viernes, 10 de mayo de 2019

Un día perfecto



No tengo muchos días perfectos, o quizá viví algunos sin alcanzar a entender que lo eran. Quizá todos los de mi vida lo hayan sido a su manera. A veces los reconozco entre los recuerdos. “Sí, aquel día fue perfecto”, me digo. “Qué fantástico aquel día que…”, comento con una amiga. El día perfecto se escribe a base de señales inequívocas de felicidad. Y, como un disparo, el momento te llega al corazón. Está localizable, parece que no ha pasado tanto tiempo, aunque haya sido hace diez años. Algo dentro parece resucitar.


Con este buen tiempo llevaba mucho queriendo ir a la playa. Así que ayer me decidí y el viento de la carretera durante el viaje desapareció en aquella coqueta playa resguardada por los espigones. No llevaba sombrilla y nadie me hacía sombra, solo se escuchaba el ruido del mar. Andando con aquel paisaje ante mí sentí que llegaba a mi particular tierra prometida.


Planté la toalla junto a las rocas y me recibió una mariquita que peleaba todo el rato consigo misma en el aire, dejando ver sus alas y dando saltitos muy cerca de mí. Se posaba sin parar en mis piernas y, atropelladamente sobre la toalla amarilla, supongo que atraída por el color. La danza del insecto, en principio graciosa, acabó siendo una pesadilla cuando intentaba tumbarme y relajarme. Revoltosa, tampoco se dejaba fotografiar. 

Hui a la orilla para cumplir con la principal misión de aquella escapada, darme el primer baño del año. No fue fácil, el agua estaba congelada. Una chica colocó su toalla a unos metros de mi y se arrepintió del baño nada más llegar a la orilla y comprobar la temperatura. Mientras nuestras piernas respondían al tacto polar nos miramos y comentamos la jugada. Ella volvió tras sus pasos, yo me zambullí sin pensarlo. Era mucho deseo acumulado, de mojarme y ahogar el agobio de otros días “no perfectos”. 


Mojada y con el sol apaciguando la piel de gallina volví a la toalla con la sensación inevitable y bucólica que provoca observar la fusión de los azules del mar y el cielo mientras nadas. Recostada, continué sumergida en mi momento zen, mirando nubes y buscando formas en ellas, saboreando la sal en los labios, sintiéndola hasta en mis lunares. El cambio de armario ya estaba hecho hacía unos días y solo faltaba aquel momento para terminar de cercar al falso verano que este mayo está imponiendo en el calendario.

Sí. Fue un día perfecto. 

Por la mañana había hecho deporte, a mi manera, corriendo un poco y andando otro tanto. Luego había parado en el supermercado de enfrente a por pan recién hecho para las tostadas. Y allí había encontrado ese stand maravilloso de cremas solares, y que tanto se echa de menos. Me decidí por una protección muy alta para salvar mi piel ante la pirotecnia del primer día de playa.

Con mi bolsa del super en la mano, regresé deprisa a casa. Por el camino remangué la camiseta hasta los hombros y al llegar a casa devoré la tostada, metí el espray del 50 en el bolsito de las cremas que llevaba muchos meses deseando rescatar, eché una manzana al bolso y agarré todas las ganas en el volante del coche.


Y en ese estado de bienestar se mantuvo mi cuerpo todo el día. El deporte, el baño fresquito, el paseo de arena, el ratito en aquella roca mojando mis piernas bajo el sol y luego aquella ducha recuperando los poros que aún seguían en la orilla conjuraron muchos instantes de felicidad en un sólo día. Es necesario darle una vuelta de tuerca a la vida de vez en cuando

“Cualquiera diría que un día dedicado a la lectura es un buen día, pero ¿quién diría que una vida dedicada a la lectura es una buena vida?”
Annie Dillard

jueves, 18 de abril de 2019

Marcapáginas viajeros


Mi marcador de páginas ahora es la tarjeta de visita de Lola. Así se llama el bar gaditano que descubrimos Ricardo y yo el pasado verano. Los recuerdos de aquella sabrosa ensaladilla de cangrejo y de sus croquetas caseras ahora se mezclan con los personajes del libro y con mi yo lector. Viajar a veces es tan fácil como leerse a uno mismo en otras páginas, en otras historias.


Pensar en la comida que disfruto en los viajes despierta mi apetito. Ahora me ocurre con las patatas revolconas y las judías, con el chuletón de ternera y las yemas, manjares del último viaje destino Ávila. Los paseos por la muralla y el Rastro ayudaron a hacer la digestión. 

Hubo un momento en que nos sorprendió el canto de las monjas de clausura de un convento cercano. Y paramos un segundo. El cielo estaba azul y no había nadie más avanzando entre aquellas piedras. El caso antiguo sirvió de altavoz para aquella música. ¿Quién más la oiría en aquel preciso momento?

  
La ida de cinco horas en coche a Ávila desde Granada se hizo corta con los paisajes espectaculares de llanuras y campos amarillos. La provincia de Toledo y la comunidad de Madrid te invitan a anotar, para otra ocasión, más destinos, los he incluido en la que he bautizado como La ruta de los castillos olvidados. Los de Almonacid de Toledo, Maqueda, Escalona y San Martín de Valdeiglesias, entre otros. 




El tiempo estaba tuberculoso, como diría Filomena, la abuela de Ricardo. Al llegar, Ávila nos recibió bajo la lluvia. Tras dejar las maletas, el primer destino fue la sede del Congreso de Nacional de Enfermería de Salud Mental, en Lienzo Norte. El edificio acristalado saludaba a la muralla y se iba llenando poco a poco de profesionales de esta especialidad, de la que ya os hablé hace poco en el post El refugio que encontramos en los demás.



Hubo también tiempo para hacer una pequeña escapada a la bella Salamanca. Reencontrarme con los salmantinos después de 20 años significó volver a emocionarme, esta vez in situ, con las fotografías mentales de mi viaje de estudios. Los dos fuimos por unas horas forasteros en una ciudad llena de historia, perderse era casi que una obligación a la que nos vimos arrastrados. 



Aproveché para fijarme mejor en los detalles que, en aquella otra ocasión, se me habían pasado por alto. Los azulejos formando los nombres de las calles, los tejados de ambas catedrales a donde no había subido, las estatuas que adornan distintas plazas, como la de la novelista Ana María Matute. Ya de paso probé el hornazo y nos deleitamos con los montaditos de la taberna Los Dionisios, especialmente con los que estaban hechos con varios quesos y el que mezclaba el espárrago verde con la carne típica de la tierra. 



Si hablas de cualquier viaje, la gastronomía se cuela siempre en la conversación. Me hace gracia no recordar el haber cogido la tarjeta de visita de Lola y que, de repente, meses después apareciera a la vista justo para utilizarla de marcapáginas. Mientras dure esta lectura vendrá conmigo. El viaje literario entero. 



Quiero pensar que cada libro puede formar pareja con algún viaje, servir de unión con la imaginación y los recuerdos. Leyendo viajas, y algunos viajes reales pueden ir ahora de la mano con los que se imaginan gracias a las menos del creador.



Dejo a Lola descansando cuando abro el libro y la vuelvo a poner después en el pliegue antes de cerrar, dejándola hacerse amiga de las palabras impresas. Unas horas, hasta que volvamos a encontrarnos para otro rato de teletransportarnos juntas.  La tarjeta, los personajes del libro, sus aventuras y yo. Todos revueltos en un viaje, ésta vez solo de ida.