viernes, 1 de diciembre de 2017

La subida a la montaña prometida (Parte I)



Abro los ojos y huelo a chocolate caliente. No siento frío a pesar de ser casi invierno porque el calor a fuego lento de la cocina ha llegado hasta mi cama. El olor ha subido por las escaleras, ha recorrido el pasillo, ha traspasado la puerta, ha penetrado en las paredes de la habitación y se ha colado entre las sábanas. Parece Navidad en la calle. Parece. Pero ese día se celebra otra tradición de azúcar, tan dulce como el instante de “llegar a la cima”. 


Esas mañanas de carrera, de subida al Conjuro, el olor despertaba de nuevo la promesa y todos despertábamos con ella en casa. Parecía activar nuestros cuerpos en pos de las emociones, saltábamos de la cama atraídos por el recuerdo más emocionante, el de un sueño cumplido. El de mi padre. Cada año. La misma fecha. La misma meta. Subir. Llegar a lo alto del Conjuro, en Motril. Y ya son más de treinta años desde esa primera subida. La suya. La particular. 



Todo comenzó con una lesión. Como las grandes cosas que nacen de un mal momento. Y ella fue la causa de la manda que mi padre hizo a la montaña. Así inició su personal tradición. El primer año subió absolutamente solo. Había colocado previamente alguna botella de agua durante el recorrido, a casi 800 metros de altitud sobre la costa granadina. Sin saberlo, estuvo comenzando a diseñar los lugares de los futuros avituallamientos de una carrera que llegaría a significar tanto en su vida. Pero nunca piensas que algo puede llegar a inundarte de esa manera. Que tu particular cita con la montaña, íntima y subjetiva, puede llegar a ser una cita multitudinaria, colectiva. Como con los años llegó a ser.




Porque al siguiente año fue su gran amigo el que lo ayudaba en esa tarea de hidratarse. Igualmente mi hermano, ahora atleta también como lo fue mi padre, lo acompañaba con la vespino blanca de la familia. En el transcurrir de los años, fueron varios amigos los que subían esa montaña con él. Y así, la promesa se fue haciendo grande poco a poco. Nunca pensó mi padre que llegarían a seguirle en su pequeña y maravillosa locura. Y aún más interesante: Que su tradición se convertiría también en la de otros. Una prueba de que confiar en algo es contagioso. Y al final todos confiábamos en una sola cosa. En que el Conjuro siempre nos recibiría año tras año para acogernos. Allá en lo alto. Para dejar de estar solo. 


Y llegó aquel olor que nos hacía levantarnos temprano. Gracias a las manos de mi madre y mi tía, que cada Navidad preparan sus famosos y riquísimos roscos de azúcar, y que se unieron también a la tradición. Empezaron a ir en la furgoneta del taller de mi padre con un pequeño termo de chocolate y una bolsa de roscos para los escasos e intrépidos deportistas contagiados. En lo alto hacía tanto frío que poder tomarse todo aquello era una auténtica bendición. 


Con los años, cuando la primera edición de la carrera por fin figuraría en el panorama y calendario del atletismo granadino, las hermanas aseguraron que serían capaces de darles roscos a los corredores cuando llegaran a la meta. “Ya que hacemos unos pocos, qué más da unos cuantos más”, dijeron. Así que, con la primera Subida al Conjuro acudieron también ellas sorprendiendo a atletas, curiosos y familiares en la meta.


Llevar los roscos y el chocolate a lo alto en aquella furgoneta, con todas las curvas del recorrido, no era tarea fácil. Poco a poco fueron cogiéndole el tranquillo, sumando anécdotas y disfrutando de todo aquel trabajo laborioso que las implicaba a ellas y a su amiga Isabel, que siempre aportaba su eterna ayuda y su familiar termo de café con leche, en una auténtica aventura donde las sonrisas siempre estaban aseguradas. 


Recuerdo que bajaba las escaleras por la mañana temprano, y mi madre ya tenía preparada una olla gigante de chocolate caliente. Tanto, que el calor soportaba todo el viaje a la cima y esperaba a los corredores llegar. Hay temperaturas tan cálidas que aguantan en la espera porque están destinadas a saciar sonrisas, a hacer felices a los demás. Ellas también. Les salió de corazón la idea de implicarse de aquella forma y en una apremiante jornada matutina lo dejaban todo listo para desplegar en el alto del Conjuro aquel stand rudimentario que siempre estaba tan solicitado. 
Todos querían calentarse y saborear aquel instante de magia.




El día de la carrera, llegar con ellas a lo alto, las primeras, cuando aún no hay nadie, era mágico. Con un frío que cala los huesos. Un año hasta había nieve en el borde de la carretera, recuerda mi padre.
Montar la meta y ver que, en cuestión de pocas horas (no sé cuántas, se me hacía largo aquel rato esperando) aquello estaba abarrotado de gente aplaudiendo, recibiendo a los valientes que subían corriendo aquellos 18 kilómetros desde el Cerro de la Virgen de la Cabeza de Motril. 


Fueron unos años dorados, las primeras ediciones, en los que la familia estuvimos implicados en la organización de la carrera. En el día de la prueba y todos los que le precedían, había mucho por hacer, por organizar. Con las endorfinas funcionando a mil por hora por cada sensación que nos regalaban aquellos últimos días de noviembre y primeros de diciembre. Mi padre capitaneaba todo el trabajo en la cochera de mi casa, haciendo las bolsas que recibirían los corredores al llegar a la meta. Hay días que nunca se te olvidan. Como tener a campeones del mundo entre nosotros, subiendo como el resto a lo alto del Conjuro. 
                                Martín Fiz en la meta en la octava edición de la Subida al Conjuro



Creo que cualquier corredor que haya participado puede sentir el fulgor de esta prueba, dura y maravillosa a partes iguales. El deporte da una lección que solo entiende el que la vive. Respiras. Has llegado. Y no sientes el cuerpo, está anestesiado. La alegría de alcanzar la cima del Conjuro. Después del duro entrenamiento, de los días de nervios, de la dureza del recorrido. 

Ni quiero imaginar el sufrimiento que precede al instante. 
Solo sé del frío que cala en los huesos. Allá en lo alto del Conjuro.



 La promesa continúa y el domingo subiremos contigo, papá.

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