todo es en vano. Ni te miran porque están obcecados en plantar la sombrilla encima de tu cabeza. Adiós moreno, adiós soledad. Debería haber algún decreto del código penal que regule esa invasión como "crimen contra el desempleado que busca paz lejos del mundanal ruido".
He llegado a la conclusión de que este tipo de familias sufren el "síndrome del domingo vacío". Llegan a una playa vacía y se sienten desprotegidos, sin armas, sin saber qué
hacer. Se espantan con la idea de que los demás veraneantes se han esfumado y
recurren a ti como socorro. Te sientes como la última superviviente. Y, cuando descartas la orden de alejamiento (para huir de todo el papeleo) empiezas a diseñar estrategias que van desde el "me tumbo y voy arrastrándome poco a poco" para separarme de ellos, "coloco el bolso al otro lado para crear ilusión de lejanía" o "vuelvo del baño y aprovecho que coloco la toalla para instalar los bártulos más lejos". Cualquier opción práctica que te devuelva aunque sea una ínfima sensación de libertad vale.
Así que no, hoy es miércoles pero me quedo en
casa. El mejor consejo que me han dado es que hay que darle prioridad a las
cosas importantes. Por eso me quedo estudiando, que septiembre está a la vuelta
de la esquina y mi máster en marketing debe estar finiquitado para
entonces. Otra de las pesadillas de los desempleados es acarrear lastres que,
sabemos, tendríamos que tener solventados hace ya tiempo. Porque esa es otra,
tener tanto tiempo libre da pie a los demás a decirte, ¿aún no has acabado esto
u lo otro?. Es fácil juzgar a los demás, pero nos cuesta horrores ponernos en
otra piel. Y sino que se lo digan a la familia que por poco llevo a los tribunales por "invasión de perímetro". Y es que sí, somos muy "de leyes".
Así que me levanto
temprano para avanzar, me compro libros de inglés perfectos para llevar en el
bolso a cualquier parte, leo aquellos libros que compré en su día y esperan en
la estantería para nutrirme de las esperanzas que esconden sus historias y escribo
aquellas cosas pendientes que he relegado tantas veces a un segundo plano. Y de
paso actualizo el blog para haceros reír un poco con mis locuras mentales. Pero
siempre, abriéndome en canal. Hoy, con los sinsabores del verano.
Felices vacaciones, yo
seguiré contándoos cosas para sentir que lleno algún vacío, la sensación que
siempre me ha aportado este blog, cuya razón de ser es parte esencial en mi vida
y un motivo para continuar.
Gracias por leerme y…
en la playa “no dejéis que nadie os arrincone”. Quedáos a luchar. Aunque cuidado con venirse arriba, no intentéis esto en el agua, que solo faltaría que alguien se lesionara en verano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario