domingo, 19 de junio de 2016

El verano se revela



Llego al coche y entro. En la calle no hay nadie, es de noche y todo se ha calmado tras el viento de todo el día. En vez de arrancar para irme, paro un segundo a escuchar con la ventanilla bajada. Solo se oye caer el agua, supongo que de alguna piscina cercana. En el cielo solo brilla una estrella, las demás quedan ocultas entre el resultado del frenético día de hoy. Es tarde, cierro los ojos, podría quedarme dormida de no ser porque debo volver a casa. 

En cuanto enciendo el contacto vuelve el estrés. La carretera se queda pequeña, tengo que volver a casa para  volver a encapsularme en otro instante de tranquilidad. En realidad no es otra cosa que cansancio. ¿Cómo he alcanzado el pequeño espacio de paz que llevo buscando todo el día sin buscarlo? -solo parándome a escuchar. 

Llego a casa y más estrés. La cochera sumida en la oscuridad. Siempre me asustan los garajes o parkings solitarios a oscuras, supongo que el cine hace mucho daño o que simplemente tengo una manía no infundada. La habitación desordenada, víctima otra jornada más del caos inevitable. Todo me invita a frenar en seco cuando en mi mesilla veo el libro que tengo abandonado. Cuantas historias aún por descubrir y que tenemos delante todo el tiempo. La estrella sigue brillando y yo aquí entre el desorden, aquí en mi vorágine del día a día que me grita para y déjalo estar. 

La noche trae revelaciones, entre ellas la propia vida que dice aquí estoy, hazme algo de caso. Eres tú el que me necesita antes de dormir, me dice. Yo te enseño lo que queda del día, solo una estrella, solo un destino. El camino a tus sueños que quedan muy lejos de este cuarto lleno de recuerdos. 

Pero en el sumo cansancio te rindes finalmente, a pesar de las vueltas que das por el calor sofocante del verano nocturnal. Después de cerrar los ojos la lámpara de la mesilla de noche despierta. Y lo hace una y otra vez, debe estar ya cansada de que juegue con ella. Pero, en susurros, le leo lo que escribo bajo su protección y ya se relaja y se deja hacer.
Es bonito dormir junto a las líneas que escribes durante una noche de vigilia. Es una de esas ocasiones en las que tus sueños nocturnos agradecen la compañía. Hay cosas que simplemente son una sola, lo que eres tú y que no es de nadie más.
“Esta noche no existen los despertadores”, me escribió esa noche un amigo a través del móvil. Era tarde, pero ahí seguíamos intentando arreglar el mundo, tanto que, mientras ocurre, sientes que mañana comienzas de nuevo a intentar buscar tu auténtico camino. El resultado sigue haciéndose de rogar. Solo sé que siempre choco con una pared y nunca sé cómo romperla, pero sigo abriendo ventanas porque me gusta ver el atardecer. Imagino que debe ser cosa de soñadores, que se van distrayendo con cualquier cosa bella con la que topan. 

No es que me gusten las noches en vela que provoca el calor del verano, lo que me encantan son las reuniones que hacen que rellenes con buen sabor de boca ese tiempo que “pierdes” dando vueltas en la cama. Y sobre todo me ganan las conversaciones que me obligan a mantener el nivel de mi adversario, aunque solo tenga ocho años. Os pongo en situación. 

Era sábado y mi prima María vino a casa a pegarse un chapuzón en la piscina antes de marcharse a casa de su abuela a comer. Para que no estuviera sola me metí un ratito con ella, solo un rato porque ya eran casi las dos y tenía que comer para irme al trabajo. Así se lo dije con mal pesar. Ella me miró muy seria desde el agua, y me paró en mi camino hacia el interior de la casa con una pregunta directa. -¿Prima y tú en que trabajas?. Volví sobre mis pasos y me acerqué a ella. Su cara era un completo signo de interrogación personificado. Tenía el ceño fruncido y la boca abierta. Le interesaba mucho lo que yo pudiera contarle de ese lugar que a ella le resultaba un misterio. -¿Has visto los tomatitos chicos que hay metidos en un envase de plástico en un supermercado?, le pregunté. Ante su respuesta afirmativa le dije, -Pues yo los meto en ese envase. -¿Y lo haces a mano o lo hace una máquina?. (mi grado de fascinación acaba de alcanzar su punto máximo). –Pues a veces lo hago a mano, pero casi siempre lo hace una máquina. – Y a ti ¿Qué te gusta más, hacerlo a mano o a máquina?. –Pues a mano es más divertido pero de la otra forma también puede serlo. Antes de que caigan a la máquina nosotras los limpiamos y sacamos los que están mal. -¿Y nunca se escapa alguno? (Ahora sí que estaba asombrada con su manera de procesar la pequeña información que le iba suministrando). –Puede pasar, sobre todo cuando hay mucha prisa para terminar el pedido. Pero hay alguien de calidad que se encarga de revisarlos para que vayan bien, le expliqué a aquella maravillosa cabecita pensante que había logrado capturarme con su ocurrente conversación. Ahí quedó todo por culpa de las prisas. Las oportunidades que no logran continuarse en el tiempo son dolorosas, aunque te obsequien con un ínfimo instante de majestuosidad.

Pero luego regresó el temido estrés. Y peor aún, la pena de pensar que éste siempre lo fastidia todo o, peor aún, deja a medias el momento más interesante de tu día. Le debo a esa niña de ocho añitos más tiempo calmado del que hasta ahora he podido darle. A veces, ves nítido quien merece recibir más, quién te reclama solo con una mirada, quien te hace cuestionarlo todo hasta alcanzar la verdad. 

Como veis, mi entrada al summer time (no es que esté pensando irme de compras al corte inglés) está siendo algo movida. Movida sentimentalmente hablando. Muchas cosas en que pensar, muchas ideas que desarrollar y ganas de emplear mi verano en momentos enriquecedores y en aprendizajes útiles. Continuar con una rutina que me haga sentir mejor y que consiga que continúe creciendo hacia mis objetivos.  


Sobre todo, quiero encontrar cosas y que ellas me encuentren a mí con una serendipia desbordante. Quiero a mi alter ego reclamando su espacio y trabajando por hacerse un hueco en mi vida. Y sobre todo continuar envidiando a ese gato que, tras andarse por las ramas, pega un salto certero en el suelo y continúa deslizándose como si nada por este mundo de callejones angostos. Siempre he sido más de laberintos en los que te encuentras flores naciendo en cualquier parte insospechada.

domingo, 5 de junio de 2016

Mono de galleta



Ayer fui a tomar café. Me dieron una galletita de esas que van envueltas, solas y desamparadas. Solas porque son muy independientes y es solo un detalle del establecimiento aunque tú ya tengas hambre de merienda y no te valga para cubrir el agujero de la muela. Y desamparada porque miles de veces se queda encima de la mesa sin que nadie le haga el menor caso. Es muy dura la vida de esas galletitas, dependen de tu estado de ánimo e incluso de tu bajo nivel de azúcar en sangre. La prueba es que yo soy de las desamparadas y ayer la devoré con la risa tatuada en la cara. Me gusta cuando comemos sonriendo, eso seguro que pasará a ser una feliz digestión. 



Lo verdaderamente especial es que no era una galleta cualquiera. La breve historia de esa galleta (creo que me deberé arrepentir de ese breve) que amenizó mi tarde junto al mar, es que abrí el envoltorio al revés, o del revés (por eso de hacer un guiño a esa maravillosa peli de Pixar). Los personajes ayer estuvieron de fiesta en mi imaginación. Vale, ya os cuento. El caso es que vi el dibujo de la galleta al contrario y vi claramente la cara de un mono. Pero no un primate cualquiera. Enhorabuena a Paul Frank que ha conseguido publicidad en mi blog al que siguen decenas de suscriptores. Qué facilona soy para hacer publi gratis. Necesito un favor de vuestra parte, decidme si estoy loca o realmente hay un mono en la imagen de la izquierda. Ya sé que hago trampa colocándoos el logo de Frank al otro lado, pero así es la vida. Vale, tapad ésta última con la mano y sed sinceros (y de paso me dejáis un comentario en el blog aunque tengáis que hacer cola). 





Mentiría si dijera que mi mundo se vino abajo cuando me dijeron que en el dibujo lo que salía en realidad era una taza. Acabáis de mirar la foto al revés para ver la taza ¿eh?. Y si no lo habéis hecho esta pregunta queda absurda en el post. El caso es que compartí mi (cuanto menos) divertido hallazgo con Pedro y Ricardo que me acompañaban y sentí un atisbo de desilusión cuando no pusieron cara de estar en mi misma onda, aunque me sentí más acompañada en mi locura cuando Ricardo me dijo que él veía la cabeza de Papá Noel. ¿Habéis vuelto a mirar la foto?. Creo que no entendieron nada y en mi fiesta de imaginación uno de los muñequitos de Pixar estaba apartado en un rincón bebiendo tequila para olvidar. Fuera de eso, yo estaba en mi nube haciendo el pavo (por qué no admitirlo), y disfrutaba de la confusión porque me había regalado un momentazo de Paqui producciones. No es que haya acabado montando una empresa, es que tenía que bautizar de alguna forma esas cosas que me pasan porque sigo sin encontrarle sentido. Simplemente hacen que no necesite echarle azúcar al café. Será el café, será el mar, será ese momento de ciencia ficción, (sí le he plagiado un poco la canción a Amaral) pero en ese instante moría por bailar y hacer el ganso. 


Todo tiene una razón, y es que durante el café sonó una canción que hizo que atrapara el momento en la cápsula del tiempo. Y no sucedió como cuando intentas pillar una mosca entre tus manos (para los que lo hagan), sino cuando una araña pasa las horas en su tela sin ser consciente del peligro de que puedan verla. Estaba a gusto, plena y regocijándome en mi felicidad íntima que solo yo entendía. Hay cosas que te atrapan como un imán. Definitivamente el título de la canción ya está en mi check list. Creo que tiene un punto dance. Yo no entiendo mucho de estilos musicales así que si digo puntito lo mismo es un estadio de fútbol. Eso me pasó con la galletita y con la canción. Ahora entiendo a mi amigo Pedro cuando me dice que tiene mucho mundo interior. Será que tengo un universo dentro porque cada cosa que me pasa se me antoja como una estrella que sigue brillando aunque el mundo no la vea. 


Esta mañana haciéndome el café he puesto en marcha el Spotify para volverla a oír. La canción inevitable bailarla, pero no de cualquier forma. A mi me produce ganas de hacer el robot. Entendedme. No de esos, estilo muevo las manos a cámara lenta en broma (algunos lo tiene como deporte en la discoteca), me refiero a aquellos modernos que hacen los mismos pasos pero con movimientos rápidos elegantemente. Por concluir, como se baila el dance estilo campo de fútbol. Asi que ahí estaba yo esta mañana calentando la leche para el café mientras hacia el robot estilo moderno. Básicamente dejando que el ritmo de la música guiara mis pasos. No había nadie en la habitación y me sentí poderosa ante ese momento. ¿Cuántas veces se puede decir que estas sola con tu pavo, libre para imaginarte monos donde no los hay?. Lo bueno es que aunque dijera lo del mono en voz alta mis acompañantes en el café no me tomaron por loca, es una suerte toparte en la vida con amigos con los que puedes pensar en alto y no salgan corriendo despavoridos. 


Agradezco que spotify pare las canciones de forma gradual y sobre todo que Shazam logre coger la canción de la que me he enamorado desde un altavoz en la playa en un día de oleaje. Tanto como para hacer aún más idílico el estar al lado de una escuela de surf. Y de nuevo otro pequeño chispazo cuando ví la portada de la canción al sentir que yo bien podría imitar a la chica en ese mismo instante. Sola con las olas, con mi canción ¿dance? Comiéndome mi galletita de mono.Y, sí, con el tutú también.


miércoles, 4 de mayo de 2016

El vértigo de los retos



Que de pronto te asalten sin compasión millones de ideas a la vez y necesites contarlas sí o sí no sería tan grave si no fuera porque esto te sucede mientras estás en la ducha. Salir corriendo, secarte y vestirte a toda prisa para lograr llegar a un cuaderno y apuntarlas a modo de esquema para que no se marchen por siempre jamás no es plato de buen gusto. No gracias, ya tengo demasiadas en el limbo de las ocasiones perdidas, esas en las que antes de dormir se te ocurre algo bonito y no lo anotas porque, inocente de ti, crees que a la mañana siguiente lo vas a recordar. 

Vuelvo al momento ducha. Después de enjabonarte lo más rápido que puedas y secarte echando humo, no te queda otra que romper con la rutina de ponerte crema hidratante (vale, no lo tengo como rutina pero basta que no tenga tiempo para que me apetezca recrearme en ese momento), te echas tan rápido el desodorante que, estoy segura, dentro de un rato dudaré si me lo puse o no y para colmo, cuando logras coger una de las cientos de libretas que tienes por la habitación, y que de repente parecen haberse camuflado, ningún bolígrafo quiere salir del lapicero y cuando consigues tirar de uno saltan varios a la vez (la mitad ni los utilizo ni escriben pero ahí están saludando). Puntos positivos: la ropa estaba a mano y el ordenador encendido. Ésa es mi chica, me digo a mi misma. 

Y después de este momento caótico de mi vida voy a lo interesante. Más que ideas son reflexiones. Y es que abril se ha marchado ya, más bien se ha esfumado cual ilusionista, ante la mirada atónita de cuantos adoramos este mes primaveral. Ha llegado mayo y se nos ha quedado esa cara del Whats App que, abriendo la boca, se lleva las manos a la cara.  Hasta cambié el refrán, queda mejor en abril amor mil (una ola para las/los enamoradas/os). Y es que el amor también puede ser como la lluvia (intermitente, intenso, ausente o directamente ir en caudal). Y al pensar en abril me ha venido a la mente la canción de Sabina quién me ha robado el mes de abril. Y así me sentía yo entre mis pensamientos, víctima de un robo sin compasión. Ahora resulta que no solo me han robado el mes de abril sino que no sé cuándo recuperaré el vértigo del directo, del plató, de las entrevistas y de la fiesta en las ondas. Sí, y estas cosas no son buenas pensarlas cuando se tiene hambre (acabo de llegar de andar y esta hora previa a la cena es criminal, pero aquí estoy yo firme escribiendo con una bolsa de gusanitos cerca y sin tocarla, eso sí la voy a desgastar de tanto mirarla y no prometo nada).

Ah sí, que por qué me han robado. Nadie lo ha hecho, es así la vida, te enseña cada día a luchar. Más bien me he estado preguntando, en mi rápida ducha que en principio se esperaba relajante, cuándo volveré a coger un micrófono (los que me conocen de verdad saben que en un karaoke estoy como pez en el agua). No es que sea cantante, pero es lo más cerca que estoy de la tele. Es que resulta que llevo cuatro años envasando tomate, aguacate y lo que se tercie y dedicando mis ahorros en más formación. Entiéndase mi Máster en Comunicación Social en Almería y el III taller de presentadores de televisión en Madrid. Compaginando ambas esferas de mi vida y dividiendo ésta entre jornal y vocación. Dándole a la segunda, esa que vive en tus entrañas, alimento de cuantas formas se me pueden ocurrir. Y ya han pasado cuatro años desde que dejé de trabajar como periodista. Y cada vez que veo una oferta de empleo exigen que seas nativo de inglés, que tengas menos de treinta años o que sepas de diseño gráfico a la vez que puedas acreditar que tienes suficiente experiencia o yo que sé que más requisitos. El caso es que la crisis ha llegado a un punto de especialización que me encuentro perdida en mi camino caótico de duchas desesperadas para alcanzar una meta. Ojalá fuera tan fácil como abrir el Word y deshacerme de nudos. 

Miro mi esquema, que yo había apuntado cosas y ni las estoy mirando. Vale, me lo temía, ahora no entiendo ni mi letra. Sí, mis miedos. Haciendo los estiramientos al llegar a casa he recordado lo mal que lo pasaba en clase de gimnasia en el instituto. Que no os hablo de saltar el potro. Me refiero a una simple voltereta. Me ponía en posición, situaba la cabeza en la colchoneta y era incapaz de pegar el impulso. El miedo a hacerme daño me paralizaba. Era incapaz. Y los demás lo hacían con una naturalidad que parecían de goma. En este punto no lo he podido evitar. He abierto la bolsa de gusanitos. Es lo que tiene el hablar de los pequeños traumas de juventud. Aquel curso, con un poco-bastante ayuda conseguí hacerla y pensé, ¿tanto he liado para esto?. Pues así veo los miedos, como el vértigo que sientes en lo alto de una montaña rusa  pero a la que quieres volver a subirte en cuanto pisas tierra. 

Eso es lo que me pasaba cuando trabajaba de reportera y salía a la calle a parar a desconocidos. Los nervios que pasas mientras cumples sueños se asemejan a los que sufres cuando te enfrentas a retos que más tarde superas, porque el deseo de lograrlos son más fuertes que el miedo que puede acudir en cierto momento del proceso. El gusano se te pone en el estómago, se te seca la boca, incluso piensas en la posibilidad del fracaso, te lanzas al vacío, disfrutas del viaje, la felicidad te inunda y la recompensa vale más que todos los cofres del tesoro. Es ese instante de desbordante satisfacción. Eso es trabajar en lo que te gusta, llenar tu vida de vértigos.

domingo, 24 de abril de 2016

Un día de alfombra roja



Cuando eres fan de una serie o has visto una película que te ha maravillado sientes cierta curiosidad por conocer más sobre los personajes que protagonizan esas historias. Existe un halo de misterio y una cierta atracción por la ficción que ves en la pantalla de casa o en las salas de cine. Te envuelven los diferentes sentimientos, que te provocan las diversas secuencias, y crece en ti algo que te hace no olvidar una cara. Si te gusta mucho la actriz o actor incluso a veces llegas a investigar más sobre él o ella para saciar esa sed mediática que, en mayor o menor medida, todos llevamos dentro o simplemente para conocer en qué otros trabajos (cortos, series o películas) puedes volver a disfrutar de una nueva interpretación suya.

Y no queda ahí nuestra curiosidad ya que, por extraño que parezca admitirlo en voz alta, nos encanta confirmar que esa persona es de carne y hueso y por eso nos llama la atención acercarnos, aunque sea un instante, a las alfombras rojas o a los diferentes sitios donde sabes que, con un poco de paciencia y algo de espera, puedes ver a uno de esos personajes. Y éstas que véis abajo son el tipo de fotos que hacemos los fans en la sombra. Los que se conforman, en aprovechar momentos para inmortalizar ese encuentro que supera la ficción y preferimos pasar desapercibidos. 

El actor y modelo Rubén Cortada 
(de moda por interpretar a Faruq en la serie El Príncipe)
vino a presentar  la película El Signo de Caronte,  
thriller y opera prima del director madrileño Néstor F. Dennis




A la derecha, el actor cómico Julián Lopez  (os recomiendo Buscando el norte, una película que vi hace poco y que me divirtió mucho gracias al personaje de López)
quien inauguró el festival con el cortometraje 
 Un corazón roto no es como un jarrón roto o un florero
de la directora Isabel Coixet.

Luego hay otros tipos de fans. Aquellos que tiran de la chaqueta al actor para impedirle que se marche (se lo hicieron a Rubén Cortada), los que lloran sin consuelo si no pueden hacerse el selfie de rigor con el famoso o bien los que se pelean con quien ose siquiera arrimarse un poco a la primera fila de una valla publicitaria que lleva custodiando religiosamente desde las seis de la mañana.

El caso es que todo esto lo viví a mi alrededor durante los minutos que paré mi paseo por Málaga en la puerta del Hotel AC, a fin de tener la oportunidad de ver pasar a lo más variopinto de la ficción española. Y puedo entender que unas chicas que se han traído hasta su tupper de comida para seguir con la "guardia de valla" se molesten cuando otra intenta quitarles el hueco. Pero que esa otra sea una señora mayor con su hija, ya en la treintena, y que se enzarcen también en una discusión absurda me resulta cuanto menos preocupante.

Pero vuelvo a la chica que lloraba desconsolada porque el actor Luis Fernández, siempre destacando por su atuendo, no se había parado a hacerse una foto con ella (no se paró con nadie).



Vuelvo a ella porque momentos antes otra actriz, a la que no reconocí, soltaba la maleta para detenerse al reclamo de los jóvenes. Incliné mi cabeza para preguntarle el nombre de dicha actriz a una de las que le pedía ansiosamente una foto (la misma que después lloraría por Luis). –Es una actora, actriz, rectificó (menos mal).¿No conocía de nada a la actriz pero la reclamaba para pedirle una foto solo porque el resto también lo hacía?, algo que era muy habitual en esas situaciones. ¿O le sonaba la cara pero no tenía ni idea del nombre?, por lo cual también me parecería absurdo pedirle una foto. Después de volver del festival sigo sin entender muy bien ese ferviente interés en pedir una foto si no vas a poder disfrutarla. Yo al menos no lo haría si no sé ni quien es el que me acompaña en la imagen. Yo creo que muchas fotos al final acabarán en la papelera virtual de sus portátiles y/o smarphones. 

Queda por delante (hasta el uno de mayo) una intensa semana de festival en Málaga, para cinéfilos y curiosos o para fans insaciables. Una ciudad que luce preciosa sus mejores galas, cual ratita presumida que se compra un gran lazo para agradar a cuantos pasan por su puerta y que, así, ha desempolvado un año más sus alfombras rojas para que los propios visitantes y malagueños se sientan estrellas. La más impresionante está colocada a lo largo de la calle Marqués de Larios, pero también está llena de encanto la de la calle de la Alcazabilla, cuyo entorno está bañado de historia por la presencia de la propia Alcazaba y su teatro romano, donde se encuentra el cine Albéniz.


No muy lejos también encontramos una tercera alfombra en las diferentes entradas del Hotel AC, donde se hospeda el elenco de actores así como el equipo de las distintas películas que se promocionan en la ciudad andaluza. La primera que vimos llegar (antes de todo el lío de Luis Fernández y Rubén Cortada) fue a una guapísima Paz Vega (aunque apenas se le veía la cara con unas gigantes gafas negras) que se paró con sus fans y saludó muy simpática a cuantos allí la esperábamos. La actriz sevillana recibió ese mismo sábado el premio Málaga Sur. Aquí la tenéis mostrando el monolito en su honor en el paseo marítimo Antonio Banderas. La foto es del diario 20minutos.es. 



Existe una ruta clave para disfrutar de los principales escenarios de este 19 Festival de cine. Puede hacerse en el orden que prefiráis pero son ineludibles si se quiere vivir intensamente el certamen. Mi hermana y yo dejamos el coche en un barrio próximo a la plaza de la Merced donde han quedado instaladas las taquillas para adquirir las entradas de cine y hay diversos stands con información y obsequios del festival. Sin duda allá por donde pasees se respira un ambiente muy especial. Todas las calles aledañas a los grandes epicentros del festival o establecimientos tienen algún detalle relacionado con el cine, sobre todo la calle Larios que está adornada además con imágenes de rodajes. Como os decía más arriba, pasearla siempre impresiona.

Foto sacada de la cuenta oficial de Instagram del festival



En nuestro paseo, comimos palomitas (simbólicamente hablando) en otro de los sitios castizos del centro de Málaga, el Pimpi, en cuyo interior hay barriles firmados por personajes como los hermanos Paco y María León, y donde existe rincones muy bonitos para inmortalizarlos en una instantánea de recuerdo. Es todo un museo, a parte de un lugar muy conocido por su buen ambiente en un entorno único, con la Alcazaba enfrente y muy próximo al centro urbano.




A mi hermana no sé si le importará que la coja de modelo, pero es que a mí ya me tenéis más vista :) y las fotos sin humanizar no son lo mismo.

Para seguir sintiendo las buenas vibraciones de esta gran cita con la cultura española nada mejor que darse una vuelta por los alrededores del precioso Teatro Cervantes, o incluso como hicimos nosotras, tomarse algo en La Platea, un bar que hay en la misma plaza y desde el que se pueden ver a los actores posando y siendo entrevistados en la alfombra roja. La camarera se portó genial con nosotros y, aunque tuviéramos que estar de pie, nos preparó una pequeña mesa para que pudiéramos al menos dejar la bebida mientras esperábamos la llegada del elenco de actores y actrices que ese día desfilaban para sus fans y la prensa.

Foto publicada por Málaga turismo


Y allí estaba yo, envidiando a cuantos lucían una acreditación de prensa o los que directamente preparaban micrófono, cámara y sonido para entrar en acción. Entre el despliegue de medios atisbé el nada discreto micrófono naranja de Canal Sur (cuya esponja me atrevería a decir que estaba de estreno) en las manos de Jose Antonio Domínguez, locutor de canal fiesta radio pero cuyos orígenes en las ondas los encontramos en Radio Salobreña, en su pueblo. Ya tenía ganas de conocerlo en persona. Me acerqué. Sonriente, se sorprendió que le pidiera una foto –Una foto ¿a mí?.  Esa contestación lo dice todo todo. Y aquí os dejo el momento.



No podía dejar de estar pendiente del trabajo de los profesionales que tenían la gran suerte, no sólo de estar ahí en primerísima fila, sino de trabajar en el mundo que tanto me apasiona y, para más inri cubriendo un evento de cine, que me encanta. Ese mundo encerrado en segundos de gloria, en retratos de historias o en perfiles humanos, entre otras tantísimas recompensas. Observaba cómo una reportera rubia de una televisión local malagueña hacía su entradilla previa a la alfombra y también presencié la conexión en directo de Gonzalo del Prado para Antena 3 televisión, que venía como anillo al dedo para los informativos de las nueve, ya que a sus espaldas se podían ver rostros tan importantes como Belén Rueda, quien venía a presentar la película La noche que mi madre mató a mi padre, junto a más actrices del elenco como Patricia Montero y María Pujalte. Y allí también Domínguez, entrevistando a todos los que se paseaba por la alfombra. 

Maggie Civantos (protagonista de la serie Vis a Vis)

Y me despido con las estrellas que más brillaron durante esta segunda jornada del 19 Festival de cine Málaga, mis amigas¡¡¡Mi hermana María y mi amiga Mayte que fueron las compañeras perfectas en un día inolvidable. El sol nos acompañó todo el día y ellas brillaban en cada sonrisa. Fue, sin duda, un día de alfombra roja.

Y me hice un selfie como buena fan de los instantes perfectos en la mejor compañía