Semana Santa es tiempo de procesiones y vacaciones, pero sobre todo, al igual que Navidad, es una época de comilonas dulces y golosas. Torrijas, roscos, pestiños, puchero de garbanzos y bacalao acompañan estos días, sobre todo, hoy, viernes santo, a reuniones familiares y de amigos. En enero toca dieta por los mantecados y el turrón, y en abril otro tanto de lo mismo. Hoy ha sido un viernes santo muy especial en casa. Mi sobrino, Mario, que pronto cumplirá un añito, ha estado hoy con nosotros y hemos podido echar una siesta los dos juntos y muy agustito. Me encanta que se duerma conmigo porque la verdad es que se me cae la baba, como a cualquier tita. Y mi perrito Coco, asustadizo aún por sus cuatro meses de vida, ha visto hoy por primera vez el mar.
En Semana Santa cuesta más encontrar aparcamiento, el paseo de la playa
se llena de visitantes, los bares continúan, más si cabe, sin dar abasto, y las madres y abuelas se afanan en la cocina para el deleite de
sus comensales. Mi madre ha llenado la cocina de arroz con leche, flan con galletas (a petición mía), torrijas y este medio día hemos disfrutado de potaje de garbanzos, boladillos con gambas y bacalao con tomate, unos platos que me vuelven loca.
Mañana vuelta a la realidad, toca ir a trabajar para luego volver a descansar el domingo. Eso sí, con buen sabor de boca y sabiendo que quedan días por delante para seguir degustando todas estas cosas ricas que nos gusta comer en esta época.
¡¡Espero que estéis pasando unas buenas vacaciones!!
De lunes a sábado recorro, a veces hasta en
cuatro ocasiones diarias, los casi tres kilómetros que separan Motril del
almacén donde trabajo desde hace cuatro meses. En ese recorrido dejo atrás
campos en los que veo a gente deslomándose recogiendo el fruto y paso de largo
una nave de plásticos donde un día fui a grabar un reportaje para la tele, y
que me recuerda tiempos mejores. Aparco y pongo rumbo al tajo. Llego a quince
minutos de la hora de entrada, me pongo el uniforme y bajo las escaleras, suena
la sirena, comienza la jornada.
Si son las seis de la mañana, todo es silencio.
Aún es de noche, aún no se han puesto en marcha las máquinas, y los cherrys y
los aguacates descansan todavía en la alhóndiga. Si agarramos a media mañana o
por la tarde, al entrar por la puerta ya oímos el ruido de las llenadoras en
marcha. Sea como sea, la sirena te indica que ya debes empezar a moverte.
Siempre recordaré el primer día. -¡Que no te vean parada!, anda ayúdame a
llevar esta caja- Me dijo una compañera. No recuerdo su nombre. Es una de
tantas mujeres que trabajan allí dejándose la piel, literalmente hablando, para
llevar el pan a su casa y nunca la olvidaré por ese consejo que se me quedó
grabado a fuego y que, quizás me salvó de alguna reprimenda de los jefes.
Las mujeres de ese almacén son fuertes, con
carácter, sacrificadas, luchadoras y trabajadoras hasta decir basta. Son ellas
las protagonistas de esta entrada en mi blog, porque cada día veo su cansancio
y su esfuerzo. Sería injusto no hablaros de ellas, porque no hay día en que no
piense lo valientes que son por aguantar tantas horas de pie, tanto esfuerzo
físico y tanta presión. Como ocurre en muchos lugares, son trabajadoras que
reciben poco reconocimiento al final del día.
Yo subiría a un altar a todas esas mujeres, la
mayoría con hijos, que cada día soportan las condiciones de un trabajo en el
que nunca sabes a qué hora vas a salir y cuya hora de entrada al día siguiente
está escrita en un ordenador situado a la salida. Hasta un máximo de 9 horas de
jornada laboral ponen el broche de oro a un trabajo en que solo importa que el
pedido esté listo a tiempo y que el camión lleve la carga al sitio indicado, a
la hora prevista. Casi todos los días me pregunto cómo pueden soportar
semejante horario. Yo no tengo hipoteca que pagar, ni hijos que mantener o
llevar al colegio, ni siquiera marido que me espere en casa...ellas sí que
tienen todo eso y deben organizarse para llevar todo para adelante. Lo más
sorprendente es que lo consiguen, y hasta, a muchas de ellas, aún les quedan
fuerzas para dar lo mejor de sí mismas en un trabajo con el que no soñaban,
pero al que han sabido o no les ha quedado más remedio, que adaptarse durante
años.
Como podéis imaginar, allí dentro hay historias
para todos los gustos. Hay chicas jóvenes, incluso algunas en su día
universitarias, que aceptaron el trabajo de manera temporal, pero que no han
encontrado otro mejor y ya llevan años allí trabajando. Una de ellas me
comentaba hace poco que, en sus ratos libres, está estudiando económicas en la
UNED. También están las veteranas, que ya cuentan batallitas de los nietos y
que te miran con dulzura porque eres nueva y parecen reflejarse en ti cuando
empezaron en esto.
Cuando llego a casa cansada, con dolor de
espalda, con las manos que parecen de papel, cuando siento las muñecas o los
pies doloridos o las piernas cansadas, no me queda otra que rendirme ante todas
esas mujeres que después de todo eso cogen a sus hijos de la mano para
llevarlos de paseo y además cuidan de una casa y de una familia. Ellas son las
heroínas de un cuento tan real como la vida misma.
San Valentín es un día, como cantaría Eros
Ramazzotti, "dedicado para los que están... enamorados". Me imagino
como habrá sido la mañana en los institutos, por ejemplo. Recuerdo que alguien
se encargaba de ir repartiendo rosas blancas y rojas de aula en aula y siempre
había nervios y expectativas. ¿Nunca os habéis mandado rosas entre las amigas
de una clase a otra?, era muy divertido y además llegabas contenta a casa con
tu flor en la mano. Mi madre hacía cábalas pensando que tenía un pretendiente o
algo así.
Ahora, que hemos madurado, la cosa ha cambiado bastante. Como diría Rose, el
personaje que interpreta Barbra Streisand en la película El amor tiene dos caras, "Yo
creo en el amor, la lujuria y el sexo, y en el romanticismo. No quiero que todo
cuadre como en una ecuación perfecta. Quiero desorden y caos. Quiero que
alguien se vuelva loco y pierda la cabeza por mí. Quiero sentir pasión, ardor y
sudor, y locura. Quiero San Valentín y a Cupido y todo ese rollo. ¡Lo quiero
todo!".
Y, en el fondo, aunque no se confiese en público, ¿quién no quiere todo eso?.
Qué chica no sueña con tener un momento parecido al que vivió Debra Winger,
cuando Richard Gere se la lleva en brazos al final de Oficial y Caballero. Quién no espera una confesión de amor como
la que Julia Roberts le hace también a Gere en Novia a la fuga, cuando le dice: "Te garantizo que habrá
épocas difíciles y te garantizo que en algún momento uno de los dos o los dos
querremos dejarlo todo, pero también te garantizo que si no te pido que seas
mío, me arrepentiré durante el resto de mi vida porque sé, en lo más profundo
de mi ser, que estás hecho para mí".
Porque "el amor es como el viento, no
podemos verlo pero si sentirlo" (Mandy Moore, Un paseo para recordar) y porque sentimos miedo cuando nos
enamoramos, como dice Jennifer Grey en Dirty
Dancing : "Tengo miedo de lo que vi, de lo que hice, de lo que soy,
pero sobretodo tengo miedo de salir de esta habitación y no volver a sentir
nunca lo que siento estando contigo". Todo el mundo ansía encontrar a su
media naranja y poder decirle "Tú me completas", como Tom Cruise a
Renée Zellweger en la película Jerry
Maguire.
Los guiones de las comedias románticas se
escriben con el propósito de hacer volar los sentimientos, de reflejar muchas
veces lo que secretamente buscamos en nuestras vidas. Con el cuerpo pegado al
asiento, nos metemos en la piel de los protagonistas y vivimos intensamente
cada secuencia. Mientras estamos en el cine siguiendo al dedillo la trama, nos
sumergimos en los detalles, nos volvemos empáticos, sufrimos y nos alegramos
con los personajes, pensamos en lo guapo que es el protagonista, en cómo
actúan, hasta llegamos a preguntarnos, en ocasiones, si durante el rodaje la
realidad superó la ficción y los actores se enamoraron en la vida real. Y hasta
que llega el momento de hallar en google la respuesta a tu pregunta, no se
desvanece la esperanza de que siguen juntos y tan felices.
Aunque seamos conscientes de que las historias
que cuentan en las películas son demasiado perfectas, demasiado idílicas, nos
encantan, porque quisiéramos que algo así nos ocurriera en la realidad, pero
sobretodo porque disfrutamos con el mero hecho de saber que la protagonista se
ha quedado con el chico y de que fueron felices por siempre jamás. Lloramos
cuando las dejan plantadas o cuando el prota intenta convencerla de que ella es
su excepción, como en Qué les pasa a
los hombres. Sabemos que la realidad es más complicada, pero nos
sumergimos tanto en los "momentos cucos" que todo de repente parece
sencillo y por arte de magia creemos que todo es posible.
Otras veces, es el desamor el hilo conductor de
la historia. Si no nos vemos correspondidos en el amor, nos puede pasar lo que
a Kate Winstley en esa gran película, The
Holiday. Durante una cena, el entrañable guionista que se hace amigo de
ella, interpretado por Eli Wallach, le intenta abrir los ojos y le dice que,
"en las películas están la protagonista y las amigas de la chica, tú eres
la protagonista de tu vida pero no sé por qué te empeñas en ser la amiga de la
chica".
A veces, alguna que otra noche, hemos querido
"escribir los versos más tristes", como Neruda, o nos hemos
ilusionado por cualquier tontería como Bécquer cuando escribió "hoy la he
visto, la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios". Y es que, ya lo dijo
Lope de Vega, cuando amamos de verdad "damos la vida y el alma a un
desengaño, esto es amor, quién lo probó, lo sabe".
Y si queréis aprovechar esta noche para ver El
Diario de Noah con vuestra pareja, disfrutar de una cena romántica a la luz de
las velas con las canciones de Luis Miguel de fondo o escribirle un poema a la
persona que amais, no hagais caso a los que os llamen cursis o a los que digan
que el día de los enamorados es una celebración absurda. Todos al final
queremos enamorarnos y escribir nuestro propio guión de película.
PD: Hasta nuestro salón puede ser la terraza del
Empire State Building con nuestro Tom Hanks particular.
Me pregunto a menudo qué gracia tendría la vida si no le diéramos de vez en cuando pequeñas dosis de alegría y caprichos sencillos. Después de las largas jornadas de trabajo, a mi me resucita una duchita con agua bien caliente, para después ponerme ropa cómoda y tener un pequeño descanso, que no está mal para empezar. Hoy por ejemplo la sorpresa me la ha dado mi chico, que se ha presentado
en mi casa por sorpresa y ha compartido conmigo un rato de relax. Ayer, un ratito con las amigas para ponerse al día... Y así cada día inventando algo para disfrutar de buenos momentos.
En el trabajo una también se puede dar un ratito de respiro ;) por eso siempre procuro llevar alguna chocolatina en el bolso, que eso siempre viene bien para reactivarse.
Por cierto, de casualidad, ayer me dí un pequeño capricho, encontrando, enterrados en una gran caja de cartón, dos libros con muy buena pinta, por solo 1 euro cada uno¡¡
Estaba dando una vuelta por Alcampo y me topé con las ofertas de todo a un euro. Como siempre, a mi me gusta lanzarme a la busca y captura de algún libro/dvd que me llame la atencíón. Aunque la gran mayoría de libros que había allí dentro no merecían la pena, siempre hay algunos tesoros enterrados.
Después de 9 horas diarias de aguantar lo imaginable, dentro de un almacén repleto de mujeres que ya han ido y vuelto cuando yo estoy apenas de camino y que, sobre todo al principio, miraban mal o ni me respondían al darles los buenos días, de personas a las que sólo me une una bata azul marino y un gorro blanco, el cual, a pesar de todos mis esfuerzos no logro mantener en su sitio y siempre me deja el pelo extrañamente aplastado, termina una semana agotadora.
He estado exprimiendo los ratos libres, aprovechando los minutos justo antes de la entrada y posteriores a la salida del trabajo e intentando no dar cuenta de todo lo que me pierdo, una especie de preocupación sin sentido que me acecha por la noche en forma de sueños absurdos que luego me dejan ojeras y bolsas ante el espejo. Los primeros días eran peores...tenían relación con cajas de aguacates. Mi madre me pilló una vez, en mitad de la noche, hablando casi sonámbula, gritando que si está caja por aquí o por allá.
Con el día a día, con el esfuerzo y trabajo, parece que ya mis compañeras no se fijan tanto en las que somos novatas, porque estamos demostrando que allí todas arrimamos el hombro por igual, que, nos guste o no, no deja de ser trabajo y que no estamos allí dentro para pasearnos, sino para hacerlo lo mejor posible. Pero en ocasiones no pueden evitar dejar aflorar sus chillidos, regañarnos cuando hacemos algo mal (por inexperiencia, porque allí nadie apenas te explica nada) y de espetar quejas. Yo me quedo con lo mejor, que son los momentos de risas con las que si te muestran compañerismo, y con las que da gusto comerse el bocadillo en el descanso de la faena.
El sábado nos dieron una alegría, no teníamos que echar las tan odiosas 9 horas y pudimos salir a las 8. Regresé entonces al cortijo, donde había dejado horas atrás a toda la familia, a punto de dar cuenta de una buena comilona que, había visto ir haciéndose poco a poco en el fuego de la chimenea mientras me preparaba para irme al trabajo.
Y la semana termina con unas cervecitas entre amigos, con muchos proyectos que comentamos y que, esperemos, podamos realizar a partir de ahora, a pesar de los tiempos de crisis. Mañana ya será hora de volver a la rutina con el dulce sabor a chimenea, tras dos días de buenos ratos entre familia y amigos. Esta noche toca descansar para reponer fuerzas y también espero sustituir los absurdos sueños por otros más placenteros que me muestren esperanzas e ilusiones. Porque siempre hay que intentar mejorar aquellos aspectos de nuestra vida que nos impiden ver el lado positivo de las cosas, hagamos que el lunes nos arranque una sonrisa.
Ante todo perdonad por tener abandonado mi blog tantos días...qué mejor manera de reinaugurarlo con la nueva mascota de la familia. Aún no tiene nombre, aunque mi hermano insiste en llamarlo Messi, yo me niego a ponerle nombre de futbolista, ya sea del Barça o del Rayo Vallecano. Una amiga dice que parece un peluche...
¿Vosotros que opináis? ;)
Este precioso cachorro es macho y es la nueva alegría de mi casa. Lo separaron de su madre y su hermana para regalárnoslo a nosotros y estamos tratando de darle todo el cariño posible y él nos corresponde portándose fenomenal, es muy bueno. Hace un rato se ha puesto a llorar, me he acercado a darle de comer y cuando ya no quería más, ha empezado a lamer mi mano, que sujetaba su plato, como dándome las gracias. ¡¡¡Es un amor!!!
Ahora hay alguien más que me espera en casa cada día, alguien más que me hace sonreír. Un pequeñajo color canela, con ojitos de ángel y patitas blancas como la nieve, nos ha enamorado a todos.
A solo unas horas de estar sentada delante de una suculenta cena en familia, cómo no hablar de la Navidad y de todos los sentimientos que produce. Algunos encontrados, otros evidentes, pero con algo en común, que nos guste o no esta época, es empezar a ver luces por la calle y a escuchar villancicos y mensajes de amor, y todos nos volvemos más vulnerables y solidarios, más sensibles a los problemas, más llenos de esperanza y deseos para el nuevo año. Existe un constante impulso de hacer buenas acciones, comprar o hacer detalles para los demás, adornar la casa para que esté más bonita, llamar a los seres queridos o amigos que no tenemos cerca, hacer más caso al hombre que pide en la calle... Estos días me he encontrado con mucha gente que cuenta que odia la Navidad. Yo me pregunto cómo se puede odiar algo que nos vuelve mejor personas. Una compañera de trabajo, contraria a estas celebraciones, me explicaba que su marido trabaja en Nochebuena y que se acuerda mucho de su madre en esta época. Sus razones me parecieron de lo más convincentes, y al escucharlo, me cuestioné cómo sería no vivir las Navidades a las que estoy acostumbrada, con todos los míos al lado. No me regañéis, ya sé que no hay que pensar en esas cosas, pero creo que me pudieron las ganas de empatizar con ella para entender sus motivos, a mi me gusta tanto esta época... Pero sobretodo, me llamó mucho la atención la expresión de su cara mientras decía que odiaba la Navidad. Sus ojos estaban llenos de rabia, tristeza y resignación. Hablaba muy segura, y me pareció que sus palabras encerraban una larga historia. Otras personas simplemente alegan que estos días solo son una excusa comercial para vender más (por ejemplo que en ninguna época del año vemos tanto anuncio de perfumes), y piensan que toda esa "parafernalia" de luces y canciocitas, les parece de lo más pesada. Como siempre defiendo en todo lo que escribo, siempre dependerá del cristal con que se mire. Estoy segura que, aunque digan que odian la Navidad, en el fondo algo bueno de les despierta dentro, porque la magia rodea a estos días aunque no podemos verla. En casa, todos los años, en Navidad, mi madre suele poner un bol de conguitos en la mesa del salón, junto a la bandeja de mantecados. El árbol ya tiene sus luces blancas y está adornado en motivos dorados, coronado por un ángel. En Nochebuena y Nochevieja el aguacate relleno, para mí, es el rey de una mesa donde no faltan los platos que tanto tiempo mi madre y mi tita han ido preparando detalle a detalle los días anteriores. Yo me visto con algo especial y espero a que la casa se llene poco a poco de gente, somos unos trece. Para recibir el año nuevo solo estaremos la mitad, pero será una noche igualmente inolvidable. Y ninguna Navidad es igual, todas son distintas y todas tienen sus vivencias. En cada casa tienen su modo de vivirla. Pero no hay duda de que el 25 de diciembre todos y cada uno de nosotros estaremos, en algun minuto del día, deseando feliz Navidad a otra persona, y para ser sinceros, más de uno de los que dicen odiarla, acabarán con un gorro de Papa Noel en la cabeza, tomándose los churros el día de Año Nuevo. Y, además, quien diga que no se emociona con el anuncio de El Almendro, miente. Todas esas emociones dan sentido a estos días, y son ellas las que hacen que siempre queramos volver a casa por Navidad.