lunes, 12 de mayo de 2014

No pongamos barreras en nuestra ciudad



Ascensión no es un caso excepcional, su historia es la de una joven, como tantos otros, que depende de una silla de ruedas para poder desplazarse por la ciudad de Almería. Tiene 38 años y trabaja en la FAAM, la Federación Almeriense de Asociaciones de Personas con Discapacidad, desde hace 11 años. Le encanta ir a la playa, sin embargo solo puede hacerlo del 1 de julio al 15 de septiembre, cuando están disponibles los puntos accesibles en las playas. “Ahora estamos a 30 grados y tenemos muy buen tiempo, pero no podemos ir a la playa hasta el 1 de julio”, se lamenta. “Me gusta mucho la playa, pero en Almería estamos muy limitados. El horario de las sillas anfibias es de 12 de la mañana a 6 de la tarde, cuando los médicos recomiendan no exponerse demasiado al sol. Si quiero bañarme a las 8 de la tarde no puedo”, me cuenta. 

En lo referente a las playas, Ascensión opina que esos puntos accesibles le parecen escasos y que el personal que encuentra no se presta mucho a ayudar. Y, entre risas, me asegura que los voluntarios y los socorristas acuden “cuando te estás ahogando”. Reconozco que, mientras me habla con franqueza de su situación, no le falta el sentido del humor y eso me hace reír también. No la noto con rencor, al contrario. Al teléfono parece una chica feliz, y cuenta las cosas con naturalidad, como si ya las tuviera asumidas después de toda una vida. Mientras, salpica su testimonio con otras cuestiones, como que se ven poco ayudados por el ayuntamiento o que la mayoría de comercios no son accesibles.

En cuanto al primero, y en general, a las instituciones públicas, esta chica dice que el edificio del ayuntamiento tiene sitios a los que no se puede acceder con la silla. Y es que, según su testimonio, los edificios públicos no se encuentran adaptados para las personas con discapacidad. “La Diputación de Almería tiene una plataforma, pero la mayoría de veces no funciona y tenemos que entrar por la parte de atrás”.

Tiene especial interés en recalcar el tema del acceso a los comercios. Su primera “crítica” la dirige hacia ellos y asegura que “las tiendas no están cumpliendo la normativa de accesibilidad”. Me nombra muchos establecimientos conocidos, y así descubro otra de las cosas que le gusta hacer además de ir a la playa, ir de tiendas.

Ella tiene problemas de movilidad desde que nació, y siempre ha estado desplazándose en silla de ruedas. Le pregunto si cree que Almería es accesible y me cuenta las complicaciones que encuentra cada día por las calles de su ciudad. “Cuando voy sola, voy por los sitios donde no hay problema y por los que voy segura, aunque tenga que coger un camino más largo”. Si prestamos atención al callejero de Almería, Ascensión asegura que son muchos los pasos de peatones que no tienen rebaje para facilitar el paso a las personas con problemas de movilidad. Me pone como ejemplo los de Carretera de Ronda. “Las calles de Almería están regular, los pasos de cebra están muy altos”.

Y me interesa saber también qué opina sobre la Universidad, y me llama mucho la atención una anécdota que comparte amablemente conmigo. En 1999 mientras estudiaba empresariales se encontró con un problema de accesibilidad muy importante. Le asignaron un aulario que no tenía ascensor, pero lo más curioso es que su clase estaba en la planta de arriba. Cuenta que una de las profesoras, indignada por lo estaba pasando, se negó a darle clase bajo esas circunstancias, reivindicando lo injusto que le parecía el que le hubieran dado esa clase a la que ella le era imposible acceder. Al final, a las pocas semanas la “protesta” surtió efecto y le asignaron otra clase para que ella pudiera ir sin problemas. “Eso fue hace muchos años, ahora las cosas en la universidad han mejorado”, me dice.

¿Por cuantos pasos de peatones pasamos cada día?, ¿cuantos escalones bajamos y subimos para acceder a tiendas, al dentista, a la casa de la vecina o al trabajo?, ¿cuántas veces vamos a la playa, cuando nos da la gana, sin mirar horarios ni puntos concretos?. Las barreras las ponemos nosotros, las dibujamos en un plano, las construímos y las levantamos. Estas personas se topan con ellas cada vez que salen de casa y no tendrían por qué coger el camino más largo para ir a cualquier sitio. Y nosotros no deberíamos ignorar la idea de que esas barreras perjudican su calidad de vida y que eso se podría evitar.

Hay mucha gente que tiene problemas para desplazarse, para moverse... cualquier momento es bueno para prestarles un poquito de atención. Aunque no le echemos cuentas, la inaccesibilidad es un problema social, que está ahí, en las calles de cualquier ciudad.




lunes, 5 de mayo de 2014

Un día cualquiera

Él no lo supo nunca, y seguramente se estará sonrojando al leerlo, pero era el chico más bueno y guapo de la clase. Era ese amigo que te daba consejos porque se preocupaba por ti, te ayudaba y te defendía, y con el que nunca eras capaz de aburrirte. Era un compendio de todas las cosas buenas del mundo, era un ángel. Quizá por eso, la tierra no podía ser su lugar para vivir. Tal vez alguien consideró que se le quedaba pequeña, o lo querían para sí allá arriba. A lo mejor las estrellas pidieron su esencia para brillar con más fuerza, o las nubes reclamaron el cielo de sus ojos para servirles de compañía.

Hace catorce años que no tengo su presencia, pero aún visualizo con claridad su sonrisa, los gestos de su cara cuando se reía, su manera de hablar, la expresión de sus grandes ojos... El tiempo pasa y no dejo de recordar todos esos detalles que lo hacían único y especial. Y nunca logro responder al porqué que me atenaza desde hace tantos años, desde aquel once de abril de 2004. Pero, cuando a menudo pienso en él, la tristeza es efímera, como si se acercara a mí para mandarme su energía. Y estoy escribiendo esto venciendo al dolor, movida por ese recuerdo que no quiero que desaparezca. Y, mientras, siento su consuelo que me llega, qué importa desde dónde, si puedo sentir que es feliz.

No quiero pensar en la última vez que lo vi y por eso siempre me acuerdo de un día divertido en el que estábamos de tapeo por Granada, porque lo pasamos muy bien aquel día y porque fue la única vez que disfrutamos juntos de la ciudad. Era nuestro primer año como universitarios y fuimos al barrio cercano a la plaza de toros. Siempre que vuelvo a ese bar, al entrar, no puedo evitar dirigir la primera mirada a la mesa donde nos sentamos aquel día. Él estaba frente a mí, los dos con el hombro casi pegado a la pared por la falta de espacio.

Es costumbre allí, o lo era por aquel entonces, que los camareros sirvan un platillo de aceitunas y otro de cacahuetes a los clientes como obsequio, mientras esperas la bebida y la tapa. Era la primera vez que él iba y se quedó sorprendido por ese detalle. Nosotras, en cambio, vivíamos cerca e íbamos a menudo, así que le expliqué que allí te ponían eso gratis, además de lo que pidieras. Pero, al ponernos las aceitunas, y llegar las bebidas y las tapas, pero no ponernos los cacahuetes, le dije entre risas que iba a reclamarlos, que todas las mesas tenían menos nosotros, que no era justo. Él, con la cara colorada y muerto de vergüenza al imaginar que podría decirle algo al camarero, me pidió por favor que no dijera nada. No paramos de reír durante un buen rato. Todo eso lo tengo grabado como si hubiese pasado ayer, sin embargo no logro acordarme de lo que pasó después, ni si se fue de aquel bar sin probar los cacahuetes.

Con el paso del tiempo esos matices que no tengo claros en la memoria dejan de tener importancia, porque sobreviven los recuerdos de esos días en los que viví buenos momentos con mi amigo, sorprendiéndome por la fuerza con que siguen ahí a pesar de todos los años transcurridos. Sea como sea, hay una cosa que no puedo evitar. Que cada vez que llega el día once de cualquier mes, recuerde por qué no me gusta ese número ni aquella fecha, aquel once de abril en el que dejó de estar junto a nosotros. Hoy es un día cualquiera, uno de tantos en el que me acuerdo de él. Y, un día cualquiera quiero recordarlo aquí, aunque el mejor homenaje que podría hacerle es seguir disfrutando de su recuerdo, apreciando la vida como él lo hacía.

Parece que acabo de venir de tu casa, de enseñarte la cámara de fotos nueva que me han regalado. Tú la cogiste y me dijiste que estaba muy chula. Después bajaste conmigo hasta tu puerta para despedirme. Te había gustado mucho mi visita, pues no podías salir de casa. Tiempo más tarde, con una vela encendida y acompañando a la virgen, alcé la mirada y te vi en tu balcón mientras veías la procesión de la Virgen de las Angustias, la de tu barrio, pasar por tu calle, cambiando su habitual recorrido para saludarte.

Las únicas fotos que tengo nuestras son para mí un tesoro. No necesito más, porque la mejor instantánea está en mi cabeza y en mi corazón, lugares donde un joven ángel sigue volando, sonriéndole a una vida diferente donde ya nada le puede hacer daño.

Jesús no sabía que era tan especial, y el no saberlo lo hacía aún más hermoso y excepcional. Lo que más siento es no haber tenido tiempo para conocerlo mejor. Ahora él lo sabe, y con eso me basta.



martes, 22 de abril de 2014

Conocimientos positivos

Nunca sabemos qué de verdad hay entre las líneas del refranero popular, hasta que experimentamos una situación concreta. Es en ese momento cuando acudimos a los refranes y comprobamos que son ciertos, relacionándolos perfectamente con lo que nos ha pasado. Y nos acordamos de aquel o aquella que los inventó y supo describir con maestría situaciones, trasladando a través de palabras y rimas el resultado de sus experiencias en la vida. Y, así, dicen "Que no hay mal que por bien no venga", que tiene relación con lo que dicen algunos de que todo ocurre por alguna razón o la pregunta que todos debemos hacernos, de si vemos la botella medio llena o medio vacía. Todo un elenco de expresiones que nos hacen construir un pensamiento positivo, necesario aun más hoy, en la época en la que vivimos, donde bien sabemos que hace falta una dosis de positivismo. Éste está demasiado olvidado por culpa de la mala fortuna, las situaciones difíciles de la vida o los agoreros que no ayudan en nada a que todo cambie. Si hacemos caso de los refranes positivos, el salvavidas de la vida bien podría decirse que está en nuestras cabezas.

Y como las cosas no se entienden igual sin ejemplos me remito a la vida misma. A aquellos hechos que  me llevan a acordarme de una profesora que no hace mucho, en el Máster que estoy estudiando, nos dijo que los alumnos que no faltaran a ninguna clase ya estaban aprobados. Ante mi sorpresa y el sentimiento injusto que me produjo tal anuncio (porque yo, como otros pocos compañeros no podíamos asistir a sus clases por trabajo) y, sobre todo, la incomprensión de ese tipo de evaluación, ya que no tenía nada que ver con el resto de las asignaturas, solo podía hacer una cosa.

Ella nos pedía a los que no cumplíamos tal requisito, realizar un trabajo de un máximo de 15 páginas sobre algún aspecto de la asignatura, Arte, Creación y Comunicación, que ella misma tenía que, previamente, dar el visto bueno. Y, con el refranero en la mano, pensé. Pues ahora voy a hacer un trabajo de 15 páginas, aunque si hago 16 no me va a preocupar, sobre un tema que me apasione, le voy a introducir un diseño original y lo voy a escribir como mejor sepa, y le voy a aportar fuentes gráficas, fotos, y le voy a diseñar una portada y un título que inviten a su lectura.


(Foto de Rocío Romero, publicada en Instagram en Enero de 2014 bajo la publicación: _postre: aguacate ecológico motrileño del cortijo de Paqui con miel natural de las abejas rústicas de La Puebla )


 ¿Que no hay mal que por bien no venga?, por supuesto. A pesar de mi falta de tiempo, de no poder ir a clase y de que, con todos esos factores en contra, tuve que dedicarle muchas horas al trabajo, teniendo muchos otros retrasados, me encantó hacerlo porque aprendí muchísimo en su elaboración. Ahora tengo cuentas en todas las aplicaciones de fotografía como Instagram, pude contactar con amigos para que me dejaran las fotos y sumergirme en sus historias a través de instantáneas compartidas en las redes. En definitiva, pude disfrutar de la fotografía que tanto me gusta (aunque la practique sólo como hobby)y de una manera distinta y muy divertida.

Es cierto que fue injusto que los que no asistieramos a clase porque nos era imposible hacerlo, nos vieramos en desventaja con el resto de los alumnos, pero esa situación tuvo una ventaja que pocos, estoy segura, supieron aprovechar. Estoy muy orgullosa de mi trabajo y, en cierta manera, me alegro no haber ido a clase, porque quizás aprendí mucho más así que escuchando las explicaciones de la profesora.

Yo misma me dejo llevar muchas veces por el desánimo, pero este tipo de situaciones te hacen, aunque sea por un momento, ver las cosas de otra manera.

Dejad que la botella os muestre su lado lleno.

:) Feliz martes

domingo, 20 de abril de 2014

Cerro del Toro

La magia de lo intangible reside en que no se puede describir. El amor, la naturaleza, la felicidad, la amistad...y es que, con permiso de Francesco Petrarca, "Quien puede decir cuánto ama, pequeño amor siente". Los instantes se retienen en algun lugar de nuestra memoria. Los paisajes se rememoran mientras cerramos los ojos o nos aislamos de nuestro presente. Al escuchar las hojas de los árboles que se mueven con el viento, el sentir el sol mientras practicas alguna actividad que te gusta, que se te erice el bello al escuchar una canción, ver una película o leer un poema. Ese tipo de cosas que ocurren por casualidad y sin preveerlo. 

El viernes santo pude disfrutar una vez más de Motril, esta vez de sus paisajes y senderos. El día comenzó con una actividad sorpresa, senderismo con destino Cerro del Toro. Aunque el mar sea mi debilidad, Granada no sólo se reduce a playa y nieve. La comarca de la Costa Tropical tiene senderos dignos de recorrer, paisajes que admirar y naturaleza para respirar, depurar la rutina con aire limpio, con todas esas sensaciones intangibles que te regala el día y el lugar donde vives, si le das oportunidad.


Asi pues, aprovechando las buenas temperaturas, me puse mis pantalones cortos  y mi gorra, acepté de buena gana la cañavera que me da mi padre siempre que vamos a andar, y nos dirigimos hacia el mirador. Por el camino, lavanda, margaritas y amapolas nos guiaban hacia las Minas del Cerro del Toro, que en aquel momento estaban cerradas, asi que una visita que queda pendiente para otro día.

Durante el trayecto, el sol fue acompañándonos. Éste tenía algo especial. No era tan seco y fuerte como en la playa, donde el calor llega a ser, en ocasiones, insoportable. En el campo, el sol no te molesta, yendo bien preparado con tus gafas y tu gorra. Es mucho más agradable y proyecta energía y una luz preciosa en los árboles y en las flores. Bajo él, el verde se hace más intenso, las flores crecen en libertad, y la fauna y la flora se fusionan en su hábitat, dejando ver a sus visitantes toda su belleza.


Fue un día muy especial, otro de esos instantes que quería compartir... Ahora toca hacer del senderismo una costumbre. Porque no hace falta que sea día festivo para sacar un poco de tiempo en salir a descubrir los tesoros del ecosistema de la comarca de la Costa Tropical y de allá dónde nos propongamos hacer una visita.

:)Feliz semana a todos

domingo, 13 de abril de 2014

Cumplir 30

Hay una frase de la película ´Mi vida sin mí´ que, sin ningun motivo en particular, recuerdo mucho últimamente. "Me gusta el frío porque me hace sentir viva". La dice la protagonista, Ann, que vive sus últimos días de vida debido a una enfermedad, y decide dedicarlos a hacer todas esas cosas que le gustan y que le quedan pendientes, para morir con sus deseos cumplidos. Esta película me encanta porque te hace abrir los ojos ante las cosas importantes. Un drama con alto poder emotivo pero cargado de mensajes que dan que pensar sobre la vida.

Una de las evidencias y cosas inevitables de seguir viva, es cumplir años. Los 30 me parecían muy lejanos en el tiempo, sin embargo, qué rápido aparecen sin darte cuenta. Al principio no quería que llegaran porque significaban el fin de una década muy especial para mí. La veintena supuso el estudiar lo que me gusta, vivir por primera vez fuera de casa, la primera vez que trabajé, cuando conocí a Ricardo, el nacimiento de mis sobrinos y mi primilla,  pasar un tiempo en el extranjero, los viajes que he hecho con mi familia y mis amigos, los primeros fracasos y decepciones, importantes triunfos, todas las personas que he conocido, las primeras bodas de amigos, las de mis hermanos...

Cumplir años no tiene mayor trascendencia hasta que abandonas los veinte. Son ellos los causantes de las experiencias que van haciendo que madures como persona y, es en los treinta, cuando ya empiezas a saborear sus frutos, cuando eres consciente que la inocencia y "despreocupación" de la juventud va desapareciendo, para vivir las cosas desde otra perspectiva.

Sobre mi nacimiento, lo que más me gusta son las anécdotas que cuentan mis padres. Cuando mi madre, que estaba teniendo fuertes dolores, escuchó a la comadrona decirle: -yo salgo de trabajar a las 8 y tu vas a salir conmigo. Y cuando mi padre se empeñó en llamarme como mi madre, Paqui, a pesar de que ella hubiera preferido otro nombre.

Cumplir años rodeada de personas que te hacen sentir especial es algo que no podría describir ni en un millón de post como éste. El pasado sábado, el 12 de abril, cumplí 30 años. Una compañera rompió la rutina de lo que iba a ser un sábado de trabajo más, al aparecer con una preciosa mariposa de gomaeva hecha por ella misma como regalo de cumpleaños. Si lees esto, gracias Lorena. El saber que tienen esos detalles contigo sin más, solo porque eres tú y es tu cumpleaños, es algo que ninguno de los que tenemos la suerte de disfrutarlos podemos trasladar con palabras. 
 
Cuando tu hermana lleva dos días planeando una fiesta sorpresa para tí, ajena a que tu disloque de horarios de trabajo está complicando la organización, y luego saber además que ella y tu madre han estado haciendo flores de papel para adornar la terraza, comida para todos, comprando las cosas y así un largo etc. Eso es algo que nunca podré agradecerles lo suficiente. Simplemente debes poner a esas personas en lo más alto, porque sin ellas tu vida estaría vacía, y no porque te preparan una fiesta, sino porque invierten tiempo en que tú seas feliz.

Porque no piensan en las horas que están dedicando en tí, sino que les mueve el imaginar la cara que pondrás cuando entres por la puerta y veas a todos tu amigos allí, sin tú esperarlo, y simplemente por tí, porque es tu cumpleaños. Y con ese instante, con tu felicidad, ya ellas se olvidan de todo, porque tú eres lo más importante. Ante todo eso sólo puedo deciros GRACIAS, porque lo demás sólo se puede decir con abrazos, besos y cariño, con cosas que se demuestran en el día a día, con el tiempo...y voy a intentar corresponderos como os merecéis, devolviéndoos cada minuto de felicidad que me regaláis, por cada cosa que hacéis por mí todos los días que no son 12 de abril.

 

Que tu chico te lleve a dar una vuelta, sin decirte nada de la sorpresa, convirtiéndose en el perfecto cómplice, para luego guiarte hacia ese momento en el que entras y oyes ¡sorpresa!. Que te regale una entrada para ir a ver los delfines, porque una vez escuchó que era una de las ilusiones que tenías. Que haga eso sin sospechar que la mayor ilusión del mundo ya se cumple sólo con que me coja de la mano.

Y gracias a Antonio y Silvia por el trasfondo de esto:

 


Las personas y experiencias que te hacen sentir viva, existen para que el mundo merezca la pena. Gracias a todos los que de una manera u otra me han felicitado por mi cumpleaños, y sobre todo, gracias a todos lo que, aunque no están nombrados aquí, saben que son parte de lo que he querido decir en este post. Por vuestras llamadas, emails y palabras de cariño. Me da igual que lleguen los 30, lo que no quiero es llegar hasta el final sin ninguno de vosotros.



lunes, 31 de marzo de 2014

Del campo y sus sabores

El atardecer es rosa y azul aterciopelado y parece cubrir a Salobreña bajo un techo mágico lleno de colores, luces y sombras. Desde donde la estoy mirando crecen amapolas rojas y el aire me acerca perfumes silvestres. Me apoyo en la valla metálica que salva una pendiente, mientras cierro los ojos y aprecio los olores, y la brisa que sopla sigilosa, moviendo las hojas de los árboles.

Abro los ojos, una extensa capa verde me separa del mar, al mismo tiempo que creo acariciarlo con la mano. Ante la espectacular imagen, propia de una postal que mandaría a cualquier parte sin pensarlo dos veces, empiezo a ser verdaderamente consciente del amor de mi padre por ese lugar lleno de encanto. Comienzo a saborear el dulce olor a recompensa por tanto que ha invertido, tanto trabajo dedicado por conservar ese lugar y llenarlo de luz, de vida. Por cada día que va hasta allí a podar, limpiar y mimar cada árbol para que crezca sano y a salvo.

La tarde va cayendo poco a poco y el frescor que voy experimentando se entremezcla con el paisaje, el cual no me canso de admirar. El día va acabando, y me resisto a abandonar esas vistas que me ofrece el momento. Recuerdo todo lo que he hecho durante el día, y pienso en lo mucho que he disfrutado, por ejemplo, viendo cómo han crecido las palmeras reales cubanas que plantó mi padre y que, comenta orgulloso, podrían alcanzar en un futuro hasta un metro de diámetro.



De las papayas en lo alto de ese raro y éxotico árbol que, con tanta dedicación, ha hecho crecer justo al lado de ellas. Y así, acariciando la gran maceta de hierbabuena para dejar impregnado en mis dedos ese inconfundible olor que tanto me fascina, continuo el paseo entre aguacates, chirimoyos, limoneros y naranjos hasta el cobijo de las palomas y las gallinas.

Recuerdo ese llegar de nuevo al cortijo cargados de frutos, y saborearlos pensando en la tierra que tanto nos ofrece. De ver a mi padre coger la navaja y pelar caña de azúcar, y degustarla de postre tras una comida de esas tan ricas que hace mamá en el horno de leña. Dentro, frente a la chimenea que caldea la estancia en la que tantas horas hemos pasado en familia, las tortas de chicharrones, que mi tía y mi madre habían amasado y dado forma un rato antes, van tomando volumen y parecen inflarse de aire, respirando el calor de la lumbre. Nos esperan para la merienda junto a los famosos buñuelos de mi tita, cuyo secreto nos hace chuparnos los dedos y no dejar ni uno en el plato.



Y con el café y las risas, llega el ratito de cartas y anécdotas, las conversaciones sobre cómo nos va todo y los juegos con los más peques de la casa. Y así termina siempre un día de cortijo, admirando el paisaje que llevo en el corazón.

Y si cuando llego a casa y cierro los ojos, aun puedo ver Salobreña surgir del mar, entre hojas verdes y un techo azul profundo, sé que ese lugar ya ha dejado huella para siempre en mis recuerdos. Allí el alma se tambalea al admirar tanta belleza, porque desde mi cortijo veo el mar y Sierra Nevada, veo el cielo y la tierra.






miércoles, 26 de marzo de 2014

Ser periodista




Como diría Gabriel García Márquez, "el periodismo es la mejor profesión del mundo", la más bonita. Siempre he tenido claro lo que quería ser. Pero cuando estudiaba periodismo, jamás imaginé que, con “casi” 30 años, me encontraría trabajando en un almacén de manipulado de alimentos para poder cotizar y ganar un sueldo. Y muy afortunada que me siento por tener trabajo, pero sin bajar la guardia, y dejar de luchar por una oportunidad laboral en el mundo de la comunicación. Aunque a veces pueda el desánimo.

Lo que me empuja a continuar en su búsqueda es eso indescriptible que tienes marcado a fuego dentro de ti. Los nervios de ir por la calle con el micrófono en la mano, y tu compañero con la cámara en el hombro, en busca de testimonios o gente que conteste a tus preguntas. Esa subida de adrenalina que sientes al dar la entrada a un programa y que a continuación suba la música. El estar desayunando en una cafetería y ver que alguien está leyendo lo que tu escribiste el día anterior en la redacción. No mirar el reloj para ver cuanto tiempo queda para irte a casa, porque simplemente te olvidas de la hora, a no ser que tengas alguna cita o rueda de prensa. Hablarle al público a través del televisor o de las ondas de la radio, y que encuentren interesante o importante lo que dices. Y si ya consigues buen efecto en el público y encima éste te lo agradece diciéndote lo bien que lo haces o lo mucho que le ha gustado el programa, esa es la mejor recompensa.


Acerca de la realización personal que se siente cuando uno puede trabajar en lo que le gusta y acerca de los miedos a no conseguirlo. De todo eso habla el corto ´El Periodista y el Camarero´. Nacho es periodista pero trabaja en un bar hasta 12 horas diarias, 6 días en semana. El protagonista dice “Quiero ser uno de los que aguantan” pero, “no quiero verme en unos años resignado, sintiendo que he perdido parte de mi juventud y que no he sido capaz de hacer nada de lo que esperaba de mí mismo”. En una entrevista, el actor y director del corto, explicaron que la idea que querían transmitir era la de la realización personal y el cómo el ser humano puede llegar a verse alienado por una situación. El miedo a aceptar que esa es su realidad y a olvidar, con el tiempo, lo que realmente desea. Y sé, por experiencia, que cuesta mucho esfuerzo luchar contra eso. Y me pregunto, ¿deberíamos conformarnos con un trabajo que no nos gusta simplemente por un sueldo, por una supervivencia en el mercado laboral?. La cruda realidad es que sí, pero la vocación hace que continúes luchando por tus sueños.

Os dejo el corto aquí por si queréis verlo:




El corto también abre los ojos a una realidad dura, que incluso da miedo. El hecho de que muchos medios no requieran una cualificación para trabajar en ellos, el que se muevan por otros intereses que no son precisamente periodísticos, el que solo haya trabajo de colaboración o como becario, porque han despedido a personal y necesitan llenar el medio de contenidos, y así, una larga lista de circunstancias que influyen en el mal estado en el que se encuentra la profesión. 

En el último año, 4.800 periodistas perdieron su trabajo en nuestro país, según la Federación de Asociaciones de Periodistas en España (FAPE). Sin embargo, hay datos positivos. Cada año crece el número de periódicos digitales, muchos profesionales encuentran trabajo en otros países, sobre todo el Latinoamérica, muchos se animan a crear su propio blog, a trabajar por su cuenta y ser sus propios jefes.  Y es que, actualmente, hay mucha gente que sigue apostando por la profesión y que sigue sacando lo positivo, sobre todo a raíz del auge del uso de Internet y la aparición y proliferación de las redes sociales y medios de comunicación a través de la red.








El 2012 fue, según los expertos, el año negro de la prensa. La que era, en aquel momento, presidenta de la FAPE, Elsa González, aseguraba que existía un desajuste entre la Universidad (porque aumentó el número de matriculados en las facultades de periodismo) y el mercado laboral, que se encontraba, y se encuentra, en una situación de crisis. Ese desajuste lo explica la vocación porque, a pesar de que las cosas van mal, la gente sigue estudiando Periodismo.

Los datos sobre la salud de la profesión son preocupantes, sí, pero ante eso, el periodista, alimentado por esa vocación, intenta reinventarse buscando siempre una salida a esa necesidad de comunicar. Después de la crisis de identidad, generada por la situación de estar en paro y viendo el panorama tan desastroso en cuanto a empleo, llegan las ideas para dar respuesta a esa vocación.

Paulo Coelho dice que "la posibilidad de que se cumplan los sueños es lo que hace que la vida sea interesante". Debemos creer en esa posibilidad. Yo no cambio los años que he trabajado como periodista por nada del mundo, porque han sido los más felices de mi vida profesional y son los que cada día me hacen levantarme diciendo: algún día volveré a saborear esas sensaciones, ese subidón que supone dar la noticia, contar historias a la gente, hacer protagonista a la calle de lo que ocurre en su barrio, en su ciudad. O por lo menos no me quedaré con el agrio malestar que deja aquello que no has intentado y de lo que luego te arrepientes.

Creo que el periodismo tiene futuro, si no lo creyera nada tendría sentido.