miércoles, 20 de marzo de 2019

El refugio que encontramos en los demás


Las personas podemos convertirnos en el refugio de otra en cualquier momento. No nos preparan para ello pero podemos escuchar y trabajar la empatía, recordar que siempre es mucho más difícil para él o ella contarte eso que le preocupa que para ti oírlo. Y qué importante también es ser tu propio refugio y mantener la calma para sobrellevar las circunstancias que se presentan en la vida.


Por ejemplo, no elegimos cuándo rompemos a llorar, ni delante de quién. Un desconocido, un amigo, incluso la última persona que quisieras que te viera mal. El desahogo espontáneo casi nunca llama a la puerta ni elige el momento. Acude, y apáñatelas como puedas. Y, para qué hablar de cuando ni se puede llorar, ni se sabe expresar un torbellino interior.

Ayudar a los demás es lo más gratificante que puede hacer uno en esta vida y cuando alguien de tu entorno está mal es impresionante cómo se hace piña entre familiares y amigos, cómo se trabaja en equipo, y lo mucho que aprendes conociendo más historias de personas que no pasan por un buen momento.
Nunca seremos capaces de calcular el valor de una llamada, de una simple compañía. Estar, en todos los sentidos, con los que necesitan que estemos.


Todos deberíamos aprender sobre gestión emocional, en ese sentido vamos un poco “a lo loco”. Mi hermana el otro día me contaba que sus compañeros y ella (enfermeros) se habían emocionado mucho compartiendo experiencias propias en un curso sobre esta materia. 


Ella está especializándose en salud mental y convive muchas horas con pacientes muy especiales, la van dirigiendo por caminos inexplorados, llenos de descubrimientos vitales, y ella, me cuenta, intenta aplicar todos los valores que le enseñan esas personas en su día a día. Mientras tanto, en la calle estos profesionales luchan para conseguir más plazas públicas para que esta especialidad, tan necesaria en los hospitales, no esté tan olvidada.

Voluntariado

Una buena amiga me contó que últimamente va al centro de su hermano como voluntaria, donde hay muchas actividades donde ellos se sienten realizados. A pesar de tener 23 años, este chico, como el grupo de compañeros de los que se rodea, tiene la edad mental de un niño de 9. Me explicó que el otro día estaba con ellos en una de las actividades “y uno de sus amigos, que sólo me conoce de las veces que voy allí, me miró y me dijo “Te quiero”. Qué emoción, me salió una lágrima. ¡Allí se vive el amor de una manera tan pura!”. Imaginaos cuánto se puede aprender de estas personas.

El relato de su instante mágico hizo que recordara mi visita a APROSMO, concretamente a la residencia para personas con discapacidad, con motivo del reportaje que iba a escribir para su revista. El lema de la asociación no podría ser más descriptivo: Lo esencial es invisible.  

Entras por la puerta de aquel hogar con tiento y sumo respeto, sientes que “invades” la intimidad de cientos de personas, mientras que ellos, al verte, te abrazan y besan sin conocerte de nada. Se quieren quedar contigo, adivinan lo que te duele y te curan. Os aseguro que, cuando pasas tiempo con ellos, se te olvida que tienen alguna discapacidad. Nunca olvidaré aquella tarde que compartimos charlando, la menda que entró allí no fue la misma que la que salió después por la puerta.

Hoy resulta que se celebra el Día de la felicidad. Me parece tan relativa a lo que uno mismo entiende, a que encontrarla o no depende de nuestra actitud, a valorar las pequeñas cosas de la vida. Decir que me parece bonito dedicarle un día para no olvidar lo primordial que es hallarla en cada refugio, en cada persona, en cada lugar que llamamos hogar.


Nos queda todo por aprender de los que saben ser felices con poco. Leo en Twitter esto acerca de la felicidad: “¿Sabías que varios neurólogos afirman que nuestro cerebro no está preparado para encontrarla? Nuestro organismo está listo para sobrevivir, no para buscarla”. Después de estas dos semanas en la planta de neurología con mi padre y de su regreso a casa, pongo en duda esta afirmación.

Cuando estamos en el hospital nos despedimos de los conocidos que nos encontramos por el pasillo (o que nos visitan) con un “que la próxima nos veamos en otro lugar”, haciendo referencia a las ganas de recibir el alta y reencontrarnos en sitios más agradables. Con esa pequeña frase vamos también refugiándonos en los demás.

Ayer en la peluquería, ya me habían lavado el pelo y cortado las puntas cuando la dueña del establecimiento cogió el relevo y encendió el secador para terminar el pequeño cambio de look que me estaba haciendo. La madre de ella está gravemente enferma. Al preguntarle cómo estaba, sus palabras fueron poco a poco tornándose en llanto mientras se desahogaba.

El ruido del secador quedó en un segundo plano mientras me alisaba el cabello a golpe de rulo. Clavé mi mirada en ella, quien nunca bajaba los brazos ni alteraba el ritmo de trabajo a pesar de su tristeza y las palabras de rabia: "Qué injusta es la vida", decía entre sollozos (su madre solo tiene 71 años). 

Sus lágrimas sólo corrían por sus mejillas, pero yo sentí que se enredaban en mi pelo como si la electricidad del secador nos conectara de alguna forma. Dentro de la pena, me sentó bien de alguna forma convertirme en su inesperado refugio porque ella necesitaba por un instante soltar lastre, que alguien la escuchara y la entendiera, aunque no me estuviera pidiendo tales cosas.


Recordé aquella noche en el hospital, encabezando el sueño junto al ruido que hacían las burbujas de agua en el aparato de oxígeno del compañero de habitación de mi padre, el ruido de las camillas metálicas, la rutina diaria de bandejas de comida, de análisis de sangre, de incertidumbre, de espera. Recordé qué lento puede llegar a pasar el tiempo.

A veces no vamos a ciertos lugares por la razón que pensábamos. Vas a cortarte el pelo y acabas amortiguando, aguantando la vida, compartiendo dolores, escuchando. No hay explicación. Teníamos que ir a ese lugar y ser aliento aunque solo sea en silencio. Teníamos que ESTAR. Por alguna razón que haces tuya para servir de refugio a quien estaba ahí, esperándote sin saberlo.



Y sobre la felicidad... La felicidad es estar en casa y no olvidarte de que dejaste a compañeros en una situación difícil y que les deseas una pronta recuperación. Porque lo que formó parte de tu vida nunca se olvida, ni a los que te ayudaron, ni a los que ayudaste.

Que la vida es también lenta mientras, al mismo tiempo, vuela. Que tu refugio fue una vez una ventana. Que yo quiero ser tu paisaje y estar ahí, a tu lado. SIEMPRE.


jueves, 14 de febrero de 2019

Tú eres tu alma gemela


Hace tan buen día en pleno febrero. El sol en la piel me trae la imagen del stand giratorio de la librería cercana a casa y el exquisito sabor de las fresas. Me subo a la fugaz raya blanca que veo en el cielo antes de que se borre del todo para ser pasajera de ese avión, sin importarme su destino. Cuando hace tan buen día lo que acaban volando son los miedos. 



Tú eres tu propia alma gemela, olvidarlo sería un error que nunca te perdonarás. Eres capaz de hacer que los días nunca parezcan iguales. Que la casa no se venga encima o que la prisa de las calles se acabe en algún momento. 


El silencio existe para escucharte.

La soledad no es nada sin ti. 



Una vida sin sueños no es una vida. Puedes cambiar la palabra “sueños” por lo que tú quieras y en ese juego hallar infinitas respuestas. Este examen cuenta para nota. Mide las pulsaciones. Se detiene en las revelaciones. 


Una vida …………… no es una vida


Un sueño puede ser una sensación, una certeza, una intuición. Es un sabor, unos vellos de punta, una mirada, una lámpara que se apaga, una vela que se enciende, un teléfono que suena, una buena noticia. Es "eso" que logras acabar, ESO que no te deja dormir. Las palabras que tocan incluso al desconocido que las lee. 
Un sueño es un instante de felicidad.



Escribo desde que llego a recordar. Me sienta bien. Luego llegó un trabajo en prensa y me enamoré. Más tarde en la radio y me enamoré. Más adelante en la televisión y me enamoré. Y crecí. Y tuve que descubrir otras profesiones. Y me enamoré huyendo de ellas porque no me hacían feliz, pero agradeciéndoles en la mano del adiós haber formado parte de mi vida. Puedes enamorarte tantas veces. De ti y de tus sueños...



Como almas gemelas debemos abarcar todo el amor inexperto y aprendiz que podamos. Alguna vez, conseguimos tocar el cielo después de intentarlo. Pueden pasar años, pero una vez que se consigue no puedes huir de ese recuerdo. Haz que se quede contigo.


La vida sin sentir ese nudo en el estómago no es vida.


Permanece a tu favor. No estés en tu contra. Da igual si es 14 de febrero, 8 de marzo, 1 de abril, 11 de julio, 13 de septiembre, 9 de noviembre o 31 de diciembre. Debemos querernos cada día. 



El título de aquel otro post La actitud que desafía a losrascacielos nació a los pies de las Torres KIO, mientras entregaba currículos por Madrid. Yo era una pulga correteando por los miedos que parecían salir de mi cuerpo. Pero no tenía nada que perder.


La vida no es quedarte en esa llamada que nunca fue. La vida es preguntarte por qué deseas lo que deseas, por qué merece el esfuerzo, por qué ese “algo” dentro de ti te impide abandonar. 


Hoy hace TAN buen día como cualquier otro para quererte. Más que nunca. Para hacer de tus instantes memorables momentos de auto amor. Tira los látigos, deja de castigarte. 

Nunca estarás solo o sola si estás contigo. 


No te defraudes. 
Súbete a esa raya en el cielo y síguete la pista. Puedes ser cualquier avión y destino. 

Puedes ser lo que quieres ser, lo que te propongas. Tú y solo tú eres el amor de tu vida.


viernes, 8 de febrero de 2019

Guarda el mar en los bolsillos


Cojo el abrigo del armario. Noto más peso de la cuenta. Meto la mano en el bolsillo y encuentro una concha y una piedra blanca. Acuden raudos todos los recuerdos del fin de semana anterior. Tú y yo paseando por el paseo marítimo Antonio Banderas de Málaga. Aquella pequeña mesa para dos al fondo. Tú dejándome el asiento con mejores vistas al mar y mirando la playa en mis ojos, y que eso te bastase. Yo, feliz de ser tu espejo marinero.


Recuerdo en el paladar la textura del pulpo a la brasa que compartimos. El sabor de nuestro acierto a la carta, a pesar de haber sido un delicioso despiste creyendo que habíamos pedido calamar. Aquella suerte de gambas que sustituyeron al espeto agotado. Aquel café con tarta cuando el bullicio ya se había marchado a casa. 

El flequillo blanco de un turista rezagado al viento, el olor a humo de la barca cercana. Todos aquellos instantes en uno solo paseando luego por la orilla, donde recogí aquellas piezas de la arena. Las olas no me dejaron escribir tu nombre pero allí estabas, pidiendo que nos fuéramos porque hacía frío y a la vez deseando que aquel momento no acabara nunca.


La misma sensación que sentimos cuando estamos frente al mar. Que no acabe nunca este instante de felicidad.

“Para finales de siglo, gran parte del mar habrá cambiado de color”, leo en un artículo de El País. Y, antes de nada, busco explicación en el pie de foto para esa bella nube turquesa que muestra la ilustración y que me recuerda al Caribe, aunque nunca haya estado bajo aquellas palmeras. Es un vídeo y lo pongo en marcha. En verdad es una imagen aérea de una explosión de algas en el Golfo de Vizcaya.  

Buscando titulares sobre el mar para inspirar mi idílica historia, la reproducción me pone los pies en el suelo. El cambio climático está alterando la vida marina que hace posible que el mar sea azul al contacto con la luz. “Cambiará de tonalidad, pero seguirá siendo azul”, dicen los expertos.


Los investigadores aseguran que “el calentamiento global lo están absorbiendo los océanos”, que los microorganismos siguen necesitando la luz de las profundidades y que si no hacemos nada con las emisiones de CO2 nos cargaremos el ciclo de la vida oceánica.


El ojo humano apenas se dará cuenta que el CALOR está matando la vida marina. Otros recuerdos menos agradables le dan la patada a los del pasado fin de semana. Pasear por la orilla y ver los restos de un botellón, nadar y encontrarte flotando una bolsa de plástico, descubrir latas oxidadas entre las piedras, las imágenes de animales muertos o atrapados por nuestra irresponsabilidad.


Pero, tranquilos, que el mar seguirá siendo de color azul.

Ahora mis recuerdos se alejan de la orilla y se sumergen. Se enredan con las plantas marinas, se posan en la base arenosa. En ese viaje circulatorio oceánico acabo sintiéndome como un submarinista que, de repente, se queda sin oxígeno. La bombona sin aire se ha llenado de incomprensión, temo que el aleteo de mis pies no regrese a ninguna superficie o que ésta no esté como la recordaba.

“Todo empezará con un cambio en el tono azul del mar”, dice un biólogo marino. “De hecho, ya está empezando a cambiar”, asegura otro. Pero el mar seguirá siendo azul. Cuando me siente frente al mar y me mires, en mis ojos seguirá siendo azul. De seguir así, en el año 2100 más de la mitad de la superficie marina se verá distinta, pero, las siguientes generaciones apenas se darán cuenta. Porque el mar seguirá siendo azul.


La idílica panorámica a salvo para nuestro egoísta regocijo, para hacer la foto de rigor, para quedarnos en la superficie. Y lo repetimos como un mandamiento para esquivar la conciencia: el mar seguirá siendo azul. Lo que nos hace sentirnos seguros: el azul del mar visto desde la orilla, llevarnos arena para casa, alguna que otra concha, un recuerdo de horizonte en línea recta y hasta el infinito. 
Y al corazón de la mar ¿Quién le da seguridad? Quién lo resucitará.  

miércoles, 23 de enero de 2019

La esperanza que nos mantiene unidos a Julen


Es un miércoles de enero gris en Málaga, el ruido del viento me sorprende haciendo crujir la ventana que tengo a mi lado. En mi ordenador busco la última hora sobre el rescate de Julen. Hoy no ha sonado el móvil.

El pasado lunes y, hace hoy justo una semana, estuve informando para diferentes medios sobre esta “obra de ingeniería humana” bajo un despliegue mediático y sobre un rescate sin precedentes. “Probablemente, la cobertura informativa más difícil de mi vida periodística”, comentaba en redes la reportera de Andalucía Directo, Ana Rufián.


Homenaje a la esperanza

Las emotivas cartas del párroco de El Palo y de un guardia civil, las mujeres que cocinan cada día comida que llega hasta el lugar donde las máquinas luchan contra el tiempo y un terreno difícil, 300 profesionales que se relevan en las tareas de rescate, voluntarios, servicio de emergencia, bomberos, vecinos que ceden sus casas para que esos profesionales encuentren descanso. Mantas que abrigan en la fría noche y caldo que calienta la esperanza. El lado humano de los que colaboran sigue indemne.

No me gustan ciertas cosas que oigo en la calle, no concibo otro desenlace que no sea la vida. Demasiados contratiempos como para pensar en otro final y, sin embargo, cada vez se hace más difícil. Pero debemos perseverar en la vida por esos ocho mineros de élite, expertos en supervivencia para los que "no decae el ánimo". Por ellos y por la tarea a la que se enfrentan, los riesgos, la atención de medio mundo. Porque, según su máxima “ningún compañero puede quedarse nunca dentro”. Y Julen ahora es ese compañero.


Todos consideran a Julen su hijo. Como periodistas nos piden paso para dar titulares, exclusivas y entrevistas, buscamos por doquier protagonistas en los pueblos, en los voluntarios, en los trabajadores. Tras nueve días de trabajos y sin saber (porque ya no se atreven a darlos) nuevos plazos de tiempo para dar con el pequeño, todo nuestro trabajo se hace más complicado. 


Y en esos fríos directos de la noche, cogiendo con las manos heladas el micrófono, al mirar a cámara y darle la espalda a la sierra para que ésta y las máquinas a lo lejos puedan ser vistas por los telespectadores, ese “ojalá” que nos sale en la última frase, se congela también. Porque la vida no duerme allí arriba y la esperanza se mantiene fría para aguantar todos los días que quedan en este rescate.



En este parón laboral, mi casa resulta aún más fría y demasiado grande. Me asusta el ruido del viento con tanto silencio. No dejo de ver conexiones en directo, siguiendo cada trabajo de mis compañeros. Aprendo de ellos porque amo mi trabajo y sufro con ellos porque sé lo que es pasar tantas horas persiguiendo claves de información.


Nunca olvidaré aquel día de directos, tres días después de que Julen cayera a ese pozo. El recuerdo y la emoción de los momentos en que María Rey, Lourdes Maldonado o Nieves Herrero, grandes periodistas a las que llevo tantos años admirando, pronunciaron mi nombre para darme paso desde Telemadrid y Onda Madrid: “Paqui López, última hora”. A pesar del gran momento profesional, no dejaba de pensar en que un niño nos esperaba a todos a tantos metros de profundidad. Pensaba en su inocencia.  

Cada vez que le daba la espalda a la sierra solo pensaba en volver a encontrarme de frente a la excavadora naranja que veía en la lejanía. A nuestra derecha, almendros en flor que nos sorprendían por esa belleza natural en medio de la tristeza que se respiraba. Comprendes que la vida continúa a pesar de paralizarse.

Aquel miércoles el teléfono sonó a las siete de la mañana y llegué poco después hasta el cruce donde ahora han instalado carpas para las ruedas de prensa. Buscando a mi cámara, me fijé en un cartel que ponía Olías.


"En Granada hay otro Olías", le dije a un compañero. “¡Ay!, no lo sabía”, me contestó. Mi abuela materna era de allí. Tengo una foto suya junto a mi abuelo como talismán.  La beso cada vez que suena el teléfono para ir a trabajar, se ha convertido en un ritual de los sueños que se cumplen. Y allí, en la Sierra de Totalán, volví a crear un sueño bien distinto, el sueño de la esperanza.

Al ver aquel cartel supe que mi ángel me estaba mandando una señal. “Es tu momento, pequeña”, sentí que me decía mi abuela María. Julen también tiene un ángel muy especial, lo dijeron sus propios padres aquel mismo miércoles en rueda de prensa. Y todo un halo de confianza me inundó y aún perdura. 


Todos tenemos ángeles. Porque mi mano, como la vuestra, va hacia Julen (#mimanoajulen se hace viral). Entre todos, de alguna forma, ya lo hemos rescatado de aquel maldito pozo con la imaginación aunque ésta pelea con la impotencia de saber que hay peligros en esta vida que desconocemos y contra los que hay que luchar.  

El homenaje a la esperanza debe continuar. Ese corredor de la vida, esa galería, está a punto de construirse y, aún sin ser real ya lleva 11 días llena de almas en vilo soñando con el titular que anuncie la vida y diciéndole adiós a otra posibilidad. 

"El sol del atardecer nos ofrecía estos rayos de esperanza y así los captó mi compañero Víctor Narváez", Ana Rufián


jueves, 10 de enero de 2019

Vamos a vestirnos todos de felicidad


Una chica entra en el portal de enfrente. Apenas me da tiempo a ver unos centímetros de su espalda. A esta distancia, de todas formas no hubiera podido darme cuenta de qué color son sus ojos o si la reconozco entre la pequeña lista de vecinos que he retenido en la memoria desde que vivimos aquí. Solo sé que llevaba un gorro de lana rojo.



Sí me dio tiempo a notar que el gorro llevaba pompón. Cuando era pequeña los hacía con mi madre, con los restos de lana que le sobraban. Nunca me salían presentables. Unos rabitos siempre acababan siendo más largos que otros y cuando intentaba arreglarlos a base de tijeretazos más lo extraviaba.


A pesar de mi impulso por ser creativa, nunca conseguí darles utilidad. Los hacía porque me recordaban a un llavero que tuve en la infancia que parecía un erizo, solo que sus "espinas" eran de goma color tostado. Tocarlo me agradaba, hacía la función de esas supuestas pelotas anti estrés que al final no usas. A veces te  tranquiliza lo más inesperado. 



Aquel segundo de expectación ante la pequeña aparición del gorro rojo con pompón me hizo pensar en esa clase de felicidad que se lleva puesta. Como ponerse un abrigo color mostaza, o verde, en pleno invierno, desafiando la oscuridad temprana de las tardes que parecen noches. O como atreverse con un jersey amarillo o una bufanda a rayas de colores vivos. 


Los contrastes son felicidad. Por eso nos gusta fotografiarnos con sombrero, con el fondo del ajetreo de una ciudad e intentar darle ese aire cosmopolita a nuestro atuendo, en combinación con el fulgor de la calle. O captar ese liberador momento de echar al aire las hojas del otoño mientras tu bufanda se confunde con los tejidos de los árboles. 



Es importante elegir cada día lo que te hace sentir bien, en todos los sentidos. En lo que respecta a la ropa, para la japonesa Marie Kondo, autora de La magia del orden, la clave es doblarla de forma vertical. Recuerdo que mi madre ya me descubrió ese truco hace muchos años para hacer la maleta y que te quepa todo.



"En tu armario sólo deben estar las prendas que te hacen feliz", según Kondo. Una bonita síntesis y fusión de significados. Tras la euforia de las compras de reyes y de las rebajas, no esperas que la paz te llegue ordenando el armario. Pero qué tal si nos reconciliamos con la ropa que ya tenemos.


Marie Kondo nos invita a que agradezcamos a cada prenda (y objeto de casa) haber formado parte de nuestras vidas. Lo de su propuesta de cerrar los ojos y sentir el aura del hogar me fascina. Lo cuenta en su programa de Netflix. En cada capítulo, visita la casa de familias con problemas con el orden. 

Sin llegar a obsesionarnos a lo Monica Geller, el orden y la limpieza cambian nuestras vidas. Cada vez que veo las dos cajas con mis camisetas dobladas en vertical, localizables a un golpe de vista me enamoro nuevamente de mi armario. 



No sé por qué me fijé en aquel gorro rojo. Tenía la cabeza en mis cosas, y, de repente, mis pupilas simplemente de abrieron en ese segundo. Quizá sea cosa de mi obsesión por los pompones desde la infancia, o por los contrastes que me inspiran alegría, pero, creo que aquella mujer o llevaba la felicidad puesta o había salido a buscarla. 

Puede que regresara a casa de encontrarla. Puede que ya llevara la prenda en su armario mucho tiempo y que cada vez que tenga ese gorro entre sus manos sonría. No está mal teñir de vez en cuando el invierno de tu color favorito.